Pakistán: Postergado el juicio a la niña acusada por blasfemia

Líderes religiosos islámicos rechazan informe médico sobre su condición mental

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Por José Antonio Varela Vidal

ROMA, jueves 30 agosto 2012 (ZENIT.org).- La pequeña Rimsha Masih, acusada de blasfemia en Pakistán, experimenta ya su propio vía crucis como cristiana. Y no solo ella, sino su familia, su comunidad (en fuga desde los hechos), y el mundo entero que observa asustado cómo una menor de edad es sometida a un juicio de tipo religioso --que puede llevarla a la cadena perpetua--, por quemar páginas de un libro con el que se enseña a leer el Corán.

Y el calvario se le alarga más, porque la Corte de Islamabad anunció que dará su veredicto recién el 1 de setiembre, para analizar un recurso de último momento presentado por un Frente Islamista. Este rechazó --por ser "muy clemente"--, el informe médico forense que determina entre 13 y 14 años la edad de la niña, y en el cual se confirmó su retardo mental, aunque no precisa si es una inhábil. Para los líderes religiosos, independiente de lo que se concluya, la niña ha blasfemado y debe ser sentenciada con la pena máxima.

¿Qué futuro le va mejor a la niña? Si sale libre y vuelve a su barrio de Mehrabad, no pasará mucho tiempo hasta que alguien haga "justicia" con sus manos y la mate, como ha pasado otras veces. Si se la llevan a otra parte del país o al extranjero, tendrán que incluir a su familia, que más pobre no puede ser. Y si quedara encarcelada, tampoco la prisión será segura porque cualquiera que se sienta inspirado podrá matarla allí también.

Será por eso que en declaraciones a AsiaNews, el obispo de Islamabad-Rawalpindi, monseñor Rufin Anthony, aseguró "su oración por Rimsha y su familia", y espera que "este caso sirva de ejemplo para que el gobierno tome las medidas necesarias para garantizar la seguridad de las minorías religiosas".

Mientras tanto, no se conocen de nuevos avances de la comisión interreligiosa convocada por la presidencia de la República a principios de agosto, para revisar la llamada 'ley antiblasfemia', que origina todo este embrollo.