Palabras de Benedicto XVI en la iglesia luterana de Roma

“Deberíamos estar agradecidos por la gran unidad que ya existe”

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CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 22 de marzo de 2010 (ZENIT.org).- Publicamos las palabras que dirigió sin papeles, hablando en alemán, Benedicto XVI el domingo 14 de marzo al visitar la iglesia evangélica luterana de Roma.

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Queridas hermanas y queridos hermanos:

Quiero dar las gracias de corazón a toda la comunidad, a vuestros responsables, y en particular al párroco Kruse, por haberme invitado a celebrar con vosotros este domingo Laetare, este día en que el elemento determinante es la esperanza, que mira a la luz que irrumpe de la resurrección de Cristo en las tinieblas de nuestra cotidianidad, en las cuestiones no resueltas de nuestra vida. Usted, querido párroco Kruse, nos ha expuesto el mensaje de esperanza de san Pablo. El Evangelio, tomado del capítulo 12 de san Juan, que trataré de explicar, es también un Evangelio de esperanza y, al mismo tiempo, es un Evangelio de la cruz. Estas dos dimensiones van siempre juntas: dado que el Evangelio se refiere a la cruz, habla de la esperanza y, dado que da esperanza, debe hablar de la cruz.

Narra san Juan que Jesús subió a Jerusalén para celebrar la Pascua; luego dice: "Había algunos griegos de los que subían a adorar en la fiesta" (Jn 12, 20). Seguramente eran miembros del grupo de los phoboumenoi ton Theon, los "temerosos de Dios" (cf. Hch 10, 2) que, más allá del politeísmo de su mundo, buscaban al Dios auténtico, que es verdaderamente Dios; buscaban al único Dios, al que pertenece el mundo entero y que es el Dios de todos los hombres. Y habían encontrado a aquel Dios por el que preguntaban, al que buscaban, al que todo hombre anhela en silencio, en la Biblia de Israel, reconociendo en él al Dios que creó el mundo. Él es el Dios de todos los hombres y, al mismo tiempo, eligió un pueblo concreto y un lugar para estar presente desde allí entre nosotros. Son buscadores de Dios, y han llegado a Jerusalén para adorar al único Dios, para saber algo de su misterio. Además, el evangelista nos narra que estas personas oyen hablar de Jesús, acuden a Felipe, el apóstol procedente de Betsaida, en la que la mitad de la gente hablaba en griego, y le dicen: "Queremos ver a Jesús" (Jn 12, 21). Su deseo de conocer a Dios los impulsa a querer ver a Jesús y a través de él a conocer más de cerca a Dios. "Queremos ver a Jesús": una expresión que nos conmueve, porque todos quisiéramos verlo y conocerlo verdaderamente cada vez más.

Creo que esos griegos nos interesan por dos motivos: por una parte, su situación es también la nuestra, pues también nosotros somos peregrinos que nos preguntamos sobre Dios, que buscamos a Dios. También nosotros quisiéramos conocer a Jesús más de cerca, verlo de verdad. Sin embargo, también es verdad que, como Felipe y Andrés, deberíamos ser amigos de Jesús, amigos que lo conocen y pueden abrir a los demás el camino que lleva a él. Por eso, creo que ahora deberíamos orar así: Señor, ayúdanos a ser hombres en camino hacia ti. Señor, concédenos que podamos verte cada vez más. Ayúdanos a ser tus amigos, que abren a los demás la puerta hacia ti.


San Juan no nos dice si esto llevó efectivamente a un encuentro entre Jesús y esos griegos. La respuesta de Jesús, que él nos refiere, va mucho más allá de ese momento contingente. Se trata de una doble respuesta: habla de la glorificación de Jesús, que comenzaba entonces: "Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo de hombre" (Jn 12, 23). El Señor explica este concepto de la glorificación con la parábola del grano de trigo: "En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto" (Jn 12, 24). De hecho, el grano de trigo debe morir, en cierto modo romperse en la tierra, para absorber en sí las fuerzas de la tierra y así llegar a ser tallo y fruto.

Por lo que concierne al Señor, esta es la parábola de su propio misterio. Él mismo es el grano de trigo venido de Dios, el grano de trigo divino, que se deja caer en tierra, que se deja romper en la muerte y, precisamente de esta forma, se abre y puede dar fruto en todo el mundo. Ya no se trata sólo de un encuentro con esta o aquella persona por un momento. Ahora, en cuanto resucitado, es "nuevo" y rebasa los límites espaciales y temporales. Ahora llega de verdad a los griegos. Ahora se les muestra y habla con ellos, y ellos hablan con él; así nace la fe, crece la Iglesia a partir de todos los pueblos, la comunidad de Jesucristo resucitado, que se convertirá en su cuerpo vivo, fruto del grano de trigo. En esta parábola encontramos también una referencia al misterio de la Eucaristía: él, que es el grano de trigo, cae en tierra y muere.

Así nace la santa multiplicación del pan en la Eucaristía, en la que él se convierte en pan para los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares.

Lo que aquí, en esta parábola cristológica, el Señor dice de sí mismo, lo aplica a nosotros en otros dos versículos: "El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna" (Jn 12, 25). Creo que, cuando escuchamos esto, en un primer momento no nos agrada. Quisiéramos decir al Señor: "Pero, ¿qué dices, Señor? ¿Debemos odiar nuestra vida, odiarnos a nosotros mismos? ¿Nuestra vida no es un don de Dios? ¿No hemos sido creados a tu imagen? ¿No deberíamos estar agradecidos y alegres porque nos has dado la vida?". Pero la palabra de Jesús tiene otro significado. Naturalmente, el Señor nos ha dado la vida, y por ello le estamos agradecidos. Gratitud y alegría son actitudes fundamentales de la existencia cristiana. Sí, podemos estar alegres porque sabemos que mi vida procede de Dios. No es una casualidad sin sentido. Soy querido y soy amado. Cuando Jesús dice que deberíamos odiar nuestra propia vida, quiere decir algo muy diferente. Piensa en dos actitudes fundamentales. La primera es la de quien quiere tener para sí mismo su propia vida, de quien considera su vida casi como una propiedad suya, de quien se considera a sí mismo como una propiedad suya, por lo cual quiere disfrutar al máximo de esta vida, vivirla intensamente sólo para sí mismo. Quien actúa así, quien vive para sí mismo, y sólo piensa y se quiere a sí mismo, no se encuentra, se pierde. Y es precisamente lo contrario: no tomar la vida, sino darla. Esto es lo que nos dice el Señor. Y no es que tomando la vida para nosotros, la recibamos, sino dándola, yendo más allá de nosotros mismos, no mirándonos a nosotros mismos, sino entregándonos al otro en la humildad del amor, dándole nuestra vida a él y a los demás. Así nos enriquecemos alejándonos de nosotros mismos, liberándonos de nosotros mismos. Entregando la vida, y no tomándola, recibimos de verdad la vida.

El Señor prosigue, afirmando en un segundo versículo: "Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre lo honrará" (Jn 12, 26). Este entregarse, que en realidad es la esencia del amor, es idéntico a la cruz. En efecto, la cruz no es más que esta ley fundamental del grano de trigo que muere, la ley fundamental del amor: que nosotros sólo llegamos a ser nosotros mismos cuando nos entregamos. Sin embargo, el Señor añade que este entregarse, este aceptar la cruz, este alejarse de sí mismos, es estar con él, pues nosotros, yendo en pos de él y siguiendo el camino del grano de trigo, encontramos el camino del amor, que en un primer momento parece un camino de tribulación y de sufrimiento, pero precisamente por eso es el camino de la salvación.

El seguimiento, el estar con él, que es el camino, la verdad y la vida, forma parte del camino de la cruz, que es el camino del amor, del perderse y del entregarse. Este concepto incluye también el hecho de que este seguimiento se realiza en el "nosotros", que ninguno de nosotros tiene su propio Cristo, su propio Jesús, sino que sólo lo podemos seguir si caminamos todos juntos con él, entrando en este "nosotros" y aprendiendo con él su amor que entrega. El seguimiento se realiza en este "nosotros". El "ser nosotros" en la comunidad de sus discípulos forma parte del ser cristianos. Y esto nos plantea la cuestión del ecumenismo: la tristeza por haber roto este "nosotros", por haber subdividido el único camino en muchos caminos, pues así se ofusca el testimonio que deberíamos dar, y el amor no puede encontrar su expresión plena.

¿Qué deberíamos decir al respecto? Hoy escuchamos muchas quejas por el hecho de que el ecumenismo habría llegado a una situación de estancamiento, acusaciones mutuas. A pesar de ello, yo creo que ante todo deberíamos estar agradecidos por la gran unidad que ya existe. Es hermoso que hoy, domingo Laetare, podamos orar juntos, entonar los mismos himnos, escuchar la misma Palabra de Dios, explicarla y tratar de comprenderla juntos; que miremos al único Cristo que vemos y al que queremos pertenecer, y que de este modo ya demos testimonio de que él es el único, el que nos ha llamado a todos, y al que, en lo más profundo, todos pertenecemos. Creo que sobre todo deberíamos mostrar al mundo esto: no contiendas y conflictos de todo tipo, sino alegría y gratitud por el hecho de que el Señor nos da esto y porque existe una unidad real, que puede llegar a ser cada vez más profunda y que debe ser cada vez más un testimonio de la Palabra de Cristo, del camino de Cristo en este mundo.

Naturalmente, no debemos contentarnos con esto, aunque debemos estar llenos de gratitud por estar juntos. Sin embargo, el hecho de que en cosas esenciales, en la celebración de la santa Eucaristía no podemos beber del mismo cáliz, no podemos estar en torno al mismo altar, nos debe llenar de tristeza porque llevamos esta culpa, porque ofuscamos este testimonio. Nos debe dejar intranquilos interiormente, en el camino hacia una mayor unidad, conscientes de que, en el fondo, sólo el Señor puede dárnosla, porque una unidad concordada por nosotros sería obra humana y, por tanto, frágil, como todo lo que realizan los hombres. Nosotros nos entregamos a él, tratamos de conocerlo y amarlo cada vez más, de verlo, y dejamos que él nos lleve así verdaderamente a la unidad plena, por la cual oramos a él con todo apremio en este momento.

Queridos amigos, una vez más deseo expresaros mi agradecimiento por esta invitación, que me habéis hecho; por la cordialidad con la que me habéis acogido —y también por sus palabras, señora Esch—. Demos gracias por haber podido orar y cantar juntos. Oremos los unos por los otros. Oremos juntos para que el Señor nos conceda la unidad y ayude al mundo para que crea. Amén.

[Traducción del original alemán distribuida por la Santa Sede

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