Palabras del Papa al finalizar el Vía Crucis en el Coliseo

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ROMA, viernes, 9 abril 2004 (ZENIT.org).- Publicamos las palabras que pronunció Juan Pablo II al concluir el Vía Crucis que presidió en el Coliseo en la noche de este Viernes Santo.




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1. «Venit hora!» ¡Ha llegado la hora! La hora del Hijo del hombre.

Como todos los años, recorremos ante el Coliseo romano el Vía Crucis de Cristo y participamos en aquella «hora» en la que se cumplió la hora de la Redención.

«Venit hora crucis!». «La hora de pasar de este mundo al Padre» (Juan 13, 1). La hora del sufrimiento desgarrador del Hijo de Dios, un sufrimiento que, veinte siglos después, sigue conmoviéndonos íntimamente e interpelándonos. El Hijo de Dios llegó a esta hora (Cf. Juan 12, 27) precisamente para dar la vida por los hermanos. Es la «hora» de la entrega, la «hora» de la revelación del amor infinito.

2. «Venit hora gloriae!». «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre» (Juan 12, 23). Esta es la «hora» en la que a nosotros, hombres y mujeres de todos los tiempos, se nos ha donado el amor más fuerte que la muerte. Nos encontramos bajo la cruz en la que está clavado el Hijo de Dios para que con el poder que el Padre le ha dado por encima de todo ser humano dé la vida eterna a todos los que le han sido confiados (Cf. Juan 17, 2).

¿No es, por tanto, un deber en esta «hora» dar gloria a Dios Padre «que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros» (Romanos 8, 32)?

¿No ha llegado el momento de glorificar al Hijo que se «humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Filipenses 2,8)?

¿Cómo es posible no dar gloria al Espíritu de Aquél que resucitó a Cristo de los muertos y que ahora habita en nosotros para dar también la vida a nuestros cuerpos mortales? (Cf. Romanos 8, 11)?

3. Que esta «hora» del Hijo del hombre, que vivimos el Viernes Santo, permanezca en nuestra mente y en nuestros corazones como la «hora del amor y de la gloria».

Que el misterio del Vía Crucis del Hijo de Dios sea para todos fuente inagotable de esperanza. Que nos consuele y nos fortalezca también cuando llegue nuestra hora.

Venit hora redemptionis. Glorificemus Redemptorem! Amen.

[Traducción del original italiano realizada por Zenit]