Pastoral Juvenil y Pastoral Vocacional

A la luz de las Jornadas Mundiales de la Juventud

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MADRID, domingo 18 marzo 2012 (ZENIT.org).- En vísperas de la fiesta de San José, Día del Seminario, ofrecemos una interesante reflexión del obispo de Terrassa, España, monseñor José Ángel Saiz Meneses, presidente de la Comisión Episcopal de Seminarios Universidades de la Conferencia Episcopal Española, sobre Pastoral Juvenil y Pastoral Vocacional.

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+ José Ángel Saiz Meneses

La Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) es una inmensa gracia de Dios para la Iglesia. Ha sido una de las grandes intuiciones del beato Juan Pablo II, que supo ofrecer un lugar de encuentro a tantos y tantos jóvenes que se preguntan por el sentido de la vida, que buscan respuestas a sus interrogantes fundamentales, que buscan la felicidad, la verdad, el bien, y que lo encuentran en Cristo y en la Iglesia. También los jóvenes buscan respuestas a sus inquietudes vocacionales y la JMJ es un momento propicio para hallar luz que ayude a discernir. El fruto depende de la preparación, de la realización y de la continuidad. El Santo Padre Benedicto XVI ha recogido el testigo de su predecesor y con un estilo y carisma propios, sigue convocando y acompañando a los jóvenes.

Perspectiva: la vida como peregrinación

La JMJ ha de ser considerada desde la perspectiva de la peregrinación. Las Jornadas han nacido del deseo de ofrecer a los jóvenes «momentos significativos de pausa» en su camino de peregrinación de la fe y también para facilitarles el encuentro con otros jóvenes de su edad provenientes de otros países y continentes con los que puedan compartir su fe, sus inquietudes y problemas, con los que puedan intercambiar experiencias. Para ello se les invita periódicamente a que se conviertan en peregrinos por los caminos del mundo construyendo puentes de fraternidad y de esperanza entre personas, pueblos y culturas.

La finalidad principal, según el mismo Juan Pablo II, es “colocar a Jesucristo en el centro de la fe y de la vida de cada joven, para que sea el punto de referencia constante y la luz verdadera de cada iniciativa y de toda la tarea educativa de las nuevas generaciones. Ese es el ‘estribillo’ de cada Jornada Mundial. Y todas juntas aparecen como una continua y apremiante invitación a fundamentar la vida y la fe sobre la roca que es Cristo».

JMJ y Pastoral Juvenil

Nos podemos preguntar por la relación de la JMJ con la Pastoral Juvenil ordinaria. Un análisis objetivo pone de relieve algunos elementos que se hacen cada vez más imprescindibles en toda pastoral con los jóvenes. Son elementos que brotan por un lado de la manera de ser de los jóvenes y por otro, de su comprensión simultánea por el que los convoca. Son elementos que pueden servir eficazmente en los diferentes niveles de la pastoral, ya sean parroquiales, diocesanos, nacionales o internacionales. La JMJ fue una apuesta personal del beato Juan Pablo II que produjo sorpresa y una cierta perplejidad y que no estuvo exenta de resistencias en los primeros momentos. Pero la iniciativa fue creciendo incesantemente y hoy día forma parte del programa pastoral de la Iglesia.

El primer elemento es lanzar una convocatoria que llegue a motivar, a crear expectación y que encienda en los jóvenes el deseo de acudir a esa llamada. En segundo lugar, la iniciativa propuesta ha de crear empatía entre el convocante y los convocados. El tercero es mantener un proyecto común y sostenido y el cuarto, unas claves de sintonía con los jóvenes, entre las que podemos señalar el cristocentrismo del mensaje papal, el inconformismo de quien desea cambiar el mundo, la inspiración directa de los mensajes en el evangelio, y por último, el testimonio de una vida ejemplar.

Influencia en la Pastoral Juvenil y en la Pastoral Vocacional

Actualmente, las JMJ forman parte del Proyecto Pastoral de la Iglesia y pueden ofrecer un gran apoyo tanto a la Pastoral Juvenil como a la Pastoral Vocacional porque son una importante fuente de renovación y ayudan a consolidar algunos puntos de fuerza de la pastoral ordinaria.

El primer punto sería descubrir el valor del encuentro, del compartir, de ensanchar las perspectivas y los horizontes, que a veces quedan reducidos al pequeño grupo o a lo sumo a los grupos de la parroquia o de un movimiento eclesial concreto. El encuentro que se produce en la JMJ expresa en mayor medida la catolicidad, la universalidad de la gran familia que es la Iglesia, donde todos hemos de conocernos y reconocernos, aceptarnos y amarnos desde la diferencia de carismas, de sensibilidades, de acentos culturales. Encuentro con Cristo y con la Iglesia, encuentro consigo mismo y los demás.

Por otra parte, a partir de las JMJ se han ido superando ciertos complejos a la hora de plantear la santidad como el ideal para los jóvenes, como la perspectiva de la pastoral juvenil. Y del mismo modo subrayar la necesidad de la oración, de la Palabra de Dios y de la vida sacramental. Los Pontífices Juan Pablo II y Benedicto XVI nos han insistido especialmente en dos sacramentos que tienen un peso determinante en la vida de fe: la Eucaristía y la Reconciliación. Es preciso ayudar a los jóvenes a descubrir la Eucaristía como la fuente y la cumbre de la vida cristiana y eclesial, y el sacramento de la Reconciliación como encuentro con Cristo que libera de la esclavitud del pecado.

Desde esa vida nueva en Cristo el joven se convierte en evangelizador de sus coetáneos. Si hay algo que queda claro en estos encuentros es que los jóvenes han de ser testigos de Jesucristo en el tercer milenio. Testigos auténticos, que ha visto, han experimentado y comunican su propia experiencia. Y la comunican con un estilo alegre y esperanzado, convencido y convincente. Esta misión en el mundo la realizan con confianza porque el Señor resucitado camina con ellos, porque Cristo resucitado está presente en la Iglesia.

Otro efecto positivo es el hecho de que entre los obispos ha cundido el ejemplo de cercanía, de espontaneidad, de contacto directo con los jóvenes que tenía el beato Juan Pablo II; les ha ayudado a implicarse más directamente en la pastoral juvenil con un estilo más directo y cercano, y les ha movido a promover iniciativas a nivel diocesano y nacional. El Santo Padre Benedicto XVI sigue ofreciendo en la misma línea un ejemplo admirable. Lo mismo hay que decir de tantos obispos, sacerdotes, religiosos y numerosos laicos que trabajan como agentes de pastoral juvenil. En este sentido, se ha producido una especie de sacudida dinamizadora y evangelizadora en toda la Iglesia.

Como conclusión, podemos destacar tres elementos fundamentales de la Pastoral Juvenil y de la Pastoral Vocacional que vienen a ser como el resumen final: en primer lugar, conocer y acompañar a los jóvenes en su vida concreta, que es un camino de peregrinación, y dialogar y confiar en ellos; en segundo lugar, responder a sus inquietudes planteándoles un ideal de altura, de perfección, propiciando el encuentro con Cristo, la única Persona que saciará su sed de infinito, el único ideal que llenará de plenitud sus existencias; en tercer lugar, ayudarles a comprometer sus vidas con generosidad a través del camino que Dios les indique, ya sea el sacerdocio, la vida consagrada o el matrimonio.