Poner a los refugiados en el centro de las políticas económicas

Pide el Servicio Jesuita a Refugiados con motivo del Día Mundial

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ROMA, martes 19 junio 2012 (ZENIT.org).- En los próximos dos días, los líderes de las naciones del G20 deberán tomar decisiones difíciles con respecto a la estabilidad de la economía global. Con motivo del Día Mundial del Refugiado, el 20 de junio, el Servicio Jesuita a Refugiados pide a los líderes mundiales que pongan la cohesión social en el corazón de sus procesos de decisión, y que no pierdan de vista las necesidades de más de 45 millones de inmigrantes desplazados forzosamente en todo el mundo.

“Mantener las necesidades humanitarias de los refugiados en el centro de sus políticas es más importante que nunca en estos momentos de turbulencias económicas. La recesión económica amenaza la ayuda internacional esencial para las personas desplazadas forzosamente. Asimismo, los refugiados tienen que luchar aún más para cubrir sus necesidades. Lamentablemente, es probable que tengan lugar nuevos desplazamientos de poblaciones empobrecidas ya que una consecuencia de los tiempos difíciles es el aumento de la marginalización de las minorías oprimidas”, afirma el Servicio Jesuita refugiados.

"Los migrantes forzosos son ejemplos concretos de lo que ocurre a las sociedades empujadas más allá del límite: conflicto, violaciones a los derechos humanos, desplazamiento. La cumbre del G20 es una oportunidad para llevar a cabo acciones preventivas, reducir la inestabilidad económica promoviendo una protección global a los refugiados, mejorar las posibilidades de ganarse la vida a las comunidades marginalizadas y fortalecer sistemas de protección social inclusivos", dijo el director del JRS Internacional, Peter Balleis SJ.

El Servicio Jesuita a Refugiados denuncia el actual “populismo político” de algunos políticos, en medio de la crisis económica, “que pone una retórica xenófoba en el centro de su discurso”. “En vez de describir a los refugiados como valientes supervivientes que rehacen sus vidas en un entorno seguro, los políticos lo cambian por etiquetas simplistas y falsas, que demonizan a los refugiados como males sociales”.

"Las poblaciones de los países de acogida, por lo general, tienen poco contacto con los refugiados u otros migrantes forzosos. Sus opiniones son ampliamente modeladas por líderes políticos y de la sociedad civil. Si los gobiernos asumen un enfoque más positivo hacia la migración forzosa, es probable que veamos el inicio de un cambio de sentido en los actuales niveles de hostilidad y exclusión que sufren los refugiados", añade el padre Balleis.

A pesar de la actual tendencia, el Servicio Jesuita a Refugiados constata que “hay gente en todo el mundo que responde individual y colectivamente a las necesidades de los refugiados”. Por ejemplo, ante la incapacidad del gobierno francés de dar alojamiento a los solicitantes de asilo, los voluntarios del JRS en París han dado un paso adelante y les han abierto sus hogares.

Actos parecidos tienen lugar en Jordania, donde los residentes locales y los refugiados iraquíes están ayudando a los desplazados sirios. Ejemplos parecidos de hospitalidad desde la base se encuentran en Congo, Kenia, Venezuela y muchos otros países. “Una y otra vez, vemos a los refugiados y a las comunidades de acogida ofreciendo protección, alojamiento, comida, medicamentos y, lo más importante, amistad. Estos sencillos actos tienen el poder de transformar situaciones difíciles”, afirma el JRS.

"Nuestro mensaje es simple: alentar la hospitalidad y la cooperación. La hospitalidad es una puerta que abre el camino a otras posibilidades, como el acceso a los derechos y servicios. Los refugiados tienen recursos humanos, formación y energía. Es importante permitirles que hagan algo en pro de sus nuevas comunidades. Los gobiernos harían bien en seguir estos ejemplos de solidaridad, en vez de buscar soluciones a corto plazo, creando mayores problemas para el futuro", concluye el padre Balleis.

El JRS trabaja en más de 50 países en todo el mundo. La organización emplea a más de 1.200 personas: laicos, jesuitas y otros religiosos para responder a, entre otras, las necesidades educativas, sanitarias y sociales de más de 700.000 refugiados y desplazados, de los que más de la mitad son mujeres. Sus servicios se ofrecen a los refugiados sin distinción de raza, origen étnico o creencias religiosas.