Por invitación de la Santa Sede, las religiosas de Roma salvaron a miles de judíos

De la barbarie nazi

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ROMA, lunes, 18 septiembre 2006 (ZENIT.org).- Una investigación presentada en Roma refleja el papel que, con el aliento de la Santa Sede, tuvieron las casas religiosas femeninas en la salvación de miles de judíos de las deportaciones nazis.



Los refugios se improvisaban por doquier, en buhardillas, trasteros bajo escaleras, ocultos por puertas ciegas o armarios, galerías subterráneas, antiguas puertas romanas que se usaban como vías de escapatoria: todo ello en cuanto sonaba la alerta, según señales acordadas -como la campanilla de un convento-, de que se acercaba un registro nazi.

Son ejemplos de algunas de las estratagemas a las que recurrieron las religiosas de Roma para acoger a miles de judíos perseguidos en la segunda guerra mundial.

Se hace altavoz de aquella realidad una investigación histórica documentada realizada por Sor Grazia Lopaco, de la Facultad Pontificia «Auxilium» (de Roma), presentada el viernes, en el marco del Congreso de la Asociación italiana de profesores de Historia de la Iglesia sobre «Las mujeres en la Iglesia en Italia».

En aquel difícil período las casas religiosas femeninas en Roma eran 475; pertenecían a 274 institutos. Por su parte, los religiosos poseían 270 comunidades pertenecientes a un total de 146 institutos masculinos.

La documentación disponible se refiere a un tercio de las 745 casas en conjunto -correspondientes a 200 comunidades-, de ellas 133 femeninas. «Éstas acogieron a 4.300 judíos, pero aún hay incertidumbre sobre la cifra», según la investigación.

«La Santa Sede alentó la acogida de los judíos y la mayoría de las casas religiosas abrió de par en par las puertas frente a esta absurda injusticia –explicó la religiosa-. El gobierno italiano le acusó incluso de ocultar judíos y desertores en nombre de una “malentendida caridad”».

Adaptándose a la emergencia, las comunidades religiosas modificaron sus ritmos de vida, sus estancias y costumbres. Por ejemplo, las aulas escolares se transformaban en dormitorios de noche; se crearon nuevas labores y ocupaciones para los acogidos; se montaron sistemas de vigilancia las 24 horas. Y «nacieron muchas y bellas amistades», apuntó.

Los judíos, también los niños, eran escondidos o mezclados con otras personas, si era necesario dándoles identidades falsas.

«Algunas mujeres se vistieron de religiosas o de postulantas -añade-; otros pasaban por enfermos, educadores o pobres».

En tal contexto muchos judíos tuvieron que aprender además las oraciones católicas, los gestos y cantos sacros. «Fue un ingreso muy rápido en un mundo del todo ajeno –apuntó Sor Grazia Lopaco-. Hubo casos de presión para conversiones, pero también actitudes de verdadero respeto, favoreciéndoles sus prácticas religiosas». «No se registraron casos de bautismos forzados», aclaró.

Confirmó que «algunos judíos pudientes pagaron según su disponibilidad, otros aportaron una pequeña pensión, otros fueron acogidos gratuitamente».

En este panorama «no faltaron las sombras, pero la mayor parte de los testimonios no arroja dudas sobre lo positivo de la experiencia. Muchos regresaron a dar las gracias años después», concluyó.