Por primera vez, el Año Santo no se ha celebrado sólo en Roma

El cardenal Etchegaray evalúa el acontecimiento en Jerusalén

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JERUSALÉN, 9 enero 2001 (ZENIT.org).- Terminado el gran Jubileo del año 2000 ha llegado la hora de hacer un balance. Y esto es precisamente lo que hizo el hombre a quien Juan Pablo II encargó la organización del mismo, el cardenal Roger Etchegaray, presidente del Comité Central para el Año Santo.



Al clausurar el pasado 2 de enero en Belén el Jubileo en Tierra Santa, en nombre del Papa, el purpurado vasco-francés ofreció una rueda de prensa en Jerusalén en la que afrontó de lleno el argumento: «Nosotros los cristianos damos al milenio un significado que no tiene para otros. Para éstos, las cosas siguen como antes, con el mismo sinsentido, se podría decir. Al final, puedo decir que hemos podido evitar esta confusión entre Año Santo y año 2000».

Uno de los puntos destacados de su intervención se centró en subrayar la participación, por primera vez, de Tierra Santa y de las Iglesias locales de todo el mundo en un Jubileo, como focos centrales. «Por primera vez en la historia de los jubileos --dijo el cardenal--, ha tenido lugar una descentralización. Antes, el punto de convergencia era Roma. Pero, al mismo tiempo, la extensión no ha sido sólo geográfica, se ha tratado de una valorización eclesiológica en el espíritu más puro del Concilio Vaticano II para que se beneficiaran todas las Iglesias, para que también las más pequeñas y lejanas pudieran beneficiarse de la gracia jubilar».

En la rueda de prensa estuvieron presentes también el arzobispo Pietro Sambi --delegado apostólico para Jerusalén y Palestina y nuncio en Israel--, el patriarca latino Michel Sabbah, representantes de las Iglesias de los diversos ritos católicos, el arzobispo copto-ortodoxo Anbra Abraham, presidente del Comité Interconfesional de Jerusalén y los cónsules generales de Grecia e Italia.

Con una mirada retrospectiva, el purpurado hizo memoria de los hechos más destacados del camino jubilar. Señaló también los riesgos que se han podido evitar, comenzando por el hecho de que algunos aprovecharan este acontecimiento salvífico para lanzar iniciativas comerciales ligadas al Año 2000 que nada tenían que ver con los fines del Año Santo.

Tras estas aclaraciones, el cardenal Etchegaray subrayó que «el Jubileo, aunque alguno lo ha olvidado, ha sido una iniciativa propiamente católica, no cristiana, católica. Y así como se ha debido distinguir entre año 2000 y Año Santo, también hay que hacer la diferencia entre Jubileo y Año Santo».

El primero no es «una invención de la Iglesia católica romana, sino una tradición dotada de sus ritos». Por tanto «se ha preparado con una perspectiva verdaderamente católica el que asumiera sus características de Jubileo. Por otra parte, el Papa, en su bula de proclamación, ha querido mantener bastantes tradiciones, por ejemplo la de la Puerta Santa y las indulgencias (esta última ha hecho correr mucha tinta) en el surco de la historia y de sus contenidos».

Surge entonces la pregunta: ¿por qué la Iglesia no se asoció a las demás Iglesias cristianas al celebrar el Jubileo? «No habrían podido, y se entiende --respondió Etchegaray-- entrar plenamente en esta perspectiva católica del Jubileo. Por otra parte, sé que algunos de los hermanos no católicos deseaban prepararse juntos; quizá se podía hacer de otra manera; pero para llegar a esto hace falta trabajar con diversas sensibilidades y tradiciones. Se ha intentado durante un año preparar un documento común sin grandes resultados. Al menos se llegó a un mínimo denominador común. Y el Jubileo católico creo que se ha mantenido a su nivel serio, espiritual. Nosotros los católicos no tenemos el monopolio pero, si queríamos permanecer en la línea de los Jubileos, no hubiéramos realizar con nuestros hermanos lo que hemos logrado hacer».

Por último, el cardenal Etchegaray invitó a releer el acontecimiento jubilar como resumen del pontificado de Juan Pablo II, aludiendo a la conocida profecía del cardenal Wyszynski de que Karol Wojtyla habría conducido la Iglesia al nuevo milenio. Además aludió a la especial experiencia espiritual, humana y religiosa, que vivió en Polonia, y que culminó con un programa de nueve años de oración para la celebración del milenario de la Iglesia polaca.

Esto explica, aclaró Etchegaray «el que el Papa hace seis años, en su carta apostólica del 10 de noviembre de 1994, quisiera dar al Jubileo un programa de preparación muy detallado y apretado en el tiempo: dos años de preparación lejana y tres a corto plazo, con el tema trinitario». De hecho, concluyó es el documento de Juan Pablo II «más citado, más estudiado, más aplicado por los fieles, el que ha ayudado al éxito del Jubileo y ha estimulado a muchas Iglesias a prepararse al mismo. Ha trazado un sendero luminoso para que el hombre no se perdiera esta cita con el año 2000».