Por una mayor justicia y dignidad en Tierra Santa

Audiencia papal a líderes religiosos de Israel

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CIUDAD DEL VATICANO, viernes 11 de noviembre de 2011 (ZENIT.org).- A continuación les ofrecemos el discurso que el Santo Padre Benedicto XVI dirigió este jueves a la delegación del Consejo de los Jefes Religiosos de Israel, al recibirlos en audiencia en la Sala de los Papas del Palacio Apostólico.

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Su Beatitud,

sus excelencias,

queridos amigos,

Es un gran placer para mí daros la bienvenida, miembros del Israeli Religious Council, que representáis a las comunidades religiosas presentes en Tierra Santa, y os doy las gracias por las amables palabras dirigidas a mí en nombre de todos los presentes.

En estos tiempos de tribulación, el diálogo entre las diferentes religiones se está convirtiendo en algo cada vez más importante en la generación de una atmósfera de comprensión mutua y de respeto que puede conducir a la amistad y a una confianza sólida entre nosotros. Esto urge a la los líderes de Tierra Santa que, a la vez que viven en un lugar lleno de recuerdos sagrados de nuestras tradiciones, sufren diariamente las dificultades de vivir juntos en armonía.

Como ya destaqué en mi reciente encuentro con los líderes religiosos en Asís, hoy nos encontramos a nosotros mismos enfrentándonos a dos tipos de violencia: por un lado, el uso de la violencia en nombre de la religión y, por el otro, la violencia que es consecuencia del rechazo a Dios que caracteriza a menudo la vida en la sociedad moderna. En esta situación, como líderes religiosos estamos llamados a reafirmar que la relación correctamente vivida del hombre con Dios es una fuerza de paz. Esta es una verdad que debe ser cada vez más visible en el modo en el que vivimos con los demás en la cotidianidad. Por esta razón, deseo animaros a fomentar un clima de confianza y de diálogo entre los líderes y miembros de todas las tradiciones religiosas presentes en Tierra Santa.

Compartimos la grave responsabilidad de educar a los miembros de nuestras respectivas comunidades religiosas con el fin de fomentar un entendimiento más profundo de cada uno y desarrollar una apertura hacia la cooperación con las personas de tradiciones religiosas distintas a las nuestras. Desgraciadamente, la realidad de nuestro mundo está, a menudo, fragmentada y es defectuosa, incluso en Tierra Santa. Todos nosotros estamos llamados a comprometernos de nuevo con la promoción de una mayor justicia y dignidad, para enriquecer nuestro mundo y darle una dimensión humana total. La justicia, junto con la verdad, el amor y la libertad es un exigencia fundamental para una paz duradera y segura en el mundo. El movimiento hacia la reconciliación exige valentía y visión, así como la confianza en que Dios mismo nos mostrará el camino. No podemos conseguir nuestros objetivos si Dios no nos da la fuerza para llevarlos a cabo.

Cuando visité Jerusalén en mayo de 2009, estuve ante el Muro Occidental y coloqué mi oración escrita entre las piedras del Muro, le pedí a Dios por la paz en Tierra Santa. Escribí: “Dios de todas las épocas, en mi visita a Jerusalén, 'Ciudad de la Paz', hogar espiritual de judíos, cristianos y musulmanes, traigo ante ti las alegrías, las esperanzas, las inspiraciones, los desafíos, los sufrimientos y el dolor de todas las personas del mundo. Dios de Abraham, Isaac y Jacob, escucha el grito de los afligidos, los temerosos, los despojados; manda tu paz sobre esta Tierra Santa, sobre Oriente Medio, sobre toda la familia humana; mueve los corazones de todos aquellos que invocan tu nombre para caminar con humildad en el sendero de la justicia y de la compasión. “El Señor es bondadoso con los que esperan en él, con aquellos que lo buscan” (Lam 3,25).

Que el Señor escuche mi oración por Jerusalén hoy y llene vuestros corazones con alegría durante vuestra visita a Roma. Que escuche las oraciones de todos los hombres y mujeres que le piden por la paz en Jerusalén.

Ciertamente, no dejemos nunca de rezar por la paz en Tierra Santa, con la confianza en Dios quien es Él mismo nuestra paz y nuestro consuelo. Confiándoos a vosotros y a los que representáis al cuidado misericordioso de Dios Todopoderoso, con alegría invoco sobre vosotros bendiciones divinas de alegría y de paz.

[Traducción del original inglés por Carmen Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]