Predicador del Papa: Cristo se ofreció a sí mismo al Padre

Segunda predicación de Cuaresma del padre Raniero Cantalamessa

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CIUDAD DEL VATICANO, viernes 12 de marzo de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la segunda predicación de Cuaresma a la Curia Romana realizada hoy, en presencia del Papa, por el padre Raniero Cantalamessa, OFMCap.

 



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P. Raniero Cantalamessa, ofmcap.

Segunda predicación de Cuaresma



Cristo se ofreció a sí mismo a Dios”



1. La novedad del sacerdocio de Cristo

En esta meditación queremos reflexionar sobre el sacerdote como administrador de los misterios de Dios, entendiendo esta vez por “misterios” los signos concretos de la gracia, los sacramentos. No podemos detenernos en todos los sacramentos, nos limitamos al sacramento por excelencia que es la Eucaristía. Así hace también la Presbyterorum Ordinis que, tras haber hablado de los presbíteros como evangelizadores, prosigue diciendo que “su servicio, que comienza con el anuncio del Evangelio, trae su fuerza y eficacia del sacrificio de Cristo, que éstos renuevan místicamente sobre el altar [1].

Estas dos tareas del sacerdote son las que también los apóstoles se reservaron para sí mismos: “En cuanto a nosotros – declara Pedro en los Hechos – continuaremos dedicándonos a la oración y al ministerio de la Palabra” (Hch 6,4). La oración de la que habla no es la oración privada; es la oración litúrgica comunitaria que tiene en su centro la fracción del pan. La Didaché permite ver cómo la Eucaristía en los primeros tiempos se ofrecía precisamente en el contexto de la oración de la comunidad, como parte de ella y su culmen [2].

Como el sacrificio de la Misa no se concibe si no en dependencia del sacrificio de la cruz, así el sacerdocio cristiano no se explica si no en dependencia y como participación sacramental en el sacerdocio de Cristo. Es desde ahí de donde debemos partir para descubrir la característica fundamental y los requisitos del sacerdocio ministerial.

La novedad del sacrificio de Cristo respecto al sacerdocio de la antigua alianza (y, como sabemos, respecto a cualquier otra institución sacerdotal fuera de la Biblia) se pone de manifiesto en la Carta a los Hebreos desde diversos puntos de vista: Cristo no tuvo necesidad de ofrecer víctimas ante todo por sus propios pecados, como todo sacerdote (7,27); no tiene necesidad de repetir más veces el sacrificio, sino “sólo una vez, en la plenitud de los tiempos, vino para anular el pecado mediante el sacrificio de sí mismo” (9, 26). Pero la diferencia fundamental es otra. Escuchemos cómo se la describe:

“Pero se presentó Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros, a través de una Tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo. Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. Pues si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo!” (Hb 9, 11-14).

Cualquier otro sacerdote ofrece algo fuera de sí mismo, Cristo se ofreció a sí mismo; cualquier otro sacerdote ofrece víctimas, ¡Cristo se ofreció como víctima! San Agustín recogió en una fórmula célebre este nuevo tipo de sacerdocio, en el que el sacerdote y la víctima son lo mismo: “Ideo victor, quia victima, et ideo sacerdos, quia sacrificium: vencedor porque víctima, sacerdote porque sacrificio” [3].

En el paso de los sacrificios antiguos al sacrificio de Cristo se observa la misma novedad que en el paso de la ley a la gracia, del deber al don, ilustrada en una meditación precedente. De la obra del hombre para aplacar a la divinidad y reconciliarla consigo, el sacrificio pasa a ser don de Dios para aplacar al hombre, hacerlo desistir de su violencia y reconciliarlo consigo (cf. Col 1,20). También en su sacrificio, como en todo lo demás, Cristo es “totalmente otro”.

2. “Imitad lo que realizais”

La consecuencia de todo esto es clara: para ser sacerdote “según el orden de Jesucristo”, el presbítero debe, como él, ofrecerse a sí mismo. Sobre el altar, él no representa solo a Jesús “sumo sacerdote”, sino también a Jesús “suma víctima”, siendo ya ambas cosas inseparables. En otras palabras, no puede acontentarse con ofrecer a Cristo al Padre en los signos sacramentales del pan y del vino, sino que debe ofrecerse también a sí mismo con Cristo al Padre. Recogiendo un pensamiento de san Agustín, la instrucción de la S. Congregación de los ritos, Eucharisticum mysterium, escribe: “La Iglesia, esposa y ministra de Cristo, desempeñando con él el oficio de sacerdote y víctima, lo ofrece al Padre y, al mismo tiempo, se ofrece entera a sí misma con él” [4].

Lo que aquí se dice de toda la Iglesia, se aplica de modo singular al celebrante. En el momento de la ordenación, el obispo dirige a los ordenandos la exhortación: “Agnoscite quod agitis, imitamini quod tractatis: Date cuenta de lo que haces, imita lo que celebras”. En otras palabras: haz también tu lo que hace Cristo en la Misa, es decir, ofrécete a ti mismo a Dios en sacrificio viviente. Escribe san Gregorio Nacianceno:

“Sabiendo que nadie es digno de la grandeza de Dios, de la Víctima y del Sacerdote, si no se ha ofrecido antes a sí mismo como sacrificio vivo y santo, si no se presenta como oblación razonable y agradable (cf Rm 12, 1) y si no ha ofrecido a Dios un sacrificio de alabanza y un espíritu contrito – el único sacrificio del que el autor de todo don pide el ofrecimiento –, ¿cómo osaré ofrecerle la ofrenda exterior sobre el altar, la que es la representación de los grandes misterios?”[5].

Me permito decir cómo yo mismo descubrí esta dimensión de mi sacerdocio porque quizás puede a ayudar a entender mejor. Tras mi ordenación, he aquí cómo yo vivía el momento de la consagración: cerraba los ojos, inclinaba la cabeza, intentaba olvidarme de todo lo que me rodeaba para enmimismarme en Jesús que, en el cenáculo, pronunció por primera vez esas palabras: “Accipite et manducate…”, “Tomad, comed...”.

La liturgia misma favorecía esta actitud, haciendo pronunciar las palabras de la consagración en voz baja y en latín, inclinados sobre las especies, dirigidos al altar y no al pueblo. Después, un día, comprendí que esta actitud, por sí sola, no expresaba todo el significado de mi participación en la consagración. Quien preside invisiblemente toda Misa es Jesús resucitado y vivo, el Jesús, para ser exacto, que estaba muerto y que ahora vive para siempre (cf. Ap 1, 18). Pero este Jesús es el “Cristo total”, Cabeza y cuerpo inseparablemente unidos. Por tanto, si es este Cristo total el que pronuncia las palabras de la consagración, también yo las pronuncio con él. Dentro del “Yo” grande de la Cabeza, está escondido el pequeño “yo” del cuerpo que es la Iglesia, y está también mi pequeñísimo “yo”.

Desde entonces, mientras como sacerdote ordenado por la Iglesia, pronuncio las palabras de la consagración in persona Christi, creyendo que, gracias al Espíritu Santo, éstas tienen el poder de cambiar el pan en el cuerpo de Cristo y el vino en su sangre, al mismo tiempo, como miembro del cuerpo de Cristo, ya no cierro los ojos, sino que miro a los fieles que tengo delante, o, si celebro solo, pienso en aquellos a quienes sirvo durante el día y, dirigido a ellos, digo mentalmente, junto con Jesús: “Hermanos y hermanas, tomad, comed: este es mi cuerpo; tomad, bebed, esta es mi sangre”.

En seguida encontré una singular confirmación en los escritos de la venerable Concepción Cabrera de Armida, llamada Conchita, la mística mexicana, fundadora de tres órdenes religiosas, de la que está en curso el proceso de beatificación. A su hijo jesuita, a punto de ser ordenado sacerdote, ella escribía: “Acuérdate hijo mío, que al tener a Jesús en tus manos en la sagrada forma no dirás: Este es el Cuerpo de Jesús, esta es la Sangre, sino que dirás: este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre, es decir que debe existir una total trasformación, tú perdido en El: otro Jesús”[6].

La ofrenda del sacerdote y de toda la Iglesia, sin la de Jesús, no sería ni santa ni agradable a Dios, porque somos solamente criaturas pecadoras, pero la ofrenda de Jesús, sin la de su cuerpo que es la Iglesia, sería también incompleta e insuficiente: no, se entiende, para procurar la salvación, sino para que nosotros la recibamos y nos apropiemos de ella. Es en este sentido que la Iglesia puede decir con san Pablo: “Completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo” (cf. Col 1, 24).

Podemos ilustrar con un ejemplo lo que sucede en toda Misa. Imaginemos que en una familia hay uno de los hijos, el primogénito, afeccionadísimo al padre. Para su cumpleaños quiere hacerle un regalo. Pero antes de presentárselo pide, en secreto, a todos los hermanos y hermanas que pongan su firma sobre el regalo. Este llega por tanto a las manos del padre como homenaje indistinto de todos los hijos y como un signo de la estima y del amor de todos ellos, pero en realidad, uno solo ha pagado el precio de él.

Y ahora la aplicación. Jesús admira y ama sin reservas al Padre celeste. A él quiere hacer cada día, hasta el fin del mundo, el don más precioso que se pueda pensar, el de su misma vida. En la Misa invita a todos sus “hermanos”, que somos nosotros, a que pongamos la firma sobre el regalo, de manera que éste llegue a Dios Padre como el don indistinto de todos sus hijos, “mi sacrificio y el vuestro”, lo llama el sacerdote en el Orate fratres. Pero, en realidad, sabemos que uno solo ha pagado el precio de este don. ¡Y qué precio!

3. El cuerpo y la sangre

Para comprender las consecuencias prácticas que derivan para el sacerdote de todo esto, es necesario tener en cuenta el significado de la palabra “cuerpo” y de la palabra “sangre”. En el lenguaje bíblico, la palabra cuerpo, como la palabra carne, no indica, como para nosotros hoy, una tercera parte como en la tricotomía griega (cuerpo, alma, nous); indica a toda la persona, en cuanto que vive en una dimensión corpórea ( “El Verbo se hizo carne”, significa se hizo hombre, ¡no huesos, músculos y nervios!). A su vez “sangre” no indica una parte de una parte del hombre. La sangre es la sede de la vida, y por ello la efusión de la sangre es signo de la muerte.

Con la palabra “cuerpo” Jesús nos ha dado su vida, con la palabra “sangre” nos ha dado su muerte. Aplicado a nosotros, ofrecer el cuerpo significa ofrecer el tiempo, los recursos físicos, mentales, una sonrisa que es típica de un espíritu que vive en un cuerpo; ofrecer la sangre significa ofrecer la muerte. No sólo el momento final de la vida, sino todo lo que ya desde ahora anticipa la muerte: las mortificaciones, las enfermedades, las pasividades, todo lo negativo de la vida.

Probemos a imaginar la vida sacerdotal vivida con esta conciencia. Toda la jornada, no solo el momento de la celebración, es una eucaristía: enseñar, gobernar, confesar, visitar a los enfermos, también el descanso, el ocio, todo. Un maestro espiritual, el jesuita francés Pierre Olivaint, decía: “Le matin, moi prêtre, Lui victime; le long du jour Lui prêtre, moi victime: la mañana (en aquel tiempo la Misa se celebraba sólo por la mañana) yo sacerdote, Él (Cristo) víctima; a lo largo de la jornada, Él sacerdote, yo víctima. “Cómo le hace bien a un cura – decía el Santo cura de Ars – ofrecerse a Dios en sacrificio todas las mañanas”[7].

Gracias a la Eucaristía, también la vida del sacerdote anciano, enfermo y reducido a la inmovilidad, es preciosísima para la Iglesia. Él ofrece “la sangre”. Hice una visita a un sacerdote enfermo de tumor. Se estaba preparando para celebrar una de sus últimas misas con la ayuda de un sacerdote joven. Tenía también una enfermedad en los ojos, por la que lagrimaba continuamente. Me dijo<>: “No había nunca comprendido la importancia de decir también en mi nombre en la Misa: 'Tomad y comed; tomad y bebed...' . Ahora lo he entendido. Es todo lo que me queda y lo digo continuamente pensando en mis parroquianos. He comprendido lo que significa ser 'pan partido' para los demás.

4. Al servicio del sacerdocio universal de los fieles

Una vez descubierta esta dimensión existencial de la Eucaristía, es tarea pastoral del sacerdote ayudar a vivirla también al resto del pueblo de Dios. El año sacerdotal no debería quedarse en una oportunidad y una gracia solo para los curas, sino también para los laicos. La Presbyterorum ordinis afirma claramente que el sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio universal de todos los bautizados, para que éstos “puedan ofrecerse a sí mismos como hostia viva, santa, aceptable por Dios (Rm 12,1). De hecho:

“Es a través del ministerio de los presbíteros como el sacrificio espiritual de los fieles es hecho perfecto en unión al sacrificio de Cristo, único mediador; este sacrificio, de hecho, por mano de los presbíteros y en nombre de toda la Iglesia, es ofrecido en la eucaristía de modo incruento y sacramental, hasta el día de la venida del Señor”[8].

La constitución Lumen gentium del Vaticano II, hablando del “sacerdocio común” de todos los fieles, escribe:

“Los fieles, en virtud de la realeza de su sacerdocio, participan en la oblación de la Eucaristía... Participando en el sacrificio eucarístico, fuente y culmen de toda la vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y a sí mismos con Ella; así todos, sea con la oblación que con la santa comunión, realizan su propia parte en la acción litúrgica, pero no igualmente, sino unos de una forma y otros de otra” [9] .

La Eucaristía es por tanto un acto de todo el pueblo de Dios, no sólo en sentido pasivo, que redunda en beneficio de todos, sino también activamente, en el sentido de que es realizado con la participación de todos. El fundamento bíblico más claro de esta doctrina es 12, 1: “Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dio, a ofrecer vuestros cuerpos como sacrificio viviente santo y agradable a Dios, este es vuestro culto espiritual” .

Comentando estas palabras de Pablo, san Pedro Crisólogo, decía:

“El Apóstol ve así elevados a todos los hombres a la dignidad sacerdotal para ofrecer sus propios cuerpos como sacrificio viviente. ¡Oh inmensa dignidad del sacerdocio cristiano! El hombre se convierte en víctima y sacerdote por sí mismo. Ya no busca más fuera de sí lo que debe inmolar a Dios, sino que lleva consigo y en sí lo que sacrifica a Dios por sí... Hermanos, este sacrificio está modelado sobre el de Cristo... Sé por tanto, oh hombre, sé sacrifico y sacerdote de Dios” [10].

Probemos a ver cómo la forma de vivir la consagración que he ilustrado podría ayudarnos también a los laicos a unirse en la ofrenda del sacerdote. También el laico está llamado, hemos visto, a ofrecerse a Cristo, en la Misa. ¿Puede hacerlo usando las mismas palabras de Cristo: “Tomad, comed, este es mi cuerpo”? Pienso que nada se opone a ello. ¿No hacemos lo mismo cuando, para expresar nuestro abandono a la voluntad de Dios, usamos las palabras de Jesús sobre la cruz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, o cuando, en nuestras pruebas, repetimos: “Pase de mí este cáliz”, u otras palabras del Salvador? Usar las palabras de Jesús ayuda a unirse a sus sentimientos.

La mística mexicana, recordada antes, sentía dirigidas también a ella, no solo al hijo sacerdote, las palabras de Cristo: “Quiero que transformada en Mí por el dolor, por el amor y por las virtudes, se levante al cielo este grito de tu alma en mi unión: Este es mi cuerpo, esta es mi Sangre” [11].

El fiel laico debe sólo ser consciente de que estas palabras dichas por él, en la Misa o durante el día, no tienen el poder de hacer presente el cuerpo y la sangre de Cristo sobre el altar. Él no actúa, en este momento, in persona Christi; no representa a Cristo, como hace el sacerdote ordenado, sino que sólo se une a Cristo. Por eso, no dirá las palabras de la consagración en voz alta, como el sacerdote, sino en su propio corazón, pensándolas, más que pronunciándolas.

Probemos a imaginar qué sucedería si también los laicos, en el momento de la consagración, dijeran silenciosamente: “Tomad, comed: esto es mi cuerpo. Tomad, comed, esta es mi sangre”. Una madre de familia celebra así su Misa, luego va a casa y comienza su jornada hecha de mil pequeñas cosas. Su vida se deshace literalmente, aparentemente no deja huella alguna en la historia. Pero no es cosa de nada lo que hace: ¡es una eucaristíca junto con Jesús! Una monja dice también ella, en su corazón, en el momento de la consagración: “Tomad, comed...”; después va a su trabajo diario: niños, enfermos, ancianos. La Eucaristía “invade” su jornada, que se convierte como en una prolongación de la Eucaristía.

Pero quisiera detenerme en particular en dos categorías de personas: los trabajadores y los jóvenes. El pan eucarístico, “fruto de la tierra y del trabajo del hombre”, tiene algo importante que decir sobre el trabajo humano, y no sólo sobre el agrícola. En el proceso que lleva del grano sembrado en tierra al pan sobre la mesa, interviene la industria con sus máquinas, el comercio, los transportes y una infinidad de otras actividades, en la práctica todo el trabajo humano. Enseñemos al trabajador cristiano a ofrecer, en la misa, su cuerpo y su sangre, es decir, el tiempo, el sudor, el cansancio. El trabajo no será ya alienante como en la visión marxista, en el que acaba con el producto que se vende, sino santificante.

¿Y qué tiene que decir la Eucaristía a los jóvenes? Basta que pensemos en una cosa: ¿qué quiere el mundo de los jóvenes y de las jóvenes hoy?? ¡El cuerpo, nada más que el cuerpo! El cuerpo, en la mentalidad del mundo, es esencialmente un instrumento de placer y de explotación. Algo que vender, que exprimir mientras se es joven y atrayente, y después que tirar, junto con la persona, cuando ya no sirve a estos objetivos. Especialmente el cuerpo de la mujer se ha convertido en una mercancía de consumo.

Enseñemos a los chicos y chicas cristianas a decir en el momento de la consagración: “Tomad, comed, esto es mi cuerpo ofrecido por vosotros”. El cuerpo es así consagrado, se conviuerte en algo sagrado, ya no se puede “darlo en pasto” a la concupiscencia propia o ajena, no se puede vender, porque se ha entregado. Y nos convertimos en Eucaristía con Cristo. El apóstol Pablo escribía a los primeros cristianos: “El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor... Por tanto glorificad a Dios con vuestro cuerpo” (1 Co 6, 13.20). Y explicaba a continuación las dos maneras como se puede glorificar a Dios con el propio cuerpo: o con el matrimonio o con la virginidad, según el carisma y la vocación de cada uno (cf. 1 Co 7, 1 ss.).

5. Con la obra del Espíritu Santo

¿Dónde encontrar la fuerza, sacerdotes y laicos, para hacer esta ofrenda total de sí a Dios, para tomarse y elevarse, por así decirlo, de la tierra con las propias manos? ¡La respuesta es el Espíritu Santo! Cristo, hemos escuchado al inicio de la Carta a los Hebreos, se ofreció a sí mismo al Padre en sacrificio, “en el Espíritu eterno” (Hb 9, 14), es decir, gracias al Espíritu Santo. Fue el Espíritu Santo que como suscitaba en el corazón humano de Cristo el impulso a la oración (cf. Lc 10,21), así suscitó el impulso e incluso el deseo de ofrecerse al Padre en sacrificio por la humanidad.

El papa León XIII, en su encíclica sobre el Espíritu Santo, dice que “Cristo realizó toda su obra, y especialmente su sacrificio, con la intervención del Espíritu Santo (praesente Spiritu)”[12] y en la Misa, antes de la comunión, el sacerdote ora diciendo: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que por voluntad del Padre y por obra del Espíritu Santo (cooperante Spiritu Sancto), muriendo diste la vida al mundo...”. Esto explica por qué en la Misa hay dos “epíclesis”, es decir, dos invocaciones del Espíritu Santo: una, antes de la consagración, sobre el pan y el vino, y otra, después de la consagración, sobre todo el cuerpo místico.

Con las palabras de una de estas epíclesis (Plegaria eucarística III), pidamos al Padre el don de su Espíritu para ser en cada Misa, como Jesús, sacerdotes y a la vez sacrificio: “Que Él (el Espíritu Santo) nos transforme en ofrenda permanente, para que gocemos de tu heredad junto con tus elegidos: con María, la Virgen Madre de Dios, los apóstoles y los mártires, y todos los santos, por cuya intercesión confiamos obtener siempre tu ayuda”.

[1] PO, 2.

[2] Didachè, 9-10.

[3] Agustín, Confesiones, 10,43.

[4] Eucharisticum mysterium, 3; cf. Agustín, De civitate Dei, X, 6 (CCL 47, 279).

[5] Gregorio Nacianceno, Oratio 2, 95 (PG 35, 497).

[6] M.-M. Philipon, Una vida, un mensaje. Concepción Cabrera de Armida, Descree de Browser, 1974, p. 105.

[7] Citado por Benedicto XVI en la Carta de convocación del Año sacerdotal.

[8] PO, 2.

[9] Lumen gentium, 10-11.

[10] Pedro Crisólogo, Sermo 108 (PL 52, 499 s.).

[11] Philipon, op.cit., p. 180

[12] León XIII, Enc. Divinum illud munus, 6.