Predicador del Papa: El amor de Cristo por la Iglesia nos interroga

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CIUDAD DEL VATICANO, 4 abril 2003 (ZENIT.org).- El amor de Cristo por la Iglesia –hasta dar la vida por ella— estuvo en el centro de la predicación que este viernes de Cuaresma dirigió el padre Raniero Cantalamessa al Papa y a sus colaboradores.



El predicador de la Casa Pontificia citó en particular a Santa Catalina de Siena quien, imitando a Cristo, dio su vida por la renovación de la Iglesia.

«Si Cristo amó a la Iglesia a pesar de las iniquidades que ella habría de cometer, haciendo como si no lo viera, ¿quiénes somos nosotros para encontrar en las debilidades y miserias de la Iglesia una razón para no amarla e incluso juzgarla? ¿Precisamente nosotros, que estamos tan llenos de pecado?», cuestionó el padre Cantalamessa.

«¿Pensamos que Jesús no conocía mejor que nosotros los pecados de la Iglesia? ¿No sabía Él por quién moría? ¿No sabía que, entre sus discípulos, uno le había traicionado, otro le negaba y todos huían?», continuó.

«Pero Él amó esta Iglesia real, no aquella imaginaria e ideal. Murió “para hacerla santa e inmaculada”, no porque ya fuera santa e inmaculada», reconoció el padre Cantalamessa ante el Papa y los miembros de la Curia romana reunidos en la Capilla Redemptoris Mater del palacio apostólico vaticano.

Y recordó: «A Lutero, quien le reprochaba su permanencia en la Iglesia católica, a pesar de su “corrupción”, Erasmo de Rotterdam respondió un día: “Soporto esta Iglesia en espera de que se haga mejor, desde el momento en que también ella se ve obligada a soportarme a mí en espera de que yo sea mejor”».

«Todos debemos pedir perdón a Cristo por tantos juicios desconsiderados y por tantas ofensas ocasionadas a su Esposa y, en consecuencia, a Él mismo –exhortó el padre Raniero Cantalamessa--. La afirmación de la Carta a los Efesios contiene implícita una pregunta: “Cristo amó a la Iglesia, ¿y tú?”».

Finalmente, el predicador del Papa invitó a los presentes a unirse a la oración de Santa Catalina: «Oh, dulcísimo amor, tú viste en ti la necesidad de la Santa Iglesia, y el remedio que necesita, y se lo diste, esto es, la oración de tus siervos, de los cuales tú quieres que se haga un muro en el que se apoye el muro de la Santa Iglesia y a quienes la clemencia de tu Santo Espíritu infunde ardientes deseos para su renovación».