Predicador del Papa: La conversión, un “cambio de mente” y un “salto adelante” (II)

Primera predicación de Adviento del padre Raniero Cantalamessa OFM Cap

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CIUDAD DEL VATICANO, martes 9 de diciembre de 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la segunda parte de la primera predicación de Adviento a la Curia Romana que, en presencia de Benedicto XVI, ha pronunciado el padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia.

En el corazón del Año Paulino, el padre Cantalamessa ha propuesto una reflexión sobre el papel que ocupa Cristo en el pensamiento y en la vida del apóstol de las gentes, para renovar el esfuerzo por poner a Cristo en el centro de la teología de la Iglesia y de la vida espiritual de los creyentes.

La tercera y última parte de esta meditación será publicada este miércoles. La primera puede leerse en el servicio de ZENIT del 5 de diciembre de 2008.



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Un cambio de mente

Intentemos analizar el contenido del acontecimiento. Fue sobre todo un cambio de mente, de pensamiento, literalmente una metanoia. Pablo había creído hasta entonces poderse salvar y ser justo ante Dios mediante la observancia escrupulosa de la ley y de las tradiciones de sus padres. Ahora entiende que la salvación se obtiene de otro modo. Quiero ser hallado, dice, "no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe" (Fl 3, 8-9). Jesús le hizo experimentar en sí mismo lo que un día proclamaría a toda la Iglesia: la justificación por gracia mediante la fe (cf. Gal 2,15-16; Rom 3, 21 ss.).

Leyendo el capítulo tercero de la Carta a los Filipenses, me viene a la mente una imagen: un hombre camina de noche en un bosque cerrado a la pequeña luz de una vela, poniendo atención a que no se apague; caminando, llega el alba, surge el sol, la pequeña luz de la vela palidece, hasta que no le sirve más y la tira. La lucecita vacilante era su propia justicia. Un día, en la vida de Pablo, salió el sol de la justicia, Cristo el Señor, y desde aquel momento no ha querido otra luz que la suya.

No se trata de un punto más, sino del corazón del mensaje cristiano; él lo definirá como "su evangelio", hasta el punto de declarar anatema a quien se atreviera a predicar un evangelio distinto, aunque fuese un ángel o él mismo (cf. Gal 1, 8-9). ¿Por qué tanta insistencia? Porque en ello consiste la novedad cristiana, lo que la distingue te cualquier otra religión o filosofía religiosa. Toda propuesta religiosa comienza diciendo a los hombres lo que tienen que hacer para salvarse o para obtener la "Iluminación". El cristianismo no empieza diciendo a los hombres lo que tienen que hacer, sino lo que Dios ha hecho por ellos en Cristo Jesús. El cristianismo es la religión de la la gracia.

Hay lugar -y cuánto- para los deberes y para la observancia de los mandamientos, pero después, como respuesta a la gracia, no como su causa o u precio. Uno no se salva por sus buenas obras, aunque no se salvará sin sus buenas obras. Es una revolución de la cual, a distancia de dos mil años, aún nos cuesta tomar conciencia. Las polémicas teológicas sobre la justificación mediante la fe de la Reforma en adelante lo han obstaculizado a menudo más que favorecido, al mantener el problema a nivel teórico, de tesis de escuelas contrapuestas, en lugar de ayudar a los creyentes a hacer experiencia de ello en sus vidas.

"Convertíos y creed en el evangelio"

Pero debemos plantearnos una pregunta crucial: ¿quién es el inventor de este mensaje? Si hubiera sido el apóstol Pablo, entonces tendrían razón quienes decían que él, y no Jesús, es el fundador del cristianismo. Pero el inventor no es él; él no hace otra cosa que expresar en términos elaborados y universales un mensaje que Jesús expresaba con su típico lenguaje, hecho de imágenes y de parábolas.

Jesús comenzó su predicación diciendo: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca: convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1, 15). Con estas palabras enseñaba ya la justificación por la fe. Antes de él, convertirse significaba siempre "volver atrás" (como indica el mismo término hebreo shub); significaba volver a la alianza violada, mediante una observancia renovada de la ley. "Convertíos a mí [...], volved de vuestro camino perverso", decía Dios en los profetas (Zc 1, 3-4; Jr 8, 4-5).

Convertirse, por tanto, tiene un significado principalmente ascético, moral y penitencial, y se realiza cambiando de conducta de vida. La conversión se ve como condición para la salvación; el sentido es: convertíos y seréis salvados; convertíos y la salvación vendrá a vosotros. Este es el significado predominante que la palabra conversión tiene en los mismos labios de Juan el Bautista (cf. Lc 3, 4-6). Pero en la boca de Jesús, este significado moral pasa a segundo plano (al menos al principio de su predicación), respecto a un significado nuevo, hasta entonces desconocido. También en ello se manifiesta el salto de época que se verifica entre la predicación de Juan el Bautista y al de Jesús

Convertirse ya no significa volver atrás, a la antigua alianza y a la observancia de la ley, sino dar un salto adelante, entrar en la nueva alianza, aferrar este Reino que ha aparecido, entrar en él a través de la fe. "Convertíos y creed" no significa dos cosas distintas y sucesivas, sino la misma acción: convertíos, es decir, creed; ¡convertíos creyendo! "Prima conversio fit per fidem", dirá santo Tomás de Aquino, la primera conversión consiste en creer.

Dios ha tomado en él la iniciativa de la salvación: ha hecho venir su Reino; el hombre debe sólo acoger, en la fe, la oferta de Dios y vivir, a continuación, sus exigencias. Es como un rey que abre la puerta de su palacio, donde hay preparado un gran banquete y, estando en el umb ral, uinvita a todos a entrar diciendo: "¡Venid, todo está preparado!". Es el aspecto que resuena en todas las llamadas parábolas del Reino: la hora tan esperada ha llegado, tomad la decisión que salva, ¡no dejéis escapar la ocasión!

El Apóstol dice lo mismo con la doctrina de la justificación por la fe. La única diferencia se debe a lo que ha sucedido, en ese tiempo, entre la predicación de Jesús y la de Pablo: Cristo fue rechazado y muerto por los pecados de los hombres. La fe "en el Evangelio" ("creed en el Evangelio"), ahora se configura como fe "en Jesucristo", "en su sangre" (Rm 3, 25).

Lo que el Apóstol expresa mediante el adverbio "gratuitamente"(dorean) o "por gracia", Jesús lo decía con imágenes del recibir el reino como un niño, es decir como un don, sin hacer méritos, apoyándose solo en el amor de Dios, como los niños se apoyan en el amor de sus padres.

Se discute desde hace tiempo entre los exegetas si se debe seguir hablando de la conversión de san Pablo; algunos prefieren hablar de "llamada" más que de conversión. Hay quien quisiera que se aboliera incluso la fiesta de la conversión de san Pablo, desde el momento en que conversión indica un alejamiento y un renegar de algo, mientras que un hebreo que se convierte, a diferencia del pagano, no debe renegar de nada, no debe de pasar de los ídolos al culto del Dios verdadero.

A mí me parece que estamos ante un falso problema. En primer lugar no hay oposición entre conversión y llamada: la llamada supone la conversión, no la sustituye, como la gracia no sustituye a la libertad. Pero sobre todo hemos visto que la conversión evangélica o significa renegar de algo, un volver atrás, sino un acoger algo nuevo, dar un salto adelante. ¿A quién hablaba Jesús cuando decía "Convertíos y creed en el Evangelio?" ¿Acaso no hablaba a los hebreos? A esta misma conversión se refiere el Apóstol con las palabras: "Cuando se dé la conversión al Señor, ese velo será quitado" (2Cor 3,16).

La conversión de Pablo se nos presenta, en esta luz, como el modelo mismo de la verdadera conversión cristiana, que consiste ante todo en aceptar a Cristo, en "volverse" a él mediante la fe. Ésta supone un encontrar antes que un dejar. Jesús no dice: un hombre vendió todo lo que tenía y se puso a buscar un tesoro escondido; dice: un hombre encontró un tesoro y por eso lo vendió todo.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez]