Presentado el libro 'Psicología y madurez en la vida consagrada'

Un instrumento para ayudar a madurar en la propia vocación con prólogo del cardenal Maradiaga

| 2092 hits

Por H. Sergio Mora

ROMA, jueves 7 junio 2012 (ZENIT.org).- “Psicologia e maturità nella vita consacrata” (Psicología y madurez en la vida consagrada), este es el nombre del nuevo libro publicado en italiano por el sacerdote salesiano Eugenio Fizzotti, que fue presentado el lunes 4 de junio en la Radio Vaticano, Roma.

Entre los conferenciantes, además del cardenal Oscar Roríguez Maradiaga –que escribió la introducción del libro– estaba monseñor Guillermo Ortiz Mondragón, obispo mexicano de Cuautitlán.

“Una temática que nació –indicó el autor– “en 1968 cuando viví una profunda crisis vocacional, tenía que renovar los votos y había decidido colgar los hábitos y volverme a mi casa”, pero gracias al apoyo de un psicólogo del Ateneo Salesiano “inicié el doctorado en psicología y me fue indicado como tema Frankl, de quien nunca había oído hablar.

Viktor E. Frankl (1905-1997) es el fundador de la Tercera Escuela vienesa de psicoterapia, conocida en todo el mundo como Logoterapia y análisis existencial. Judío de nacimiento y sobrevivido al exterminio de Auschwitz, con 27 honoris causa, enseñó en diversas universidades entre las cuales Viena, Harvard, Dallas, Stanford y Pittsburg.

“Y les digo –continuó el autor– que se lo dije a Frankl en los dos años que trabajé en el doctorado en Viena: que si resolví mi crisis vocacional y si me volví sacerdote se lo debo fundamentalmente a él”.

El cardenal Maradiaga, justamente sobre Frankl consideró que “fue un hombre providencial para la psicología clínica” visto que “hemos descubierto una línea inédita” porque su enseñanza no venía solamente de los clásicos sino de la vida y del dolor. Además Frankl nos recuerda que la vida no es solamente algo, sino la ocasión para algo”.

Porque, continuó el purpurado, “no es suficiente alargar la vida, sino que es necesario ponerle vida a los años”. Y esto “es uno de los puntos que Eugenio Fizzotti desarrolla en el libro, el cual estoy seguro que ayudará mucho”.

En este tiempo de crisis, si esta no es resuelta, seguramente se vuelve un problema. Si en cambio es enfrentada con criterios válidos puede transformarse en una ocasión de madurez”.

Su eminencia recordó algunos puntos originales del libro, como el binomio reactividad-proactividad. Y los criterios de madurez que nos presenta, como el sentido del yo y la interrelación con los otros, la seguridad emocional, la percepción objetiva de la realidad, el sentido del humor, la concepción unificadora de la vida. Y cómo “la madurez es un proceso, un camino y una vía que debemos recorrer siempre con alegría”.

“Una actitud proactiva –prosiguió– es capaz de amar en manera profunda y desinteresada, a la búsqueda de un bien intuido, con creatividad y responsabilidad para alcanzar los objetivos, capacidad de conocerse y aceptarse, de percibir la realidad de manera relativamente objetiva, porque a veces en la vocación o en la experiencia de la vida consagrada pensábamos que aquí en la cabeza estaba todo, pero es en el corazón donde está la puerta”,

“Son sentimientos que a veces tenemos miedo de compartir, que no queremos poner sobre la mesa abiertamente. Esto es indispensable para una actitud proactiva. Un tono emotivo marcado por la alegría que da un sistema de valores”.

Y después el cardenal explicó la actitud reactiva: “Es lo contrario, una tendencia a replegarse sobre si mismo, incapacidad de amar a los otros de manera desinteresada, carencia de creatividad y responsabilidad, búsqueda de la gratificación inmediata. Cuánta inmadurez cuando buscamos solamente ésto.

Pero también ausencia de confianza en si mismo y en los otros, sensación difusa de sentirse agredidos, tristes y la tendencia a la autoconmiseración”.

En la motivación entra la afectividad “como una vivencia que nos da plenitud en la vida consagrada, no como reacción pero como creatividad”. Por ello “la proactividad en la realización de los empeños vocacionales, en la perserverancia, afectividad vivida como proactiva, nos lleva al equilibrio afectivo, a vivir los votos en la vida comunitaria y en el trabajo apostólico. Así llegamos a una actitud religiosa proactiva en la vida consagrada”.

“Estoy convencido – concluyó el purpurado – que una actitud proactiva en la vida consagrada nos ayudará especialmente con la capacidad de integrar emoción y razón” para crecer y para obtener “coherencia entre acciones y convicciones, entre convicciones verbales y fidelidad a los empeños, además del tema precioso que el papa expone frecuentemente: la gratuidad. Y también tenemos necesidad de descubrir este tesoro que es la gratuidad”.