Que el evangelio entre en el mundo como levadura en la masa y la haga crecer poco a poco

Enseñanzas del papa Benedicto XVI durante la catequesis por el Año de la Fe

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CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 28 noviembre 2012 (ZENIT.org).- Si bien hay mucho entusiasmo hoy en el mundo católico por la nueva evangelización, el aniversario del Catecismo o el Año de la Fe, el santo padre Benedicto XVI volvió a lo esencial en su catequesis semanal desarrollada hoy en el Aula Pablo VI con una pregunta: “¿Cómo hablar de Dios en nuestro tiempo?”

Es claro que los esfuerzos y planes pastorales no bastan si no se sabe comunicar el evangelio a los hombres y mujeres de hoy, que según el papa, viven muchas veces “con los corazones cerrados y las mentes distraídas por los tantos fulgores de la sociedad”. Y hasta Jesús mismo, hizo ver, buscaba la mejor forma de explicar el mensaje salvífico, tal como se lee en Marcos 4,30: "¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos?".

Hablar de Dios hoy

Durante su catequesis (cfr. www.zenit.org/article-43732?l=spanish), Benedicto XVI explicó que se puede hablar de Dios, gracias a que Dios habló primero al hombre. Por lo tanto, solo podrá hablar de Dios quien “escucha lo que dijo Dios mismo”. ¿Y dónde conocemos lo que Dios dijo?, fue una pregunta que flotó de inmediato en el Aula Pablo VI que abarrotada de fieles y peregrinos, buscaban el coraje que se necesita hoy para evangelizar a las personas.

“En Jesús de Nazaret encontramos el rostro de Dios”, enseñó el Catequista universal, quien “ha bajado de su Cielo para sumergirse en el mundo de los hombres, en nuestro mundo, y enseñar el "arte de vivir", el camino a la felicidad; para liberarnos del pecado y hacernos hijos de Dios (cf. Ef. 1,5; Rom. 8,14)”. Por lo tanto, es a Jesús, “que vino para salvarnos y enseñarnos la vida buena del Evangelio”, a quien primero deberíamos escuchar.

Por lo tanto, hablar de Dios requiere una familiaridad con Jesús y con su Evangelio, “supone nuestro conocimiento personal y real de Dios y de una fuerte pasión por su proyecto de salvación, sin ceder a la tentación del éxito, sino de acuerdo con el método de Dios mismo”, se extendió el papa.

Según el método de Dios

En la medida que avanzaba en su reflexión, hizo ver que el método de Dios es “la humildad”. Refirió cómo “Dios, que se ha hecho uno de nosotros, (actúa según) el método de la Encarnación, en la simple casa de Nazaret y en la gruta de Belén, como aquello de la parábola del grano de mostaza”.

Ante quienes buscan resultados inmediatos o conversiones masivas, el papa alentó a “no temer a la humildad de los pequeños pasos y confiar en la levadura que penetra en la masa y poco a poco la hace crecer”, en clara referencia al pasaje de Mateo 13,33.

Hizo ver también que otro modo de actuar de Dios se ve en la misión del apóstol Pablo, quien a pesar de su erudición no presentaba una filosofía desarrollada por él mismo en los lugares donde llevó el evangelio, sino que “hablaba de la realidad de su vida, hablaba del Dios que entró en su vida (..) de un Dios real que vive, que ha hablado con él y hablará con nosotros, hablaba de Cristo crucificado y resucitado”.

Por lo tanto, para san Pablo, comunicar la fe “no quiere decir presentarse a sí mismo, sino decir abierta y públicamente lo que ha visto y oído en el encuentro con Cristo, lo que ha experimentado en su vida (..) es llevar a aquel Jesús que siente dentro de sí y que se ha convertido en el verdadero sentido de su vida”. Ya luego se sabría cómo el Apóstol de los Gentiles, arrobado por Cristo en Damasco, “implicaría la totalidad de su vida en la gran obra de la fe”, como bien lo recordó el papa.

Pablo no solo fundó comunidades, sino que las acompañó, les enseñó las verdades evangélicas y sufrió por ellas hasta el martirio. Por eso lo que piden las cartas paulinas, también es válido para las comunidades cristianas de hoy; en palabras del santo padre, estas “están llamadas a mostrar la acción transformadora de la gracia de Dios, superando individualismos, cerrazón, egoísmos, indiferencia (y) viviendo en las relaciones cotidianas el amor de Dios”. E hizo otra pregunta: “Preguntémonos si son realmente así nuestras comunidades...”

Jesús, el perfecto comunicador del padre

A este punto, la catequesis se centró en el estilo de comunicación de Jesús mismo... ¿Cómo comunicaba Jesús? El Hijo de Dios, según el papa, “en su unicidad habla de su padre –Abbà--, y del Reino de Dios, con la mirada llena de compasión por los sufrimientos y las dificultades de la existencia humana (y) deja claro que el mundo y nuestra vida valen ante Dios.”

Jesús, como el Mesías encarnado, “se interesa de toda situación humana que encuentra, se sumerge en la realidad de los hombres y de las mujeres de su tiempo, con una confianza plena en la ayuda del Padre”, subrayó.

Es así que todo hablaba de Dios en Él, y, como hizo ver el santo padre, “los discípulos, las multitudes que lo encuentran, ven su reacción ante diferentes problemas, ven cómo habla, cómo se comporta; ven en Él la acción del Espíritu Santo, la acción de Dios”.

Este estilo se convierte en una indicación fundamental para los cristianos, porque “nuestro modo en que vivimos la fe y la caridad, se convierten en un hablar de Dios en el presente, porque muestra con una vida vivida en Cristo, la credibilidad, el realismo de lo que decimos con las palabras, que no son solo palabras, sino que muestran la realidad, la verdadera realidad”, según el pensamiento de Benedicto XVI.

Por eso en los tiempos actuales, dijo, hay que actuar leyendo “los signos de los tiempos en nuestra época”, es decir, “identificando el potencial, los deseos, los obstáculos que se encuentran en la cultura contemporánea, en particular el deseo de autenticidad, el anhelo de trascendencia, la sensibilidad por la integridad de la creación, y comunicar sin miedo las respuestas que ofrece la fe en Dios”.

La familia: primera escuela de fe

Como las cosas no salen de la nada, hizo muy bien el papa en señalar a la familia como el “lugar privilegiado para hablar de Dios”. Es obvio que aquello que no brota, no crece. Por lo tanto, al señalar a la familia como “la primera escuela para comunicar la fe a las nuevas generaciones”, Benedicto XVI dejó a los padres de familia la tarea de “abrir las conciencias de los pequeños al amor de Dios, (como) los primeros catequistas y maestros de la fe para sus hijos”.

Como buen catequista también él, dio tres aspectos a tener en cuenta para que los hogares sean, en palabras del beato Juan Pablo II, “escuela de humanidad”. La primera de ellas es ‘la supervisión’, que significa “aprovechar las oportunidades favorables para introducir en familia el discurso de la fe”, así como para acoger con sensibilidad “las posibles preguntas religiosas presentes en la mente de los niños, a veces obvias, a veces ocultas”.

Otro presupuesto sería ‘la alegría’, porque para el papa, “la comunicación de la fe siempre debe tener un tono de alegría pascual --que no calla u oculta la realidad del dolor, del sufrimiento, de la fatiga, de los problemas-- (..) y que no es una carga, sino una fuente de alegría profunda”.

Y recomendó finalmente ‘la capacidad de escuchar y dialogar’, porque la familia debe ser “un ámbito donde se aprende a estar juntos, para conciliar los conflictos en el diálogo mutuo; (para) entenderse y amarse, para ser un signo, el uno para el otro, de la misericordia de Dios”.

Por lo tanto, concluyó, “hablar de Dios es comunicar, con fuerza y sencillez, con la palabra y con la vida, lo que es esencial: el Dios de Jesucristo, aquel Dios que nos ha mostrado un amor tan grande hasta encarnarse, morir y resucitar para nosotros (..) aquel Dios que nos ha dado la Iglesia, para caminar juntos”.

Saludos en español

No quiso despedirse, sin dirigir unas palabras de cercanía a todos los creyentes que siguen sus enseñanzas en castellano: “Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España, México, Bolivia y otros países latinoamericanos. Invito a todos a dar testimonio de Dios, que nos ha mostrado en la muerte y resurrección de su Hijo el más grande amor, y nos pide seguirlo y dejarnos transformar por Él, de modo que en su Iglesia, a través de la Palabra y los sacramentos, podamos renovar el mundo entero. (javv)