¿Qué es la santidad? Dejar que Dios lleve nuestra carga, según el Papa

Dedicó la catequesis de hoy a san Juan de la Cruz

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CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 16 de febrero de 2011 (ZENIT.org).- El camino hacia la unión mística con Dios no consiste tanto en “hacer”, sino en “dejarse hacer” por parte del hombre. Esta es la gran lección de san Juan de la Cruz, cuya obra constituye una de las cumbres de la mística cristiana de todos los tiempos.

Lo explicó el Papa Benedicto XVI en su catequesis de hoy, en la Audiencia General celebrada en el Aula Pablo VI, dentro de su ciclo dedicado a los santos doctores de la Iglesia.

Después de hablar sobre santa Teresa de Jesús (2 de febrero) y sobre san Pedro Canisio (9 de febrero), el Papa dedicó su intervención de hoy a san Juan de la Cruz, conocido como el “Doctor Místico”, y autor de obras místicas universales como Noche oscura, Cántico Espiritual, Llama de amor viva y Subida al monte Carmelo.

Sin embargo, afirmó el Papa, “la vida de san Juan de la Cruz no fue un vuelo por las nubes místicas”, sino que “fue una vida muy dura, muy práctica y concreta”, destacando su experiencia de encarcelamiento, “donde estuvo expuesto a insultos increíbles y malos tratos físicos”.

“Fue una vida dura, pero precisamente en los meses pasados en la cárcel escribió una de sus obras más bellas”, explicó.

El camino con Cristo, prosiguió el Papa, “no es un peso añadido a la ya suficientemente dura carga de nuestra vida, no es algo que haría aún más pesada esta carga, sino algo completamente distinto, es una luz, una fuerza que nos ayuda a llevar esta carga”.

“Si un hombre tiene en sí un gran amor, este amor casi le da alas, y soporta más fácilmente todas las molestias de la vida, porque lleva en sí esta gran luz; esta es la fe: ser amado por Dios y dejarse amar por Dios en Cristo Jesús”.

“Este dejarse amar es la luz que nos ayuda a llevar la carga de cada día. Y la santidad no es obra nuestra, muy difícil, sino que es precisamente esta “apertura”: abrir las ventanas de nuestra alma para que la luz de Dios pueda entrar”, subrayó el Papa.

La Cruz de san Juan

Este santo español, contemporáneo y amigo personal de santa Teresa de Jesús, colaboró con ella en la reforma de la Orden del Carmelo, sufriendo por ello grandes penalidades y privaciones.

El Papa recorrió brevemente su biografía, desde su infancia pobre y difícil hasta su ingreso en el Carmelo, su ordenación sacerdotal y su encuentro con Teresa de Ávila, que cambiaría el curso de su vida.

“El joven sacerdote quedó fascinado por las ideas de Teresa, hasta el punto de convertirse en un gran apoyo del proyecto” de reforma del Carmelo, afirmó.

Sin embargo, “la adhesión a la reforma carmelita no fue fácil y le costó a Juan incluso graves sufrimientos. El episodio más dramático fue, en 1577, su apresamiento y su encarcelamiento en el convento de los Carmelitas de la Antigua Observancia de Toledo, a raíz de una acusación injusta”.

Después de seis meses de encarcelamiento en duras condiciones, y de fugarse repentinamente de su prisión, san Juan fue destinado a los conventos de Andalucía. Allí, en Úbeda (Jaén), falleció diez años más tarde.

De sus cuatro grandes obras místicas, el Papa destacó las enseñanzas del santo sobre el camino de purificación que el alma debe recorrer hasta su unión mística con Dios.

Esta purificación “es propuesta como un camino que el hombre emprende, colaborando con la acción divina, para liberar el alma de todo apego o afecto contrario a la voluntad de Dios”.

“Según Juan de la Cruz, todo lo que existe, creado por Dios, es bueno. A través de las criaturas, podemos llegar al descubrimiento de Aquel que nos ha dejado en ellas su huella”, explicó.

Sin embargo, cualquier cosa creada “no es nada comparada con Dios y nada vale fuera de Él: en consecuencia, para llegar al amor perfecto de Dios, cualquier otro amor debe conformarse en Cristo al amor divino”.

Por ello, esta “purificación”, subrayó Benedicto XVI, “no consiste en la simple falta física de las cosas o de su uso; lo que hace al alma pura y libre, en cambio, es eliminar toda dependencia desordenada de las cosas. Todo debe colocarse en Dios como centro y fin de la vida”.

En este sentido, añadió el Papa, este proceso de purificación “exige el esfuerzo personal, pero el verdadero protagonista es Dios: todo lo que el hombre puede hacer es 'disponerse', estar abierto a la acción divina y no ponerle obstáculos”.

El esfuerzo humano, prosiguió, “es incapaz por sí solo de llegar hasta las raíces profundas de las inclinaciones y de las malas costumbres de la persona: las puede frenar, pero no desarraigarlas totalmente”.

“Para hacerlo, es necesaria la acción especial de Dios que purifica radicalmente el espíritu y lo dispone a la unión de amor con Él”, afirmó el Pontífice. “En este estado, el alma es sometida a todo tipo de pruebas, como si se encontrase en una noche oscura”.

“Cuando se llega a esta meta, el alma se sumerge en la misma vida trinitaria, de forma que san Juan afirma que ésta llega a amar a Dios con el mismo amor con que Él la ama, porque la ama en el Espíritu Santo”.

[Por Inma Álvarez]