Quiénes generan los cambios

Empiezan por uno mismo

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SAN CRISTÓBAL DE LAS CASAS, Domingo 27 mayo 2012 (ZENIT.org).- Ofrecemos el artículo de nuestro colaborador habitual el obispo de San Cristóbal de las Casas, México, monseñor Felipe Arizmendi Esquivel que se centra esta vez en la conversión personal.

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+ Felipe Arizmendi Esquivel

HECHOS

Estamos en plena campaña electoral, para renovar la presidencia de la República, senadores y diputados, gobernadores y presidentes municipales. Todos los candidatos prometen cambiar muchas cosas que están mal: pobreza, inseguridad, violencia, falta de trabajo, baja calidad de la educación, impunidad, etc., como si de su buen deseo y de su publicidad todo dependiera. No toman en cuenta la fragilidad humana, los intereses egoístas, el pecado, las redes de corrupción, los mecanismos económicos y sociales de la globalización, que pueden echar por tierra los mejores programas, aún con un buen equipo de trabajo. En el grupo que escogió Jesús, hubo muchas deficiencias y traiciones. Esa es la realidad, no para hacernos escépticos ante cualquier propuesta y refugiarnos en el abstencionismo, sino para analizar opciones con serenidad y apoyar con prudencia a quien nos garantice más confianza.

Hay ingenuos que siguen esperando que los nuevos gobernantes resuelvan, como con varita mágica, todos los problemas personales y sociales. Con una dependencia infantil, sólo se fijan en quién regala más cosas en sus mítines, quién promete más, quién goza de mejor publicidad, y no asumen su propia responsabilidad en los cambios que se requieren para que el país mejore. Hay líderes de otras religiones que prometen a candidatos votos de sus congregaciones, a cambio de dádivas y de cargos en la administración. Es decir, muchos ven este momento como una oportunidad de colocarse y sacar ventajas personales.

CRITERIOS

El mundo cambia, si tú cambias. El país mejora, si tú asumes la parte que te toca. Tu Estado y tu municipio avanzan, si haces lo que te corresponde. Del corazón de cada quien es de donde provienen los cambios más profundos, verdaderos y eficaces. Sin conversión personal, todo se corrompe. Sin la luz y la fortaleza de Dios, nuestro corazón es muy frágil y quebradizo.

En su visita a nuestra patria, el Papa Benedicto XVI nos dijo en la Misa del Parque Bicentenario: «Crea en mí, Señor, un corazón puro» (Sal 50,12). Esta exclamación nos ayuda a mirar muy dentro del corazón humano, especialmente en los momentos de dolor y de esperanza a la vez, como los que atraviesa en la actualidad el pueblo mexicano. El anhelo de un corazón puro, sincero, humilde, aceptable a Dios, era muy sentido ya por Israel, a medida que tomaba conciencia de la persistencia del mal y del pecado en su seno, como un poder prácticamente implacable e imposible de superar. Quedaba sólo confiar en la misericordia de Dios omnipotente y la esperanza de que él cambiara desde dentro, desde el corazón, una situación insoportable, oscura y sin futuro. Un corazón puro, un corazón nuevo, es el que se reconoce impotente por sí mismo, y se pone en manos de Dios para seguir esperando en sus promesas.

La historia de Israel narra también grandes proezas y batallas, pero a la hora de afrontar su existencia más auténtica, su destino más decisivo, la salvación, más que en sus propias fuerzas, pone su esperanza en Dios, que puede recrear un corazón nuevo, no insensible y engreído. Esto nos puede recordar hoy a cada uno de nosotros y a nuestros pueblos que, cuando se trata de la vida personal y comunitaria, en su dimensión más profunda, no bastarán las estrategias humanas para salvarnos. Se ha de recurrir también al único que puede dar vida en plenitud, porque él mismo es la esencia de la vida y su autor, y nos ha hecho partícipes de ella por su Hijo Jesucristo”.

PROPUESTAS

Asume tu responsabilidad personal y pregúntate: ¿Qué debo cambiar yo, para que mi familia, mi barrio o colonia, mi escuela y centro de trabajo, mi pueblo o ciudad, mi Estado o país, cambien? Hay cosas que dependen de ti, y otras no. Haz lo que te toca y, aunque no logres cambiar todo el sistema político, económico, social, cultural y religioso, tu entorno mejorará.

Pide a Dios que su Palabra sea una luz que te guíe para tu conversión personal. Que su Espíritu te fortalezca, para que reinen en ti, y por medio de ti en los demás, la verdad y la vida, la santidad y la gracia, la justicia, el amor y la paz. ¡Los cambios dependen de Dios y de ti!