R. D. Congo: Asesinado defensor de los derechos humanos

Floribert Chebeya era director de la ONG “La Voz de los sin voz”

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KINSHASA, martes 8 junio 2010 (ZENIT.org).- Floribert Chebeya, defensor de los derechos humanos y director ejecutivo de “La Voz de los sin voz” (VSV), desapareció en Kinshasa, República Democrática del Congo, y posteriormente fue encontrado muerto en circunstancias poco claras que sugieren un asesinato, así como el de su chófer, perteneciente a la misma ONG.

“Floribert Chebeya era uno de los activistas por los derechos humanos más comprometidos, y recibía amenazas desde hace algún tiempo”, declaró a Fides el padre Loris Cattani, misionero javeriano animador de la “Red por la Paz en el Congo”.

Floribert Chebeya Bahizire, de 47 años --director ejecutivo de VSV y secretario ejecutivo de la Red Nacional de ONG de derechos humanos de la RDC (RENADHOC), con sede en Kinshasa--, desapareció la noche del 1 de junio, junto con su chófer en Kinshasa, después de dirigirse a la sede de la Inspección General de la Policía Nacional Congoleña donde debía, según los informes de VSV, reunirse con el inspector jefe, el general John Numbi.

Floribert Chebeya no pudo reunirse con el inspector y, poco antes de las 20:00 horas, informó a su familia via mensaje de texto que regresaba a la ciudad.

Destacado defensor de los derechos humanos y víctima de amenazas repetidas a través de los años, Floribert Chebeya participó en la I Plataforma de Dublín para defensores de derechos humanos, en enero de 2002.

El cuerpo de Chebeya fue encontrado en la noche entre el 2 y 3 de junio en el asiento trasero de su coche, abandonado en una carretera al oeste de Kinshasa: tenía las manos atadas detrás de la espalda y los pantalones bajados hasta las rodillas. También su conductor, Fidèle Bazana Edadi, integrante de la misma ONG, fue encontrado muerto el 3 de junio en otra zona de Kinshasa.

De acuerdo con las fuentes policiales, el cuerpo no tenía signos de violencia. Sin embargo, el vicedirector ejecutivo de VSV no fue autorizado a ver el cuerpo el día 2 de junio.

Las circunstancias de la muerte aún no están claras. “El hecho de que fuese convocado por el inspector jefe de la policía nacional deja entender que Chebeya tenía que discutir un tema delicado. Sabemos que Chebeya tenía que presentar un informe sobre el estado de las cárceles locales”, dijo el padre Cattani.

“Hace uno o dos años Chebeya fue detenido por las autoridades congoleñas por protestar contra el contrato establecido por la R. D. del Congo con una importante empresa multinacional francesa para la explotación de las minas de uranio de Katanga.

Chebeya criticaba el contrato porque la empresa, a su parecer, había sido responsable de graves violaciones de los derechos humanos y había causado enormes daños ambientales en otros países, especialmente en Níger”, recordó el misionero.

“Chebeya era original del sur de Kivu en el este de República Democrática del Congo. No sé si esto puede estar relacionado con su asesinato. Ciertamente, tenía buenos contactos para saber lo que ocurría en esa zona, donde varios grupos armados siguen cometiendo crímenes contra la población civil”, concluyó el padre Cattani.

En una nota hecha pública por la Conferencia Episcopal Congoleña (CENCO), esta “condena enérgicamente el malvado asesinato de una persona cuya vida ha sido generosamente dedicada a la defensa de los derechos humanos en nuestro país”.

La CENCO, continúa la nota, “exige, y espera con impaciencia que el gobierno inicie una investigación creíble para identificar a los autores materiales e intelectuales de este acto innoble, para que se haga justicia. Porque es impensable construir un Estado democrático ahogando la voz de quienes defienden los derechos humanos”.

Los obispos congoleños expresan sus condolencias a la familia de la víctima y su cercanía a “todos los activistas de los derechos humanos, alentándolos a continuar su noble misión”.

La ONU y la Unión Europea han pedido al gobierno congoleño “una investigación independiente e imparcial” sobre la muerte del presidente de “La Voz de los sin voz”.

Por Nieves San Martín