Representante vaticano para el Islam: Un Ramadán en medio de la guerra

Habla monseñor Akasheh Khaled, de la Comisión para los musulmanes

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ROMA, 18 noviembre 2001 (ZENIT.org-Avvenire).- Comienza un Ramadán de guerra. La ley coránica recomienda pasar los días de «sawan» (ayuno) evitando los litigios y los malos deseos. Monseñor Akasheh Khaled, nacido en Jordania hace 47 años, sacerdote del Patriarcado Latino de Jerusalén (1978) es desde hace siete años secretario de la Comisión vaticana para las relaciones con los musulmanes.



En esta entrevista explica cómo están viviendo los musulmanes este momento tan particular.

--¿Cree que será un Ramadán especial?

-- Monseñor Akasheh Khaled: Ciertamente un acontecimiento religioso se sitúa siempre en el contexto en el que se vive. Pero al mismo tiempo recuerda la trascendencia de Dios, quien está en la historia pero también más allá de los acontecimientos.

--¿Cuál es, en su opinión, el significado de este Ramadán que se enmarca en la guerra de Afganistán y de la crisis mundial provocada por los ataques terroristas del 11 de septiembre atribuidos a fundamentalistas islámicos?

-- Monseñor Akasheh Khaled: La mayoría tanto de los cristianos como de los musulmanes, no han visto en los acontecimientos de los últimos dos meses una guerra de religión ni un choque de civilizaciones. Esto es positivo, diría que es uno de los frutos buenos de la tragedia.

Ayunar en este momento refuerza por tanto la idea de que la religión es antes que nada un acto propio de la relación con Dios. Los musulmanes por lo demás conciben su dura penitencia justamente como acto de obediencia a Alá y en esta circunstancia es todavía más necesario subrayar que todos tenemos necesidad de obedecer a Dios, a su voluntad de bien hacia cada uno.

--Para los cristianos podría ser la ocasión de asociarse a la sincera actitud espiritual de los creyentes del Islam.

-- Monseñor Akasheh Khaled: En efecto, observar que, a pesar del momento difícil, los musulmanes quieren conformarse a Dios a través de un acto valeroso como el ayuno es ejemplar también para nuestra religiosidad.

El Ramadán pone en un puesto de honor valores espirituales, valiosos también para nosotros: la lectura de los textos sagrados, la oración, la limosna, el recuerdo especial de Dios, una mayor actividad misionera...

Debemos darnos testimonio los unos a los otros. Además, como entre las obras meritorias del Ramadán están también las de solidaridad con los necesitados (al final del mes está prevista una limosna que sella la ruptura del ayuno), podría ser para los cristianos el momento adecuado para salir al paso con más empeño caritativo de las necesidades del pueblo afgano y de los prófugos.

--Y a los musulmanes, ¿qué les dice este Ramadán tan particular?

--Monseñor Akasheh Khaled: Que la religión islámica no es --como alguno quiere representarla- una fe de terror, de violencia o de guerra, sino que hay otras dimensiones espirituales capaces de llenar de verdad el corazón de la persona.

Yo personalmente guardo el recuerdo de creyentes islámicos que ayunaban en julio y en agosto, sin dejar su trabajo de la tierra. Y esto me edificaba mucho.

--¿Quizá habría sido mejor aprovechar la ocasión del Ramadán para proclamar una especie de «tregua de Dios»?

-- Monseñor Akasheh Khaled: La misma pregunta ha sido dirigida recientemente al Rey de Jordania, quien ha respondido: no siempre podemos hacer lo que deseamos... Yo no quiero ciertamente defender la guerra pero quizá su continuación es obligada para garantizar la seguridad de las poblaciones en varias partes del mundo, sobre todo aquellas golpeadas por el terrorismo.

--Dentro de poco también nosotros los cristianos entramos en el Adviento y seguramente nos gustaría que, al menos en Navidad, no se combatiera...

-- Monseñor Akasheh Khaled: No estoy seguro de que esto suceda. Pero, si reflexionamos sobre el valor de la Navidad y la paz, quizá habría que comenzar a pensar en la paz verdadera, la basada en la justicia para todos y en todas partes, preguntándonos cómo construirla. En mi opinión, también un soldado, aún obligado en ciertas circunstancias a combatir, debe tener como objetivo principal justamente éste: la bienaventuranza de la paz.