Respuesta a la depresión, el «mal existencial» de nuestra época

Habla Jean Vanier, fundador del Arca

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ROMA, 26 mar 2001 (ZENIT.org-AVVENIRE).- «La depresión. El camino de la curación». Es el título del nuevo libro publicado en Italia por Jean Vanier, uno de los maestros espirituales de estos inicios de milenio, fundador del movimiento laical «Fe y Luz» que cuenta con 1.500 comunidades en 72 países.



La vida de este canadiense, que abandonó una brillante carrera militar para dedicarse a la filosofía y teología, experimentó un giro inesperado en 1964, cuando conoció en Francia a dos hombres con profundas deficiencias mentales, a quienes acogió en su casa para sacarles del abandono en un hospital psiquiátrico.

Con ellos fundó la comunidad del Arca, en la que hombres y mujeres de toda procedencia social conviven con personas minusválidas (algunos tienen el síndrome de Down, otros proceden de centros psiquiátricos, etc.). A partir de aquella pequeña comunidad francesa, han surgido 103 comunidades del Arca en todo el mundo, en 26 países, con más de dos mil miembros.

--Usted es un experto en espiritualidad, en minusvalía, en ecumenismo. Pero, ¿por qué ha decidido escribir ahora un libro sobre la depresión?

--Jean Vanier: He conocido a demasiadas personas, cristianas o no, que han perdido la confianza en sí mismas y están aprisionadas en sentimientos de tristeza y sentimientos de culpa. Es como si tuvieran enormes barreras en torno a sí. Son hombres y mujeres que no creen en verdad que Dios les ama. Cuando la primera cosa que Cristo nos dice es: tú eres precioso, tienes un valor, eres importante».

--Pero usted no es un psicólogo.

--Jean Vanier: Muchos minusválidos en nuestras comunidades muestran la misma tendencia, no tanto de depresión entendida clínicamente cuanto de sentimiento de falta de valoración. Cuando los padres tienen un hijo con minusvalía, de hecho, se quedan desilusionados y el hijo siente que no es deseado. Algunas de estas heridas son normales, inevitables, pero la marca queda de manera profunda en el subconsciente. Más tarde, cuando tienen que encajar otros rechazos, las heridas básicas vuelven a la superficie. Este es el fundamento de la depresión.

Toda la pedagogía del Arca está en revelar que no es así: «tu eres bello y estamos contentos de estar contigo». Nuestro tratamiento consiste ante todo en ser felices y serlo juntos, para transformar la imagen negativa de sí mismo en una positiva. El objetivo consiste en transformar el miedo de vivir en un deseo de vida.

--Dicen que la depresión es el mal existencial contemporáneo.

--Jean Vanier: Creo que es verdad porque hoy las personas se sienten perdidas.

--¿Más que en el pasado?

--Jean Vanier: Antes teníamos la fe, que daba una dirección y proporcionaba líneas morales. Hoy muchos anclajes han sido destrozados por la idea de que se debe privilegiar antes que nada la libertad del individuo. Sólo que ya no sabemos cómo orientar esta libertad... Hoy las personas desean mucho pero no saben hacia dónde dirigir sus energías vitales. De aquí nace un sentimiento de tristeza. Además, hay un fracaso precoz de los matrimonios.

Las personas toman conciencia de lo que significa el caos en sí mismos: la violencia, la sexualidad banalizada, la incapacidad de perdonar... Los hombres son más conscientes de las heridas que llevan dentro. Antes, viviendo en el dominio de la moral y de la voluntad, muchas personas lograban soportar las dificultades, aunque las motivaciones no fueran siempre puras. Hoy prevalece la desorientación.

--¿Está diciendo que la depresión es hija de las ideologías: por ejemplo del racionalismo, de la ilustración? ¿O quizá del consumismo?

--Jean Vanier: No, las ideologías vienen en un segundo momento. Como no me siento amado, entonces me sumerjo en un proyecto político o incluso en el consumismo.

--Pero, ¿por qué la depresión es un fenómeno típico del mundo llamado «desarrollado» y del calificado como «tercer mundo»?

--Jean Vanier: Porque en Occidente las personas no saben qué hacer de su tiempo libre. En Africa, no hay diversiones, se lucha por sobrevivir y comer. Se ponen todas las energías al servicio de la vida. Y, cuando se trabaja, no hay depresión. El tiempo libre, en cambio, es el ámbito de los conflictos familiares, de la falta de creatividad ante la televisión. En este ambiente uno se pregunta cuál es el sentido de la vida.

--Tenemos demasiado tiempo libre entonces.

--Jean Vanier: Ese no es el problema, más bien no sabemos cómo usarlo. Las personas que saben explotarlo descubren la fecundidad de regalar el amor, de velar por los ancianos, de ocuparse de los demás...

--¿Usted piensa, por tanto, que el voluntariado es una medicina contra la depresión?

--Jean Vanier: Depende. Si es simplemente ocuparse de los niños minusválidos o de los pobres, no. Cuando en cambio es un encuentro con el otro y un intercambio de amor, entonces se convierte en comunión y en una confianza que puede curar nuestras heridas.

--¿El mundo es tan competitivo que nos hace más frágiles?

--Jean Vanier: Sí, somos mucho más frágiles. El individualismo feroz genera depresión. Ciertamente no hay que minusvalorar las causas físicas, genéticas. No se sabe todavía qué es lo que hay que curar con la medicina y qué es lo que hay que curar con la psicología.

Pero yo digo siempre que, para hacer una válida psicoterapia, hacen falta tres cosas: una buena comunidad, un trabajo que nos interese y la fe. Por el contrario, hoy muchas personas ya no tienen una familia o amigos, ni un trabajo digno, ni la fe que les permita tomar distancia de la realidad. Y entonces ni siquiera la mejor terapia funciona.

--Pero usted dice que también los cristianos, aún teniendo fe, se deprimen.

--Jean Vanier: Son necesarios los tres elementos a la vez: todos los aspectos humanos están relacionados. Y con ello no disminuyo la importancia de las medicinas: he visto a creyentes que se han levantado gracias al Prozac.

--¿Fundaría un comunidad del Arca para los que sufren depresión?

--Jean Vanier: No; más bien hay que crear centros en los que estas personas puedan conocerse y hablar. Hay que crear grupos como el de los alcohólicos anónimos, en los que las personas con el mismo problema se intercambien sus impresiones y comprendan que no están solos, que la tristeza es una enfermedad que puede vencerse, que no es una vergüenza.

La depresión es normal, llega muy a menudo entre los 40 y los 55 años, con la crisis de la edad madura. Hay que ayudar a la gente a comprender que se trata de un periodo de cambio, que del invierno puede nacer la primavera. Hay personas incluso muy bien motivadas, sacerdotes o religiosos, que en la mitad de la vida pierden el entusiasmo; le pasó a Tauler, [un místico, discípulo del maestro Eckhart], en el siglo XIV...

¿Cómo ayudarles? Hay que distinguir entre la depresión clínica (que necesita la atención de un psiquiatra y medicinas) y la fractura de la vida que trae consigo el sentido de tristeza. Allí hace falta alguien que pueda dar consejos.

--¿Y la Iglesia? ¿Qué puede hacer para ayudar a los que están sumidos en la depresión?

--Jean Vanier: Hay dos aspectos del asunto. El primero, muy doloroso, es que los sacerdotes no tienen ya tiempo para confesar. Haría falta un mayor número de sacerdotes capaces de escuchar a los hombres que se han vuelto frágiles por la tristeza. La confesión no es un juicio sino un encuentro con alguien que puede escuchar los sufrimientos y las dificultades de otra persona; no sólo para consolar sino para ayudarlo a asumir el sentido de la depresión.

Segundo aspecto: la Iglesia empuja mucho hacia ideales que inspiran a los jóvenes pero en ocasiones se olvida a quienes no tienen fuerza para asumir estos compromisos. En el misterio de la Iglesia deben estar tanto los militantes como los débiles. Los ancianos, los enfermos mentales, las personas en crisis. Y cada vez son más numerosos. Está la Iglesia del entusiasmo, pero hace falta también la Iglesia refugio de los heridos.