Sacerdotes cubanos de la diáspora afirman su unión con la Iglesia en Cuba

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NUEVA YORK, 28 agosto (ZENIT.org).- Sacerdotes y religiosos cubanos en la diáspora han manifestado en una declaración su «unidad y sentido de pertenencia a la Iglesia católica en Cuba» y su llamado a ser sacramento de unidad en un solo pueblo.



«Reclamamos la libertad religiosa a la que tiene derecho nuestra Iglesia en Cuba y la plena libertad a la cual tienen derecho todos los cubanos», afirman los sacerdotes de la diáspora cubana en una declaración que recoge las conclusiones de una reunión que mantuvieron del 24 al 27 de julio en Nueva York.

El encuentro había tenido como tema una ponencia del arzobispo Jean Louis Tauran, «ministro» de Asuntos Exteriores de la Santa Sede, centrada en las «relaciones Iglesia y Estado en la sociedad moderna», que había sido pronunciada el 1 de diciembre pasado en La Habana con motivo del Simposio sobre la Exhortación Apostólica «Ecclesia in America».

En su declaración , los sacerdotes recuerdan y se adhieren a las palabras de monseñor Tauran, cuando afirmaba que «la Iglesia no busca ninguna forma de poder político para desarrollar su misión... y defendiendo su propia libertad, defiende la de cada persona, la de las familias, la de las diversas organizaciones sociales, realidades vivas que tienen derecho a un ámbito propio de autonomía y soberanía...».

Los encuentros de la Fraternidad del Clero y Religiosos de Cuba en la Diáspora se han llevado a cabo anualmente desde 1969 con el fin de renovar los lazos entre cubanos y reflexionar juntos sobre aspectos de interés relacionados con Cuba.

Durante el encuentro en Nueva York en que participaron los obispos cubanos exiliados Eduardo Boza Masvidal y Agustín Román, los sacerdotes celebraron la eucaristía en la parroquia de la Transfiguración, fundada por el sacerdote cubano Félix Varela, «a quien consideramos nuestro mentor, modelo y guía no sólo en su labor apostólica sacerdotal sino también en su celo patriótico», dicen en su declaración.

El padre Varela fue profesor del Seminario de La Habana, diputado en las Cortes Españolas y exiliado en Nueva York a principios del siglo XIX, en donde fue vicario general. Su causa de beatificación ha sido introducida en Roma.

En su declaración los sacerdotes señalan su satisfacción por los logros de los cubanos en el quehacer humano pero reconocen «que hemos tenido que pagar nuestra cuota de dolor y sufrimiento por nuestra separación y división familiar y por la ausencia de la patria».

Deploran con tristeza «los ataques injustos que se han hecho al exilio cubano» en los últimos tiempos y dan gracias a Dios «por el testimonio de nuestros mártires fusilados o muertos en el estrecho de La Florida, por nuestros presos políticos que ya disfrutan de libertad o aquellos que languidecen en las cárceles». Reiteran que «esos son nuestros hermanos, padres, familiares y amigos».

Señalan que «ese es el verdadero exilio cubano. Unimos el dolor de ellos y el nuestro al de Cristo en la cruz para la redención de nuestro pueblo».

Los sacerdotes expresan que se hacen eco de la carta pastoral de los obispos cubanos «Un cielo nuevo y una tierra nueva» con motivo del año 2000 y ruegan a la Virgen de la Caridad que conduzca a Cuba por el camino de la esperanza.

Como conclusión práctica, los sacerdotes exhortan «a nuestros hermanos cubanos en la diáspora a que no sólo provean a las necesidades materiales de nuestros hermanos en Cuba, sino también a sus necesidades espirituales y morales».
«La voz católica»