Sacramento de la Reconciliación y conversión personal

Guadalajara, (Zenit.org) Miguel Romano Gómez | 2543 hits

Ofrecemos una nueva entrega de la serie de formación sacerdotal que escribe para la agencia el obispo auxiliar de Guadalajara, México, monseñor Miguel Romano Gómez.

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El Sacramento de la Reconciliación y la conversión personal están íntimamente compenetrados: en cada confesión, que administramos o recibimos, advertimos la misericordia iniciativa de Dios, quien nos invita a volver nuestros rostros hacia Él, para poder descubrir su belleza, y no tanto mirar a nuestros pecados. La misericordia divina siempre ha tomado la iniciativa, y ella es la que nos impulsa hacia el camino de la conversión. En cada confesión debemos reconocer que “antes que un camino del hombre hacia Dios, es una visita de Dios a la casa del hombre”.

No podemos separar el Sacramento de la Reconciliación de la búsqueda de la conversión personal. Nosotros somos los primeros en reconocer que la práctica de este sacramento nos “fortalece en la fe y en la caridad hacia Dios y los hermanos”. Existe una relación directa y estrecha entre el recurso frecuente a la Reconciliación y el deseo de conversión personal. Cuando buscamos cambiar a una vida más acorde al Evangelio descubrimos nuestra pequeñez y fragilidad, pero además reconocemos la inconmensurable misericordia de Dios, que nos lleva a buscar la confesión sincera de nuestros pecados, aún cuando éstos no sean mortales.

No obstante, existe el peligro de “instrumentalizar” el Sacramento de la Reconciliación. El sacerdote, al igual que cualquier fiel, que acude a este sacramento sólo cuando tiene pecados mortales, corre el riesgo de instrumentalizarlo, pues lo buscaría sólo con la finalidad de recibir la absolución, separándolo así de todo el contexto de la conversión personal y del llamado a la santidad personal. Esto equivaldría a poner como medio a la gracia y el amor de Dios, para conseguir un fin. Basta recordar que la Reconciliación, no se limita tan sólo al perdón de los pecados mortales, sino que es una fuente de gracia inestimable. Para nosotros, el recurso de esta fuente de gracia constituye una “ayuda, orientación y medicina de la vida sacerdotal”. En este sentido, recordaba el Papa Benedicto a un grupo de obispos:

El don del sacramento de la Penitencia no sólo consiste en recibir el perdón, sino también en que ante todo nos damos cuenta de nuestra necesidad de perdón. Ya con esto nos purificamos, nos transformamos interiormente y así también podemos comprender mejor a los demás y perdonarlos. Reconocer la propia culpa es algo elemental para el hombre; el que ya no reconoce su culpa, está enfermo. Igualmente importante para él es la experiencia liberadora que implica el recibir el perdón. El sacramento de la Reconciliación es el lugar decisivo para realizar ambas cosas”.

El deseo de conversión nos llevará a nosotros a buscar el perdón de nuestras flaquezas y la gracia y fortaleza que Dios ofrece en este Sacramento, para poder vivir fielmente nuestro ministerio. Necesitamos avanzar día a día, conocernos mejor, aprender a amar a todos con un corazón limpio; en una palabra: a entregarnos por completo y dejarnos llevar por las mociones del Espíritu en nuestro ministerio. Esto sólo es posible si somos humildes y reconocemos que también nosotros, quizá más que otros hermanos, necesitamos ser buenos penitentes, para poder ser buenos confesores.