Saludo al Papa del presidente del Consejo para los Laicos en la Vigilia de Pentecostés

Palabras del arzobispo Rylko en el encuentro de los movimientos con Benedicto XVI

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CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 4 junio 2006 (ZENIT.org).- Publicamos el saludo que dirigió a Benedicto XVI el arzobispo Stanislaw Rylko, presidente del Consejo Pontificio para los Laicos, en el encuentro del Papa con los nuevos movimientos y comunidades eclesiales que tuvo lugar en la tarde de este sábado, víspera de Pentecostés, en la plaza de San Pedro del vaticano.




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Beatísimo Padre,
En torno a Vuestra persona se ha reunido el pueblo de los movimientos y de las nuevas comunidades rebosante de alegría y de agradecimiento por el don de este encuentro de oración, que será otra piedra miliar en sus vidas y en su servicio a la Iglesia. Respondiendo a la invitación de Vuestra Santidad, este pueblo se ha puesto en camino desde todos los ángulos de la Tierra hacia el corazón de la Iglesia, para revivir con el Sucesor de Pedro el misterio de Pentecostés. Y hoy, con toda la comunidad de los creyentes, regresa idealmente a aquel Cenáculo que se encuentra en los orígenes de la Iglesia y que es fuente perenne desde la cual tomar la llama viva del amor apasionado por Cristo y el impulso misionero generado de aquel «ruido que como una impetuosa ráfaga de viento, llenó toda la casa en la que se encontraban» (Hech. 2, 2). Haciendo memoria de la venida del Paráclito, los movimientos y las nuevas comunidades desean invocar junto a Ud., Beatísimo Padre – como hace ocho años sucedió con el Siervo de Dios Juan Pablo II – una nueva y abundante efusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia y sobre el mundo entero.

Junto a Vuestra Santidad, este pueblo desea dar gracias al Espíritu por el don de la esperanza que los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades representan para la Iglesia. Porque es gracias a estos carismas que una muchedumbre de hombres y mujeres de nuestro tiempo, a pesar de los vientos contrarios, han descubierto la belleza de ser cristiano y han encontrado la alegría de comunicarlo a los otros. Como prueba de ello, su presencia festiva en Plaza San Pedro convertida en un cenáculo al abierto, testimonia al mundo que ser discípulos de Cristo es bello, que encontrar a Cristo es la más grande y fascinante aventura que se pueda vivir.

Beatísimo Padre, usted nos ha enseñado, que siempre donde irrumpe el Espíritu Santo suscita sorpresa, desconcierto, estupor porque transforma las personas, cambia el curso de la historia, genera frutos que no habrían podido nacer de la planificación humana. Y hoy queremos elevar nuestro canto de alabanza por los frutos de santidad de vida, de comunión, de valentía y de fantasía misionera que estos carismas hacen florecer en la Iglesia de nuestro tiempo y que son signo de una renovada primavera cristiana.

«Pues bien, he aquí que yo lo renuevo: ya está en marcha, ¿no lo reconocéis?» (Is. 43, 19-21), dice Dios en la profecía de Isaías. ¡El momento histórico que estamos viviendo es un extraordinario reflejo de las palabras del Profeta! Esta Plaza pone ante los ojos de todos una maravillosa epifanía de la multiplicidad de los dones con los cuales el Espíritu de Dios continúa a enriquecer y a adornar la Iglesia. Si bien muy diversos entre ellos, están profundamente unidos en el misterio de la comunión eclesial y unánimemente volcados hacia la misión, un milagro de unidad que san Pablo nos explica cuando escribe: «Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común» (1 Cor. 12, 4-7).

Los movimientos y las nuevas comunidades se han reunido aquí para expresarle una vez más al Sucesor de Pedro: ¡Estamos listos para la misión! ¡La Iglesia puede contar con nosotros! ¡El Papa y los obispos pueden contar con nosotros!

Santidad, bendiga este pueblo movido por la pasión de la gran causa del reino de Dios y sediento de escuchar vuestra palabra de padre y maestro en la fe.

[Traducción del Consejo Pontificio para los Laicos]