Saludo de los observadores de la tradición evangélica a la Conferencia de Aparecida

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APARECIDA, lunes, 28 mayo 2007 ( ZENIT.org).- Publicamos el saludo de los observadores de la tradición evangélica a la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe.



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Muy amados Cardenales, Obispos, Sacerdotes, hermanos y hermanas. En primer lugar queremos expresar nuestra gratitud y reconocimiento por la invitación recibida del Cardenal Walter Kasper, Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, a nombre del Papa Benedicto XVI, que nos ha permitido acompañarles, en calidad de observadores, en este magno evento. Se da continuidad así a la iniciativa que tuviera el Papa Juan XXIII, al invitar observadores de otras iglesias y confesiones cristianas al II Concilio Vaticano. Entre ellos, un latinoamericano, el Dr. José Míguez Bonino. Confiamos en que esta continuidad, que también se expresa en los diálogos bilaterales entre la Iglesia Católica Romana y varias de las Iglesias de las que provenimos, y en la Comisión Mixta de Trabajo entre ella y el Consejo Mundial de Iglesias, será signo y anuncio de una mayor y mejor cooperación ecuménica en nuestro continente, tan necesitado de signos de comprensión, mutua aceptación y reencuentro fraterno.

Desde el inicio de esta Conferencia nos hemos sentido estimulados y desafiados por el llamado del Papa Benedicto XVI, a fundar el nuevo despertar misionero que requiere nuestra América Latina y el Caribe, en la lectura y conocimiento profundo de la Palabra de Dios. En esa Palabra encontramos dos textos que nos ayudan a interpretar el sentido de nuestra presencia entre ustedes. Recordamos aquellas palabras de Jesús donde afirma que “quien no es conmigo, contra mí es” (Mt 12,30), que nos señalan que sólo en torno a Jesús, el Cristo, encontramos el centro de nuestra unidad. En un texto complementario, cuando, frente a uno que echaba fuera demonios en nombre de Jesús, y ante la pretensión de los discípulos de prohibirle que siguiera haciéndolo porque no era uno de ellos, Jesús le dice a Juan: “No se lo prohíban, porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre que luego pueda decir mal de mí. Porque el que no es contra nosotros, por nosotros es” (Mc 9, 39-40). A pesar de las diferencias históricas y doctrinales que nos impiden dolorosamente participar juntos en la Mesa de la Comunión , estos textos nos permiten afirmar que nos une a ustedes el llamado de Jesús a proclamar y celebrar la vida abundante que nuestros pueblos tanto necesitan.

No podemos menos que reconocer el testimonio y la prominencia de la Iglesia Católica Romana en la evangelización de nuestra América. Guiados por el Espíritu de Dios y su Palabra, más allá de las ambigüedades de las circunstancias históricas, hombres y mujeres ejemplares, fieles discípulos y misioneros del Señor, han sembrado la Palabra en este continente, y han constituido comunidades que han sido servidoras de los más necesitados en nombre de Cristo, han dado muestras de la inspiración del Espíritu Santo en sus palabras y acciones, y han celebrado con fe al Dios Trino. Esta presencia católica ha generado una fe rica en diversas expresiones religiosas, que han logrado enraizar el mensaje de Cristo en las variadas culturas presentes en nuestro continente, tanto en aquellas autóctonas, como en aquellas originadas en las migraciones posteriores, que han contribuido a dar forma a los rostros hermosamente diversos de nuestros pueblos de América Latina y el Caribe.

También nuestras iglesias evangélicas han colaborado, especialmente a partir de los procesos de emancipación nacional en el continente, en la construcción del testimonio de Cristo en estas tierras, ya sea a través de comunidades inmigrantes, que han portado consigo la fe de sus padres, como a través de variados esfuerzos evangelizadores, tampoco exentos de contradicciones y ambigüedades. Pero muchos fieles creyentes de la fe evangélica han colaborado con la evangelización y la cultura en estas tierras, llegando en algunos casos hasta el derramamiento martirial de la propia sangre, en la defensa de la dignidad y la justicia para nuestros pueblos.

Para que esta presencia cristiana diversa no esté marcada por la confrontación y la competencia, sino por la vocación común de ser discípulos y misioneros de nuestro Señor Jesucristo, nos parece necesario utilizar un lenguaje que permita mantener los canales de comunicación ya existentes, y que aun permita abrir nuevos puentes. Reconocernos mutuamente como Iglesias y Comunidades Cristianas, es la forma de mantener abiertas las puertas para el diálogo, diálogo imprescindible para desterrar juntos cualquier práctica sectaria o beligerante que atente contra el verdadero espíritu misionero.

Tendremos que aprender, guiados por el Espíritu de Dios, a conocernos y reconocernos cada vez más como parte del uno y múltiple pueblo de Dios, deudores de su multiforme gracia. Somos llamados a crecer en la unidad en la diversidad a la que nos convoca el Señor, para que, en mutuo respeto, en amor, encontrándonos en los caminos de la fe, proclamemos su Santo Nombre, y en Él, discípulos y misioneros que llegamos desde distintas tradiciones y modos de expresar nuestra fe, anunciemos para nuestros pueblos la vida plena.

Ofelia Ortega
Juan Sepúlveda
Harold Segura
Néstor Míguez
Walter Altmann