San Francisco Caracciolo

«El predicador del amor de Dios»

Madrid, (Zenit.org) Isabel Orellana Vilches | 527 hits

La rúbrica de sus cartas era: «Francisco, el pecador», un gesto que revela su humildad y sentimiento de indigencia. La vida le puso contra las cuerdas en el alborear de una juventud que traía consigo esa multitud de sueños que pueblan una mente desnuda de compromisos, y donde lo insospechado, en particular lo que causa sufrimiento, se presupone lejos de uno mismo. Determinadas vivencias instintivamente se atribuyen a personas que tienen cierta edad, una frontera que en esos años se antoja remota. Caracciolo supo responder a Dios; aprovechó su dolorosa experiencia para unirse a Él.

Nació en Villa Santa María, Italia, el 13 de octubre de 1563. Era el segundo de los cinco hijos de un prócer y creyente matrimonio. Le pusieron el nombre de Ascanio. Recibió una esmerada educación, como procedía a su alcurnia, que junto a su inteligencia dio buenos frutos. Fue alumno aventajado en letras y retórica; compuso discursos y dominó la lengua latina a los 9 años. Luego se convirtió en un joven atractivo y desenvuelto, con notable ingenio, al que le agradaban las fiestas y los deportes. No obstante, tenía gran devoción a la Eucaristía y a la Virgen; diariamente rezaba el rosario y ayunaba los sábados. Pero estos signos de piedad no estaban vinculados a una vocación que ni siquiera se planteaba. Eran prácticas frecuentes que realizaban otros muchos jóvenes coetáneos. Hizo la milicia y orientó su formación al comercio y a la política. Pero no contaba con dos circunstancias que se le presentaron determinando el rumbo de su vida. El primer umbral fue la enfermedad. A los 20 años contrajo la lepra. Y además del drama de ver terriblemente impregnada su piel, sufrió el abandono de sus amigos que se alejaron por temor al contagio. Aislado en una habitación por elemental prudencia, tenía el consuelo de poder oír la misa a través de una ventana que daba a la capilla familiar. Cuando el ser humano yace vencido por la debilidad, contemplando su frágil condición que le hace ser tan vulnerable, la vida discurre ante sus ojos como en un segundo. ¿Qué hacer con los proyectos?, ¿qué sentido tienen tantas banalidades de la vida? Incluso, aunque no lo fueran, ¿cómo sofocar el sentimiento de eternidad que brota de lo más hondo de uno mismo, ese afán que pugna por abrirse paso desde ese recóndito lugar en el que yace? El santo tuvo ocasión de meditar en todo ello, de identificar sus hondas emociones. Hallándose envuelto por la angustia de la soledad y el miedo a la muerte elevó sus ojos al cielo y prometió a Dios: «Si me curas de esta enfermedad, dedicaré mi vida al sacerdocio y al apostolado». Sanó de forma súbita, y se encaminó a Nápoles. Con la idea fija de ser sacerdote visitaba las iglesias menos frecuentadas en las que podía orar con mayor recogimiento. Fue ordenado en 1587 y al año siguiente se inscribió en la cofradía de los Bianchi, los Blancos, una congregación que prestaba asistencia a los presos, muchos de ellos condenados a galeras y otros que iban a ser ajusticiados.

Por esa época llegó a Nápoles un genovés, Juan Antonio Adorno, a quien san Luís Beltrán le profetizó en Valencia que sería fundador. Y este segundo hito para Ascanio fue la casualidad en forma de providencia. Cuando el genovés se ordenó, se inscribió también en la cofradía de los Blancos entablando amistad con el abad de Santa María la Mayor, Fabricio Caracciolo, que era pariente de Ascanio. Compartiendo ambos similares ideales determinaron escribir a un tercer familiar de éste, que casualmente se llamaba también Ascanio. El emisario que llevaba la carta se la entregó a nuestro santo, quien viendo en la equivocación el dedo de Dios entendió que debía unirse a ellos. Los tres permanecieron cuarenta días en la abadía de los PP. camaldulenses y redactaron los estatutos de la fundación de los «Clérigos menores». Al profesar en 1589 Ascanio tomó el nombre de Francisco, en honor al Poverello. Añadieron un cuarto voto por el que renunciaban a admitir dignidades eclesiásticas. Pensando fundar en España, Adorno y él se entrevistaron con Felipe II, que les negó su apoyo, hasta que en otro momento por intercesión del papa Clemente VIII, que aplacó al rey, Ascanio fundó en Valladolid y en Alcalá. Vuelto a Roma puso en marcha nuevas fundaciones, como luego hizo en Nápoles. En este entramado de acciones apostólicas sufrió persecución y fue objeto de murmuraciones, calumnias e incomprensiones fruto de la rivalidad y otras pasiones ajenas que se cebaron en su persona. Acogió de buen grado las contrariedades, cumpliendo la voluntad divina con perfecta humildad. Su espíritu de penitencia, los ayunos y extremas mortificaciones a las que se sometió convirtieron a muchos. Y Dios lo bendijo con éxtasis que en ocasiones le sobrevenían simplemente con mirar al Crucificado o tener pensamientos elevados sobre la Virgen. Estas experiencias llenaban sus ojos de lágrimas. Hablaba con tanta unción de la misericordia divina que la gente lo denominaba «el predicador del amor de Dios». A la muerte de Adorno, fue designado superior general de la Orden. Como tal mantuvo inalterable la trayectoria comunitaria que había signado su vida compartiendo con los demás las tareas domésticas, además de pedir limosna para socorrer a los desvalidos. Al final presentó su renuncia al gobierno para dedicarse a la oración, y eligió como morada el hueco de la escalera. Felipe Neri le propuso abrir una fundación en Agnone. Emprendió esta empresa gozoso porque en el itinerario se hallaba el santuario de la Virgen de Loreto donde se detuvo. Pudo orar esa noche, pero al día siguiente, 4 de junio de 1608, se le presentó un cuadro febril, y nada se pudo hacer más que administrarle los sacramentos. Le urgía tanto partir que sus últimas palabras fueron: «Vamos, vamos al cielo». Su fama de santidad le precedía. La gente solía postrarse ante él rogando su bendición. Clemente XIV lo beatificó el 4 de junio de 1769. Pío VII lo canonizó el 24 de mayo de 1807.