Santa Agustina (Livia) Pietrantoni

''Mártir de la caridad''

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MADRID, martes 13 noviembre 2012 (ZENIT.org).- Isabel Orellana Vilches nos ofrece, en esta semblanza del santo del día, el ejemplo de santa Agustina Pietrantoni. Una vida que entra en la estela de aquellos mártires de la caridad que lo fueron precisamente a manos de aquellos a quienes habían beneficiado.

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Por Isabel Orellana Vilches

Nació en Pozzaglia (Italia) el 27 de marzo de 1864 en el seno de una familia que debía hacer ímprobos esfuerzos para afrontar su día a día. Como tanta infancia que aún en este siglo XXI sufre y malvive buscando el sustento, atrapada en la miseria, asfixiada por el hambre y la desnudez que le ha despojado también de afectos, Livia (nombre que se le impuso en el bautismo) se vio obligada a trabajar duramente desde sus 7 años. Sus «juegos» no fueron las muñecas, sino acarrear sacos de piedra y arena en una obra añadiendo a los 12 años la recolección de aceitunas. Era la segunda de los once vástagos nacidos en el matrimonio y sus padres necesitaban su ayuda.

En esta época histórica marcada por la crisis en tantos hogares, como el suyo, lo normal era que los niños aportaran su grano de arena para contribuir al sostenimiento de la economía familiar. Nadie consideraba que con ello, y aunque estuvieran hurtándoles la infancia, se incurriera en lo que hoy se califica como explotación. El trabajo, aún con su crudeza, no cercenaba el cariño y la ternura que fluía entre todos los componentes de la familia, y así discurría la relación de Livia entre los suyos. Ahora bien, la naturalidad con la que eran acogidos por la sociedad de su tiempo estos hechos hizo que las críticas punzantes y murmuraciones de los vecinos se volvieran contra ella cuando a los 22 años decidió convertirse en religiosa de las Hermanas de la Caridad, institución fundada por Santa Jeanne-Antide Thouret. En medio de su ceguera levantaban el dedo acusador atribuyéndole defectos que no tenía, como la vagancia y la búsqueda de una vida fácil. Ella cargó en sus espaldas con gallardía y elegancia los comentarios malsanos y siguió en pos de Cristo cuando la numerosa prole dejó de crecer. Es decir, que, contra lo que la gente creía, la realidad es que Livia había tenido en cuenta la precaria situación de su familia a la que ayudó sin cuestionar ni exigir nada, esperando con paciencia el momento de poder llevar a cabo una vocación que había descubierto el día en el que tomó la comunión por vez primera.

Desempeñó su misión en el hospital del Espíritu Santo ocupándose de los niños y posteriormente de los tuberculosos y enfermos mentales en un momento nada propicio para los religiosos que tenían vetado por el gobierno mostrar y compartir los signos de la fe. Con espíritu caritativo y misericordioso alentada por su devoción a María afrontaba cada día su tarea en difíciles condiciones tratando de atemperar la violencia que latía en el corazón de los pobres enfermos.

Uno de ellos, José Romanelli, especialmente díscolo y conocido por sus virulentos ataques de ira, se vio obligado a dejar el hospital porque así lo juzgaron sus responsables tratando de evitar males mayores. Él atribuyó la idea a la santa religiosa, a la que amenazó de muerte. Y el 13 de noviembre de 1894 penetró en el recinto hospitalario sin ser visto y cumplió su promesa. Le asestó siete puñaladas y ella sólo tuvo tiempo de perdonar a su agresor. Tenía entonces 30 años. Fue canonizada por Juan Pablo II el 18 de abril de 1999.