Santa Gertrudis ''La Grande''

''Fortaleza en medio de la debilidad''

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MADRID, viernes 16 noviembre 2012 (ZENIT.org).- Isabel Orellana Vilches nos propone hoy el ejemplo de una mujer singular, la gran santa benedictina Gertrudis "la grande", que vivió entre el siglo XIII y el XIV.

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Por Isabel Orellana Vilches

En los claustros del monasterio de Helfta se fraguó el itinerario espiritual de esta gran santa mística benedictina nacida el 6 de enero de 1256, de la que no se puede proporcionar fehacientemente ni lugar de nacimiento ni nombre de sus progenitores. Ella comprendió a través de una locución que este hecho se insertaba en un plan divino sobre su vida. Sin referente alguno familiar en esa unión con la Santísima Trinidad que perseguía no cabrían más afectos. Así pues, libre de vínculos enriquecedores y legítimos como son los de sangre, en su horizonte solo cupo la oración y la contemplación, alimento de sus jornadas monacales que se iniciaron cuando tenía cinco años. Como le ha sucedido a muchos seguidores de Cristo, tuvo modelos para su acontecer. Se fijó en otras grandes místicas alemanas, Matilde y Gertrudis de Hackeborn, que era entonces la abadesa del monasterio. Una tercera hermana con la que compartió amistad y vivencias de manera singular fue la excepcional mística, también de origen germano, Matilde de Magdeburgo, que se incorporó a la comunidad hacia el año 1270.

Su fina sensibilidad y hondura espiritual pronto le llevaron a reconocer en su interior debilidades y tendencias que constituían un veto para caminar por el sendero de la perfección. La piedra de toque de toda vida santa es el defecto dominante que usualmente no se circunscribe a uno solo. Malos hábitos agazapados, a veces inconscientes, sutilmente perviven insertados en él y se hallan prestos a manifestarse a la primera de cambio, dominando al asceta a menos que viva una oración continua. Un temperamento impulsivo y otras manifestaciones caracteriológicas provocaban muchos sufrimientos en Gertrudis que, como san Pablo, veía que no hacía el bien que quería sino el mal que no deseabaCon todo, la apreciación de rasgos no virtuosos en ella no le indujeron al desánimo. Por el contrario, humildemente y de manera insistente oraba por su conversión; lo hizo hasta el fin de su vida en medio de la lucha que sostuvo contra su carácter a lo largo de su existencia.

Pese a sus flaquezas, Dios la agraciaba con diversos favores, lo cual era incomprensible para ojos ajenos regidos por razones humanas, esas que no reparan en el misterio de los designios divinos. La victoria sobre la debilidad es fuente de fortaleza. Y aunque Gertrudis se sintiera empujada por un carácter impetuoso y poco dado a la templanza, fue humilde, caritativa, sencilla, servicial, sensible hacia los débiles que socorrió con ternura, una persona accesible a todos, fiel observante de la regla y penitente. Le sorprendía, y vivía con indecible conmoción, que Dios le otorgara tal cúmulo de gracias viéndose tan frágil y pecadora.

A raíz de una visión divina que se produjo en 1281 se inició lo que podríamos denominar su despegue espiritual e intelectual. El estudio seguramente neutralizó flaquezas que le hubieran conducido por derroteros ajenos a la vida espiritual. Progresivamente fue recibiendo favores sobrenaturales que acrecentaban su espíritu penitencial sintiéndose cada vez más indigna de ellos. Plasmó en los cinco tomos que comprenden sus Revelaciones las gracias que recibió. Murió el 17 de noviembre bien de 1301 o de 1302. El 27 de enero de 1678 fue inscrita en el Martirologio Romano.