Santa Matilde de Hackeborn

«Ciencia y lirismo al servicio de Dios»

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MADRID, lunes 19 noviembre 2012 (ZENIT.org).- Isabel Orellana Vilches presenta hoy la figura de una de esas mujeres fuertes que, de vez en cuando, envía la providencia para escribir la historia y aportar sus hallazgos a la ciencia, a la mística, a la música o a la liturgia.

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Por Isabel Orellana Vilches

En todo movimiento eclesial ha habido siempre periodos históricos de especial fulgor en los que han despuntado figuras egregias que han traspasado muros y fronteras. Santa Matilde, a la que el papa Benedicto XVI dedicó su catequesis el 29 de septiembre de 2010, fue una de esas mujeres fuertes de las que habla el evangelio, que alumbró una época de gran fecundidad en el monasterio cisterciense de Helfta a lo largo del siglo XIII. Hace unos días traíamos aquí la breve semblanza de Gertrudis la Grande, contemporánea suya, que sumó su virtud a la de esta santa que tanto le edificó, que fue su formadora y a la que tomó como guía junto a su hermana Gertrudis de Hackeborn. Cuatro excelsas mujeres, Matilde de Magdeburgo, las dos Gertrudis, y la santa de la que nos ocupamos hoy hicieron de Helfta uno de los referentes ineludibles para conocer y valorar la riqueza de la mística germana y nos alientan con su vida a seguir el camino de la perfección.

Gertrudis de Hackeborn se hallaba ya en el convento de Rodersdorf cuando Matilde acompañó a su madre a visitarla en 1248. En siete años de vida la pequeña acumulaba la experiencia de haber sobrevivido a la muerte poco después de nacer, dada su frágil constitución física, y el inspirado vaticinio del virtuoso sacerdote que derramó sobre su cabeza el agua del bautismo quien entrevió que sería santa, hecho que confió a sus padres, asegurándoles que Dios obraría a través de ella numerosos prodigios. Posiblemente a esa edad Matilde ignoraba la singular elección divina a la que aludió el sacerdote, pero seguro que sus progenitores no habrían podido olvidarla.

La vida conventual le sedujo desde un primer instante. Por eso, en 1258 dejó a un lado los beneficios que reportaba haber nacido en un castillo y las prebendas anejas al título nobiliario que ostentaban sus padres ingresando en el monasterio que entonces se había establecido en Helfta. Su hermana Gertrudis, abadesa, vertió en ella todo su saber espiritual e intelectual, riqueza que Matilde acogió multiplicando los talentos que Dios le había otorgado: una suma de excepcional inteligencia y virtud coronada por una bellísima voz con la que glosaba la grandeza del Creador y por la que ha sido denominada «ruiseñor de Dios».

Orientada por su hermana, se convirtió en una gran formadora teniendo a su cargo jovencísimas vocaciones; era una ejemplar maestra y modelo de novicias y profesas. Fue agraciada con numerosos favores místicos que se iniciaron siendo niña y que había guardado en su corazón llevada de su natural discreción hasta que cumplió medio siglo de vida. Ella, al igual que Gertrudis, la Grande, vivió en carne propia la experiencia del sufrimiento ocasionado por largas y dolorosas enfermedades que fueron persistentes en ambos casos. La frágil condición humana atenazada por el cúmulo de matices que conllevan circunstancias de esta naturaleza, a veces tiene también expresión palpable en la vertiente espiritual. Matilde experimentó conjuntamente la postración corporal y el sufrimiento y angustia espirituales en los que, no obstante, contó con el consuelo divino. En uno de estos periodos críticos confidenció privadamente sus experiencias místicas a dos religiosas. Gertrudis la Grande se ocupó de recopilarlas en el Libro de la gracia especial.

Matilde fue un puntal indiscutible en el monasterio, aunque a veces su nombre ha quedado a la sombra de esta santa amiga. De su hermana había heredado la rica tradición monacal que floreció altamente en esa época en las líneas genuinas de la regla a la que se había abrazado; oración, contemplación, estudio científico y teológico amasado siempre en la tradición y el magisterio eclesiales. Fue una mujer obediente, humilde y piadosa, de gran espíritu penitencial, ardiente caridad y devota de María y del Sagrado Corazón de Jesús con el que mantuvo místicos coloquios. El contenido de sus revelaciones insertas en el Libro de la gracia especial permite apreciar también el alcance que tuvo la liturgia en su itinerario espiritual. Supo llegar al corazón de las personas que pusieron bajo su responsabilidad a las que condujo sabiamente a los pies de Cristo dando pruebas fehacientes de su ardor apostólico.

Durante la última y difícil etapa de su vida, ocho años cuajados de sufrimientos, mostró la hondura de su unión con Cristo a cuya Pasión redentora unía sus padecimientos con humildad y paciencia, teniendo presente la conversión de los pecadores. La Eucaristía, el Evangelio, la oración…, habían forjado su espíritu disponiéndola al encuentro con la Santísima Trinidad. Éste se produjo el 19 de noviembre de 1299. Murió con fama de santidad.