Santiago Castelo, ganador del primer Premio de periodismo religioso

El artículo premiado estaba dedicado a Juan XXIII

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MADRID, 19 dic 2000 (ZENIT.org).- El jurado del premio «Martín Descalzo» de periodismo religioso, convocado por la revista «Católicos del siglo XXI» hizo público esta mañana el nombre del ganador: se trata de Santiago Castelo, subdirector del diario ABC, autor del artículo «El Papa bueno», publicado en el diario de Madrid, ABC, el 11 de febrero de 2000.



En este primer certamen han participado más de 300 concursantes de España y América Latina.

Angelines Martín Descalzo, presidenta del Jurado, señaló que «se ha premiado a Santiago Castelo por la calidad literaria de su artículo, la actualidad del tema, el sentido eclesial que refleja, y la trayectoria y calidad periodística del mismo».

Santiago Castelo manifestó al recibir la noticia «la profunda emoción por recibir este premio, ya que me unía una entrañable amistad con José Luis Martín Descalzo, del que era mi amigo, confesor y confidente. Era un fervoroso de su obra; tanto es así que no falte nunca a sus estrenos y reestrenos».

La dotación del premio cuenta con 1.000.000 de pesetas, aportadas por las editoriales Edibesa, Sígueme, Prensa Española, la revista «Católicos del siglo XXI», así como algunos donantes anónimos, admiradores del sacerdote y periodista a quien está dedicado el premio.

Publicamos a continuación el artículo premiado.

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«El Papa bueno»

A veces el Espíritu Santo juega cariñosamente y nos depara sorpresas impensables a los pobres mortales. Eso debió suceder en aquel mes de octubre de 1958, cuando tras la muerte de Pío XII nos enteramos por la radio y por el ABC color verde y sepia de aquel entonces de la llegada al solio de San Pedro de un hombre bueno al que llamarían Juan. Pío XII era un hombre alto, delgado, de voz modulada -también entonces se oía muchísimo Radio Vaticano, casi tanto como Radio Andorra-, de ademanes corteses y lejanos. Juan XXIII irrumpió en nuestras vidas con una imagen distinta: era como un viejo párroco de pueblo, de sonrisa beatífica, con una cierta socarronería aldeana y unos ojillos vivos y penetrantes. Y esto porque lo veíamos en el No-Do.

De pronto, a nuestro paisaje de niños, la Iglesia, encarnada en aquel hombre de setenta y muchos años, se hacía más cercana, más íntima, y sí -por qué no decirlo- más humana. Supimos de su pueblo -Soto il Monte- y de sus hermanos campesinos y aquella serenidad de su mirada no sólo estaba presidiendo nuestras casas desde humildes almanaques ligeramente coloreados sino que se estaba enraizando en lo más hondo de los corazones. Los analistas de siempre dijeron que era un hombre viejo, que gustaba de la buena comida y que pasaría por la Historia de la Iglesia sin pena ni gloria. Listos andaban. Angelo Giuseppe Roncalli reinó en la Iglesia poco tiempo, es verdad: desde el día de San Carlos de aquel otoño de 1958 hasta el 3 de junio de 1963, un día en que recuerdo que llovía y los niños -ya adolescentes- bebimos nuestras primeras lágrimas. Apenas cinco años. Pero qué cinco años. Aquella sonrisa conciliadora, aquella bondad, como sus hechuras, desbordante, aquella sencillez de pueblo convocaron el Concilio Vaticano II y, como sin quererlo, aquel Papa campesino y bueno metió de lleno a la Iglesia en el aire de su tiempo. Sin necesidad de descomponer el gesto sereno hizo la más importante renovación de muchos siglos.

Ahora otro Papa, como él impresionante e irrepetible, Juan Pablo II que está entregando su vida entera en la ofrenda amorosa a la Iglesia, sin importarle dolores y sufrimientos, va a beatificarle. La noticia es un rebato a la alegría. Pero no nos coge de sorpresa. Cuando murió Juan XXIII todos sabíamos que era un santo.

Santiago Castelo
ABC, 11 de febrero de 2000