Saramago murió; Dios vive

Por monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas

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SAN CRISTÓBAL DE LAS CASAS, sábado, 26 de junio de 2010 (ZENIT.org).- Publicamos el artículo que ha escrito con el título "Saramago murió; Dios vive" monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas.


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Ha fallecido José Saramago, de origen portugués, premio Nóbel de Literatura, escritor prolífico y profundo, crítico de los sistemas, comprometido con los marginados, agudo para analizar los fenómenos sociales y políticos, libre para denunciar opresiones, fiel a sus convicciones marxistas. No podemos regatear sus méritos literarios y sociales.

Fue un ateo convencido y beligerante. Atacó acremente a nuestra fe, haciendo una interpretación tendenciosa e históricamente incompleta del cristianismo, de la Iglesia y de la práctica religiosa. Manifestó no tener fe en otra vida con Dios, como la esperamos los creyentes, pues rechazó la misma existencia de un Ser Superior. Esto le trajo dividendos de fama e ingresos económicos, con grandes espacios en medios de la misma tendencia. Ya murió, pero Dios, a quien él negó, no morirá jamás. Mueren famosos literatos, como moriremos todos, pero nuestra fe en un Dios vivo y trascendente nos sostiene en la esperanza. La vida tiene pleno sentido en El, con El y por El.

JUZGAR

¿A qué se debe el ateísmo? ¿Cuáles son sus raíces y sus diversas manifestaciones?

Al respecto, dijo el Concilio Vaticano II desde 1965: "La palabra ‘ateísmo' designa realidades muy diversas. Unos niegan a Dios expresamente. Otros afirman que nada puede decirse acerca de Dios. Los hay que someten la cuestión teológica a un análisis metodológico tal, que consideran como inútil el propio planteamiento de la cuestión. Muchos, rebasando indebidamente los límites de las ciencias positivas, pretenden explicarlo todo sobre esta base puramente científica, o por el contrario, rechazan sin excepción toda verdad absoluta. Hay quienes exaltan tanto al hombre, que dejan sin contenido la fe en Dios, ya que les interesa más, a lo que parece, la afirmación del hombre que la negación de Dios. Hay quienes se imaginan un Dios por ellos rechazado, que nada tiene que ver con el Dios del Evangelio. Otros ni siquiera se plantean la cuestión de la existencia de Dios, porque, al parecer, no sienten inquietud religiosa alguna y no perciben el motivo de preocuparse por el hecho religioso. Además, el ateísmo nace a veces como violenta protesta contra la existencia del mal en el mundo, o como adjudicación indebida del carácter absoluto de ciertos bienes humanos que son considerados prácticamente como sucedáneos de Dios.

Quienes voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios y soslayar las cuestiones religiosas, desoyen el dictado de su conciencia y, por tanto, no carecen de culpa. Sin embargo, también los creyentes tienen en esto su parte de responsabilidad. Porque el ateísmo, considerado en su total integridad, no es un fenómeno originario, sino un fenómeno derivado de varias causas, entre las cuales se debe contar también la reacción crítica contra las religiones y, ciertamente en algunas zonas del mundo, contra la religión cristiana. Por lo cual, en esta génesis del ateísmo, pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral o social, han ocultado, más bien que revelado, el genuino rostro de Dios y de la religión" (GS 19).

ACTUAR

Afirma el Concilio: "El remedio del ateísmo hay que buscarlo en la exposición adecuada de la doctrina y en la integridad de vida de la Iglesia y de sus miembros. A la Iglesia toca hacer presentes y como visibles a Dios Padre y a su Hijo encarnado en la continua renovación y purificación propias bajo la guía del Espíritu Santo. Esto se logra principalmente con el testimonio de una fe viva y adulta y el amor fraterno" (GS 21). "En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado" (GS 22).

Respetemos a los no creyentes, pero que éstos también nos respeten a nosotros. La mejor forma de contrarrestar el ateísmo, es cimentando nuestra fe en la Palabra de Dios y en la doctrina de la Iglesia, y sobre todo con nuestra coherencia de vida en la justicia, la verdad, la honestidad, el servicio fraterno, la opción por los pobres.