''Sé de quién me he fiado''

Reflexión teológico-pastoral de los obispos españoles con motivo del Día del Seminario

Madrid, (Zenit.org) Redacción | 1662 hits

Ofrecemos a los lectores la reflexión que los obispos españoes ofrecen con motivo del Día del seminario que tradicionalmente se celebra el Día de San José.

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“Y el fracaso nos abruma. El convencimiento de nuestra inutilidad es una losa de plomo que nos oprime y que nos amarga la existencia. La alegría huye entonces necesariamente del corazón sacerdotal. Vamos tirando, haciendo las cosas mecánicamente, pero sin que nuestro corazón se entusiasme por nada y sin que nada nos ilusione. Y nos pasamos la vida devorando en silencio nuestra amargura y lamentando el actual estado de cosas que nosotros no podemos vencer”.

Parecería que estas palabras han sido escritas por un sacerdote de nuestros días, abrumado por la tarea pastoral, preocupado por la escasez de vocaciones sacerdotales, incierto incluso sobre su propia identidad ante las nuevas formas de corresponsabilidad emergentes, incapaz en definitiva de anunciar el Evangelio a una sociedad posmoderna.

Sin embargo, tales palabras están fechadas el 24 de marzo de 1949 y son del entonces obispo de Solsona, monseñor Vicente Enrique y Tarancón, quien en pleno tiempo pascual había decidido dirigirse a sus sacerdotes mediante una carta pastoral titulada La alegría sacerdotal. Y es que, «nada hay nuevo bajo el sol» (Ecl 1, 9), salvo la gozosa certeza de que el sacerdote ha sido llamado, consagrado y enviado, de tal forma que con san Pablo puede decir: «¡Sé de quién me he fiado!».

Este es el lema que se ha elegido en este Año de la fe para el Día del Seminario. Las diferentes traducciones bíblicas en castellano nos ayudan a perfilar más si cabe las palabras del Apóstol: «Sé de quién me he fiado» (Sagrada Biblia de la CEE); «Yo sé bien en quien tengo puesta mi fe» (Biblia de Jerusalén); «Sé en quién he puesto mi confianza» (Biblia de la Casa de la Biblia).

También los títulos que se dan al fragmento en el que se contienen estas palabras, (normalmente 2 Tim 6-14), nos ayudan a comprender mejor su sentido: «Testimonio valiente del evangelio» (Sagrada Biblia de la CEE);

«La fortaleza permite soportar los sufrimientos» (Nuevo comentario bíblico San Jerónimo); «Fidelidad al evangelio» (Casa de la Biblia). Finalmente, todo un apartado del Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 150-152) lleva por título esta cita de san Pablo, «Yo sé en quién tengo puesta mi fe», desgranando estos números la profesión de fe en cada una de las Personas de la Santísima Trinidad.

Nos acercamos pues al corazón de la experiencia madura del Apóstol y del ministerio presbiteral. Monseñor Juan M.ª Uriarte indica que, entre otras características, el estilo presbiteral de orar ha de estar especialmente vinculado a la Palabra de Dios y, en ella, a «los “textos fundacionales” del ministerio ordenado en el Nuevo Testamento», ofreciendo una lista en la que aparece, por supuesto, 2 Tim 1, 6-14.

En este guion teológico-pastoral seguiremos una estructura muy sencilla, desde las palabras que componen la cita de san Pablo: “sé” – “de quién” – “me” – “he fiado”. Por tanto, 1) sabiduría, 2) Dios, 3) hombre (existencia sacerdotal) y 4) fe. Todo ello, desde algunas de las efemérides que el Señor nos regala en este Año de la fe a través de su Iglesia: el 50.º aniversario de la inauguración del concilio Vaticano II, el 20.º aniversario de la promulgación del Catecismo, el reciente doctorado de san Juan de Ávila o el último Sínodo de los Obispos, sobre “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”. Utilizaremos también los tres trascendentales medievales (Verdad, Bien y Belleza), pues responden a los anhelos más profundos del corazón del hombre. Por último, nos ayudarán también las tres realidades que el Sínodo Extraordinario de los Obispos celebrado en 1985 utilizó para definir el legado del Vaticano II: comunión, misterio y misión.

(“Yo”) Un presupuesto quizás no tan obvio: la fe como alabanza y conversión

Cuando en la escuela teníamos que analizar morfosintácticamente alguna frase siempre aparecía un personajillo que se nos resistía y nos daba mil quebraderos de cabeza, en el mejor de los casos; un cero y la reprimenda de nuestros padres y profesores en el peor: aquellos dichosos sujetos elípticos u omitidos… Así nos pasa con el lema de este año… ¿Sé de quién me he fiado? Pero, ¿quién es el sujeto de esta frase? Ah, ¿está omitido? ¡Si es un “yo”! Pues, cuidado, porque con la fe, con el ministerio presbiteral, puede pasar algo parecido…

Los cristianos, ¿tenemos realmente fe? Un presbítero de la Iglesia, ¿tiene fe? Porque ya nos ha advertido Benedicto XVI que con frecuencia nos preocupamos mucho por las consecuencias públicas de la fe, dando por descontado que hay fe, lo cual, por desgracia, es cada vez menos realista. Quizás hemos confiado demasiado en las estructuras y en los programas pastorales, en la distribución y en los organigramas, pero, ¿qué pasará si la sal se vuelve sosa? (cf. PF 2). Así pues, tenemos que dejarnos interpelar por el Señor: «Cuando venga el hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lc 18, 8). Quizás nos ayude este pequeño relato, inspirado en los evangelios catecumenales del ciclo A del Leccionario cuaresmal, el tiempo litúrgico que estamos viviendo.

Érase una vez un presbítero que quiso prepararse para celebrar la gran fiesta de la Pascua. Y, vestido de saco y de ceniza, consciente de sus propias debilidades, se dispuso a seguir un itinerario de cuarenta días.

A lo largo de la primera semana fue tentado en medio del desierto de la indiferencia y el desaliento, pero el Señor le visitó, le habló al corazón, le enamoró de nuevo y, así, pudo continuar su camino.

Sin embargo, un nuevo peligro le acechaba al comenzar la segunda semana: había visto al Señor transfigurado, había contemplado algo de su gloria; tan a gusto se estaba allí, que no le quedaban ganas a nuestro hermano de bajar del Tabor y ponerse a expulsar demonios. Y el Señor le advirtió: “Mira, primero tengo que morir y resucitar de entre los muertos, y tú conmigo. Y solo después entrarás en mi gloria”.

Llegó la tercera semana, el sol apretaba, y el presbítero, sediento de experiencias nuevas, se había dejado llevar por los ídolos. Y el Señor se acercó de nuevo a él, le hizo ver su propia verdad y le prometió los torrentes del agua viva del Espíritu, que es la única y auténtica novedad en la Iglesia.

Pero no fue suficiente: la mitad del camino recorrido, ese camino agobiante en medio del mundo, había sido suficiente para cegar al presbítero y minar su confianza. Y, en la cuarta semana, una duda martilleaba su cabeza e inquietaba su corazón: “¿pequé yo o pecaron los que vinieron antes que yo?; ¿quién es el responsable o los responsables de la actual situación eclesial?”. Una vez más, el Señor dijo e hizo. “Ni pecaste tú ni tus ancianos, sino que esto es para que se manifieste la gloria de Dios”. Y no es que hiciera algo mejor, sino que ¡hizo algo nuevo!: disipó las tinieblas y sus manos abrieron los ojos del presbítero, que pudo exclamar: “¡Creo, Señor!”.

Así las cosas, llegó la quinta semana y el tentador sembró en el corazón del presbítero la duda acerca del valor y el sentido de la propia vida; el valor y el sentido de las vidas de aquellos a quienes amamos; el valor y el sentido de las vidas más inocentes, las de los pobres de la tierra. La respuesta interpeladora que se escuchó entonces ya no dejaba lugar a dudas: “Yo soy la resurrección y la vida.

¿Crees esto?”. Y el presbítero le contestó: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.

La Cuaresma terminaba y aquel presbítero creyó que ya estaba listo para comer la antigua Pascua. Pero el Señor le sorprendió una vez más, pues le hizo una última pregunta, la más difícil y personal de todas: “¿Quieres subir conmigo a Jerusalén? Solo así podrás comer la Pascua nueva y eterna...”.

Moraleja: la fe es don y tarea, agradecimiento y conversión permanente, cara y cruz de una misma moneda: la fe.

«En efecto, por gracia estáis salvados, mediante la fe. Y esto no viene de vosotros. Es don de Dios. Tampoco viene de las obras, para que nadie pueda presumir» (Ef 2, 8-9). Asumamos, pues, la fe como alabanza y conversión permanentes y veamos en estas dos actitudes la piedra de toque de nuestra fidelidad.

La adoración, la alabanza y la bendición son el mejor antídoto contra nuestro egoísmo, porque le devuelve a Dios el puesto que se merece en nuestra vida, nos descentran para centrarnos en él. Y si no nos lo acabamos de creer, oremos con tantas plegarias del libro de los Salmos y escuchemos también al Vaticano II y al Catecismo de la Iglesia Católica: «La fe por la cual se cree en Cristo produce frutos de alabanza y de acción de gracias por los beneficios recibidos de Dios» (UR 23). «Adorar a Dios es alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo, como hace María en el Magníficat, confesando con gratitud que Él ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo (cf. Lc 1, 46-49)» (n. 2097).

Por otra parte, al igual que la alabanza, la conversión nos vuelve siempre hacia el Señor. Cuando don Pedro Guerrero es elegido arzobispo de Granada, san Juan de Ávila le escribe una larga y afectuosa carta para «darle el parabién de la elección de prelado, significándole las obligaciones que le tocan, y dale avisos para el gobierno». ¿Y cuál es la primera de las cosas que se atreve a apuntarle?: «Lo primero, que vuestra señoría se convierta de todo su corazón al Señor» (Carta 177). Y nuevamente el Concilio nos recuerda que «la Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación […], y a los creyentes les debe predicar continuamente la fe y la penitencia» (LG 8, SC 9).

“Sé”: sabiduría versus ciencia (la Verdad como comunión)

Que nadie se llame a engaño. No se trata de volver a la época de las cavernas, ni de anular la Ilustración. Pero, dicho sea de paso, basta ya de demagogias baratas y de clichés estereotipados. Si la Edad Media hubiera sido una época bárbara y oscura, ¿cómo se explica el milagro de la luz de las catedrales góticas, por ejemplo?

Por lo tanto, hay una sabiduría que no es de este mundo, que no es ciencia, sino experiencia: «pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado» (1 Cor 2, 2). Y es precisamente esta sabiduría que viene de arriba —«porque todo buen regalo y todo don perfecto viene de arriba, procede del Padre de las luces» (Sant 1, 17)—, es esta sabiduría la que desenmascara toda ideología y la que se complementa con la investigación científica y la humaniza, poniéndola al servicio del hombre y no al contrario.

Por eso, en su primera encíclica, aquel papa al que algunos se habían encargado de dar tan mala prensa —porque la Iglesia es a día de hoy la única instancia capaz de ofrecer una esperanza fiable y no interesa un papa sin pelos en la lengua— daba en el clavo al escribir: «Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (DCE 1).

Ser cristiano, ser sacerdote, no es cumplir una serie de normas o ser bueno o saber mucho, sino experimentar al Señor vivo y resucitado, hacer experiencia de su Pascua, de su paso por nuestras vidas. Es la comunión de todo el Pueblo de Dios, que celebra como cuerpo de Cristo, que se

presenta ante el mundo como Templo de piedras vivas animado por el Espíritu Santo. Es «la Casa con mil puertas», como decía el himno de la pasada JMJ de Madrid, para que cuantos más puedan entrar y descubrir lo que nosotros ya sabemos, por haberlo vivido en primera persona (del singular y del plural).

Dicho esto, ¡claro que la fe es razonable! Y por eso es necesario formarse uniendo fe, vida, espiritualidad y teología, porque como dicen nuestros hermanos del oriente cristiano: “todo aquel que reza es ya un teólogo”. La mística teología de un san Juan de la Cruz, o la ciencia del divino amor de una santa Teresita del Niño Jesús nos recuerdan que la ciencia de la fe y la ciencia del amor van inseparablemente unidas, pues ambas se convierten en la sabiduría del corazón, en la teología de los santos (cf. F. Lethel). Entonces, «la teología se convierte en meditación, oración y canto de alabanza, e incita a una sincera conversión» (Benedicto XVI).

En su Memorial segundo al concilio de Trento, san Juan de Ávila escribe lo siguiente acerca de la teología que se debe enseñar en las universidades y seminarios de su tiempo: «La teología que escriben santos y que es sólida y en la que concuerdan unos con otros se debe preferir a la que estas condiciones no tiene […] aunque en particular pueda cada uno leer otros buenos autores que hay». Y por si esta referencia nos pareciera anacrónica, acudamos al Concilio y veamos cómo tanto Presbyterorum Ordinis como Optatam totius, y más recientemente Pastores dabo vobis, invitan a considerar la formación sacerdotal —inicial o permanente— a la luz de la fe y sostenida por una adecuada vida espiritual (cf. PO 18-19; OT 15-16; PDV 51-56).

No se trata de saber mucho, «porque no el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente» (san Ignacio de Loyola, EE 2), pero sí de saber estar a la altura de las circunstancias. Estar in-formados, de tal forma que a pesar de las múltiples ocupaciones pastorales —dicho sea de paso, la pastoral no es un método, sino un arte, un saber—el sacerdote saque tiempos de calidad para la formación y esté al día, de modo que curso tras curso pueda decir: «He leído un buen libro de teología, he orado con un buen libro de espiritualidad, he trabajado el ABC (Aficiones personales, Biblia, Catecismo)».

Por último, la Verdad es comunión, y recuperar esta Verdad, esta sabiduría, se hace hoy especialmente necesario frente a la «dictadura del relativismo» (Benedicto XVI) y frente a la falta de comunión interna. En el prólogo de su libro La Verdad es sinfónica, H. U. von Balthasar escribió en 1972 unas palabras que no han perdido actualidad:

Se habla hoy mucho de pluralismo. Pero es legítimo preguntarse si ha habido una época menos pluralista que la que estamos viviendo. En la actual crisis de la Iglesia, los programas y las consignas habituales, por más dispares que sean, se presentan en cada caso como una panacea. La verdad cristiana es sinfónica. Proclamarlo a los cuatro vientos y tenerlo siempre presente nos parece quizá la tarea más necesaria del momento actual. Pero la sinfonía no supone en modo alguno una armonía almibarada y sin tensiones. La música más profunda y sublime es siempre dramática, es acumulación y resolución (a un nivel más elevado) de tensiones, de conflictos. Pero la disonancia no tiene nada que ver con la cacofonía. Tampoco es el único medio de poner en marcha la tensión sinfónica.

Puesto que la sabiduría nos remite a la Verdad y esta Verdad es Jesucristo, dicha Verdad sinfónica ha de ser propuesta, nunca impuesta, con humildad pero con fuerza. Ha de ser propuesta frente al oscurecimiento de la verdad y el igualitarismo absurdo de opiniones en nuestra sociedad. Ha de ser propuesta frente a la tentación de mordernos y devorarnos unos a otros, destruyéndonos mutuamente en la comunión de la Iglesia (cf. Gál 5, 15).

“De quién”: Dios versus ídolos (el Bien como misterio)

Imaginémonos una casa de dos pisos, el primero de ellos es la razón, el segundo la fe, porque ambas son, con palabras de Juan Pablo II en el prólogo de Fides et ratio, «como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad». Pues bien, fruto de un largo proceso, la escolástica encontró la manera de comunicar ambos pisos, construyó la escalera entre ambas. Pero, a medida que fue pasando el tiempo, el camino se cegó de nuevo, hasta que llegamos al Vaticano I y nos encontramos con las definiciones dogmáticas de un Dios al que podemos acceder por la razón, pero esto era insuficiente… Y de igual forma que aquel concilio inclinó el platillo de la balanza hacia el papado y faltaba el contrapeso del episcopado, era necesario un Vaticano II que, junto al acceso a Dios por la razón, insistiera en la gratuidad, el asombro y la novedad de la revelación.

Pero, y ¿quién es este Dios? Pues, la gran noticia, «¡Dios es amor!» (1 Jn 4, 8). ¡Dios como misterio! Dios trinidad y comunión, Dios que habla a los hombres como amigos (cf. DV 2), sin que nunca nos acostumbremos a este Dios que nos habla (cf. VD 4). «El Dios que dijo: brille la luz en el seno de las tinieblas ha brillado en nuestros corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo» (2 Cor 4, 6). «Fuego. Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no de los filósofos y de los sabios. Certeza, Certeza. Sentimiento. Alegría. Paz. Dios de Jesucristo» (B. Pascal).

Y Congar aseguraba que él debía a la liturgia la mitad de la teología que sabía. En el precioso resumen de la historia de la salvación que se contiene en la Plegaria eucarística IV, el sacerdote descubre fehacientemente quién es este Dios de quien se ha fiado. Este es el Dios cristiano. No es el Dios caricaturizado o idolátrico que cada uno nos formamos, no es el Dios que cada uno fabricamos arrancando unas páginas de nuestra Biblia y quedándonos solo con otras, no es el Dios de los gurús de la Nueva Era, no es el Dios vengativo y justiciero al que hay que aplacar con sacrificios incluso humanos (!), ni tampoco el panteón politeísta de los muchos que en el mundo ha habido y todavía hay. ¡Es el Dios de Jesucristo!

Esta ha sido y es la cuestión central del magisterio de Benedicto XVI, la cuestión de Dios. Ya en su homilía de comienzo de pontificado el Papa lo explicaba así:

En la misión de pescador de hombres, siguiendo a Cristo, hace falta sacar a los hombres del mar salado por todas las alienaciones y llevarlo a la tierra de la vida, a la luz de Dios. Así es, en verdad: nosotros existimos para enseñar Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Solo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida. No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. La tarea del pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo.

Él mismo recordaría más tarde en la JMJ de Sidney (2008) que «muchos sostienen que a Dios se le debe “dejar en el banquillo”». Y tres años antes, en la JMJ de Colonia, había ya advertido:

En numerosas partes del mundo existe hoy un extraño olvido de Dios. Parece que todo marche igualmente sin él. Pero al mismo tiempo existe también un sentimiento de frustración, de insatisfacción de todo y de todos. Dan ganas de exclamar: junto al olvido de Dios existe como un boom de lo religioso. No quiero desacreditar todo lo que se sitúa en este contexto. Puede darse también la alegría sincera del descubrimiento. Pero, a menudo la religión se convierte casi en un producto de consumo. Se escoge aquello que agrada, y algunos saben también sacarle provecho. Pero la religión buscada a la «medida de cada uno» a la postre no nos ayuda. Es cómoda, pero en el momento de crisis nos abandona a nuestra suerte.

Y terminaba diciendo el Papa: «Ayudad a los hombres a descubrir la verdadera estrella que nos indica el camino: Jesucristo», pues como nos recordaba también el Concilio al tratar de la génesis del ateísmo, los propios creyentes hemos podido tener parte no pequeña de culpa al velar más bien que re-velar el genuino rostro de Dios y de la religión (cf. GS 19).

Este es el Dios vivo y verdadero, el Dios que hacía vibrar y emocionarse al Maestro Ávila hasta el punto de quebrar el discurso de su pluma y prorrumpir espontáneamente en oraciones como esta: «¡Y tanto

deseo tienes de verme y abrazarme, que, estando en el cielo con los que tan bien te saben servir y amar, vienes a este que sabe muy bien ofenderte y muy mal servirte! ¡Que no te puedes, Señor, hallar sin mí! ¡Que mi amor te trae! ¡Oh, bendito seas, que, siendo quien eres, pusiste tu amor en un tal como yo!» (Carta 6).

No en vano escribió nuestro santo una pequeña joya titulada Tratado del Amor de Dios y cuya intención así declara: «La causa que más mueve el corazón al amor de Dios es considerar profundamente el amor que nos tuvo Él, y, con Él, su Hijo benditísimo, nuestro Señor. […] Pues veamos agora, Señor, si Vos nos amáis; y si es así que nos amáis, qué tanto es el amor que nos tenéis» (n. 1). Y he aquí la pregunta que el santo formula en un sermón kerigmático, pregunta que jamás debiéramos dejar de hacer ni de hacernos: «¿Conoces a Dios, hermano? Di, ¿ha topado Dios contigo?» (Sermón 32).

Ante otra pregunta, esta vez la del joven rico, Jesús responde: «¿Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno» (Mt 19, 17). Es necesario que hoy recuperemos el Bien como misterio. Para algunos lo único atractivo de la Iglesia son sus obras de caridad; para otros, son precisamente sus bienes lo que constituyen un escándalo. Pero las obras y los bienes han de ser explicados, porque la revelación está entretejida de hechos y palabras íntimamente relacionados entre sí (cf. DV 2).

Cuenta el famoso sacerdote holandés y escritor de libros de espiritualidad H. J. M. Nouwen lo siguiente: «En cierta ocasión, hace unos cuantos años, tuve la oportunidad de conocer a la madre Teresa de Calcuta. En aquellos momentos me debatía yo con muchos problemas y decidí aprovechar la ocasión para pedir consejo a la madre Teresa. En cuanto nos sentamos, me puse a explicarle todos mis problemas y dificultades, tratando de convencerla de lo complicado que era todo ello. Cuando, al cabo de diez minutos de elaborada explicación, me callé al fin, la madre Teresa me miró y me dijo tranquilamente: “Bueno, cuando pase una hora al día adorando a su Señor y no haga nunca nada sabiendo que es malo..., estará usted bien”».

Tengamos la valentía de recuperar el Bien como misterio, incluso como apunte para la pastoral vocacional. ¡Cuántos sacerdotes han balbuceado quizás su primera llamada vocacional como una disposición a hacer el bien y servir a los demás, descubriendo después su respuesta consciente a la llamada de Cristo! «”Señor, ¿por qué precisamente a mí?” Pero el amor no tiene un “porqué”, es un don gratuito al que se responde con la entrega de sí mismo» (Benedicto XVI). Recuperemos, por tanto, el Bien como misterio. ¡Cuántos anhelos y obras de amor, de paz, de justicia, de libertad, de belleza, de verdad, de alegría! Y a partir de ahí vayamos al misterio, expliquemos quién es el Dios de Jesucristo. Esto no es un moralismo, no es anunciar los valores del Reino, sino aquel en quien el reino de Dios se ha acercado a nosotros, porque el reino de Dios, como ya apuntó Orígenes, es ¡el mismo Jesucristo!

“Me”: presbítero versus super-apóstol (la Belleza como misión)

Ya dijimos que el sujeto de la frase «sé de quién me he fiado» estaba omitido. Es el «yo», el yo sacerdotal. Pero ocurre una cosa curiosa, y es que, en castellano, el verbo es reflexivo: “fiar-se”, yo “me” fío. Esta pequeña peculiaridad filológica quizás no tenga que pasar tan desapercibida para nosotros, pero antes detengámonos brevemente en la identidad del presbiterado. El concilio Vaticano II indicó que «el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no solo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo» (LG 10). Con esto —y con Presbyterorum Ordinis— parecía quedar salvaguardada la identidad sacerdotal, si bien nadie podía prever la crisis sacerdotal posconciliar. En cualquier caso, a los cincuenta años del Vaticano II se puede decir que hay una sana teología del ministerio ordenado y un amplio repertorio de literatura de espiritualidad sacerdotal.

La identidad del presbítero se configura sacramentalmente por la ordenación y su yo es expropiado al servicio de la Iglesia (in persona Christi / in nomine Ecclesiae), de tal modo que, como reza el Proemio de Presbyterorum Ordinis, «los presbíteros, por la ordenación sagrada y por la misión que reciben de los obispos, son constituidos para servir a Cristo Maestro, Sacerdote y Rey, de cuyo ministerio participan, por el que la Iglesia se constituye constantemente en este mundo Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo».

Esto significa todo un proyecto de vida, el mismo que la del Señor, una “pro-existencia” diría el exégeta H. Schürmann. Quizás no sea solo por casualidad que san Pablo cite precisamente estas palabras del Señor en su discurso de despedida a los presbíteros de Éfeso: «Hay más dicha en dar que en recibir» (Hch 20, 28). En efecto, «la ordenación sacerdotal no se administra como un medio de salvación para el individuo, sino para toda la Iglesia. Solo Cristo es el verdadero sacerdote, los demás son ministros suyos» (santo Tomás de Aquino).

El presbítero vive en humildad y con una obediencia responsable y voluntaria, abrazando el don del celibato por amor a Cristo así como una pobreza apostólica (cf. PO 15-17). Y puesto que vida y ministerio se implican mutuamente —y todos los cristianos estamos llamados a la santidad por la unión íntima con Cristo (cf. LG 39-42; CEC 2013-2014)— los presbíteros se santificarán por el ejercicio sincero e infatigable en el Espíritu de Cristo del propio ministerio (cf. PO 13).

Por último, «quien cree, nunca está solo» (Benedicto XVI), así que no se nos olvide tampoco que el presbítero está llamado a la comunión jerárquica con el obispo diocesano como padre y pastor (cf. PO 7), es co- presbítero (cf. 1 Pe 5, 1-4) y se inserta en la fraternidad sacramental de un presbiterio diocesano (cf. PO 8), atento también a discernir los carismas de los laicos en las diferentes formas de corresponsabilidad que se puedan desarrollar (cf. PO 9). En su libro autobiográfico ¡Levantaos! ¡Vamos!, Juan Pablo II cuenta que solía hacerse dos preguntas junto a sus colaboradores ante cualquier decisión pastoral: «La primera: ¿cuál es la verdad de fe que ilumina este problema? Y la segunda: ¿a quién podemos recurrir o preparar para resolverlo? Encontrar la motivación religiosa para actuar y la persona adecuada para llevar a cabo una determinada tarea era un buen comienzo, que daba buenas esperanzas de éxito a las iniciativas pastorales».

Volvamos ahora a ese pequeño detalle gramatical. El “yo” y el “me” bien pueden recordarnos que el presbítero es antes que nada un cristiano, y que la calidad de su sacerdocio ministerial dependerá también de la calidad de cómo viva su condición de bautizado, sin que se pueda ni se deba dar nada por supuesto.

Es muy iluminador en este sentido el siguiente testimonio personal del sacerdote italiano M. Camisasca: «Si me fijo en lo que he vivido, no tengo dudas: el sacerdote es un hombre elegido por Dios entre el resto de los hombres para ser instrumento de su misericordia hacia ellos». Y se pregunta: «¿Dónde encontrará el valor, la fuerza espiritual para volver una y otra vez hacia el hombre? ¿Dónde encontrará la energía para replegarse constantemente sobre nuevas heridas sin caer en un cansancio infinito o, peor aún, en la desilusión del alma, que puede llevar hacia la desazón y al final hacia al escándalo?». La respuesta no puede ser otra: «Únicamente en la certeza de ser alguien con quien se ha tenido misericordia. Con quien se tiene constantemente».

Solo aquel presbítero que haya descendido a los propios infiernos y haya muerto y resucitado con Cristo, solo él podrá cantar realmente el pregón pascual —«¡oh, feliz culpa que mereció tal y tan grande Redentor!»— y anunciar realmente el amor de Dios (cf. Rom 31-39), narrando su propia vida como historia de salvación. Y podrá decirle con autenticidad a su interlocutor: «Llora Jesucristo porque tú te rías; llora porque tú te descanses; llora por tu consuelo; llora en la tierra porque tú vayas al cielo; llora por el perdón de tus pecados y porque te llegues a él y no le ofendas» (san Juan de Ávila, Sermón 32).

Como los Padres sinodales señalaron el año pasado en el Mensaje al Pueblo de Dios tras el Sínodo sobre la Nueva Evangelización, «la misión de la Iglesia no se dirige a un territorio en concreto, sino que sale al encuentro de la pliegues más oscuros del corazón de nuestros contemporáneos, para llevarlos al encuentro con Jesús, el Viviente que se hace presente en nuestras comunidades». Por eso, seguían diciendo, «La obra de la nueva evangelización consiste en proponer de nuevo al corazón y a la mente, no pocas veces distraídos y confusos, de los hombres y mujeres de nuestro tiempo y, sobre todo a nosotros mismos, la belleza y la novedad perenne del encuentro con Cristo».

En efecto, nadie da lo que no tiene. Una vez más, el sacerdote puede acudir a la experiencia de un san Pablo. Lo suyo es ser presbítero, no uno de esos super-apóstoles con los que el Apóstol se encuentra en Corinto: nada de intelectualismos ni de grandilocuencias, sino la locura de la sabiduría de la cruz (cf. 1 Cor 2, 6-4, 21); nada de recomendarse o anunciarse a sí mismo o de atribuirse a las propias fuerzas los éxitos pastorales («de ahí que un signo para reconocer a un auténtico sacerdote sea el asombro humilde ante su propia vocación» dice el n. 250 del Youcat), sino solo gloriarse en el Señor (cf. 2 Cor 10, 12-18); nada de predicar un Jesús diferente o un evangelio distinto (¡eso es de alguna forma un egocentrismo narcisista enmascarado!), sino ser fieles al nosotros eclesial (cf. 2 Cor 11, 4).

Todo esto supone la gozosa experiencia pascual de muerte y resurrección, de experimentar la fuerza en la debilidad. Solo así es posible permanecer arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe (cf. Col 2, 7). El Señor susurra al oído de cada sacerdote: «Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad» (2 Cor 12, 9). Y cada uno, lleno de fe y confianza, podrá asegurar: «Por eso vivo contento en medio de las debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte« (2 Cor 12, 9-10).

Pero tampoco pueden los presbíteros ser ingenuos. No pueden olvidar que son personas —es decir, cuerpo, alma y espíritu (cf. 1 Tes 5, 23)—, y ello significa que deben también cuidarse integralmente. Esta es la antropología adecuada que nos ha legado Juan Pablo II con su “Teología del cuerpo”. Cuidarse, dejarse cuidar y que se cuide de ellos. Sin sujeto no hay ni cristiano ni presbítero; sin una salud acorde a la edad, sin una sana piscología, sin una profunda vida espiritual, algo empezará a fallar y quizás ni el propio sacerdote se dé cuenta, ni tampoco quienes le rodean…

No se le escaparían estos detalles al Maestro Ávila. Gran parte de su epistolario va dirigido a sacerdotes y religiosos, exhortándoles, sosteniéndoles, aconsejándoles, incluso en los más pequeños detalles, de horarios, comidas, lecturas, etc. Tenemos también su Tratado sobre el sacerdocio, sus Memoriales al Concilio de Trento, sus Pláticas y homilías de tema sacerdotal, etc. En tan alta estima tiene el “oficio sacerdotal” que lo pone por encima de los ángeles y aún por encima de la mismísima Virgen María.

A los sacerdotes los llama «confesores, que es oficio de hacer buenos y sanar llagas de ánimas», «predicadores de la Palabra de Dios, medio para engendrar y criar hijos espirituales», «padres y pastores»,

«ayudadores de Dios mediante su oración», «no solo el cura es médico y maestro, mas también es juez», «y también le conviene el oficio de ser atalaya». «Esto, padres, es ser sacerdotes: que tengan experiencia que Dios oye sus oraciones y les da lo que piden y tengan tanta familiaridad con él» (Plática 1). «Y ansí, en ordenándoos, sois candela que habéis de dar lumbre» (Plática 6).

El príncipe cristiano Mishkin aseguró en una ocasión que «la belleza salvaría al mundo», lo cual le vale la duda y la burla de otro de los personajes de la obra El idiota de F. Dostoyevsky: «¿Qué clase de belleza será la que salve al mundo?». Los cristianos sabemos cuál es la respuesta del príncipe: Jesucristo, que es el más bello de los hombres (cf. Sal 45, 3). Es el buen y bello pastor (cf. Jn 10, 11) porque el adjetivo griego kalós significa ambas cosas, el Bien y la Belleza se identifican.

El presbítero entonces tendrá que asumir la Belleza no solo como identidad, sino también como misión. Su tarea será abrir el corazón de nuestros contemporáneos a la belleza del amor crucificado, porque en este mundo no ha habido gesto más bello que el del Hijo del hombre abriendo sus brazos para abrazar a toda la humanidad herida por el pecado y la muerte.

Su tarea será también devolver la belleza a cada hombre y a cada mujer a los que el pecado ha afeado y ensuciado, borrando en ellos la imagen y semejanza de Dios, como bien sabía aquel sacerdote de la posguerra italiana cuando escribía: «Nosotros, los curas, tenemos por único sentido de la vida contentar al Señor y demostrarle que hemos comprendido que cada alma es un universo de dignidad infinita» (Lorenzo Milani). Y es que «el hombre es el camino cotidiano de la vida de la Iglesia» (Juan Pablo II), y la belleza de la antropología cristiana es el gran tesoro que hemos de ofrecer como contenido de la nueva evangelización, pues sabemos «que cuanto uno mirare a Jesucristo, tanto será mejor hombre» (san Juan de Ávila, Carta 12).

La belleza no es estática sino extática, es decir, dinámica, hace salir de sí mismo en un éxodo casi inconsciente que remite al que es la Belleza en persona, el Amor en persona. Por eso, en la nueva evangelización aparecen nuevos lenguajes y también nuevos areópagos (MCS, artes, afectividad y sexualidad, derechos humanos, diálogo fe- cultura, cuidado de la creación, etc.) que invitan a descubrir la belleza de la Palabra anunciada, de la liturgia celebrada, de la comunión vivida, de la diakonía ofrecida. Frente al utilitarismo práctico y consumista, la belleza de la gratuidad, la belleza como misión, porque «nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él» (Benedicto XVI).

“He fiado”: la fe presbiteral como caridad pastoral

Llegamos al final de nuestro recorrido. Curiosamente nos ha quedado un prosaico “he fiado”, como si el sacerdote le firmara un cheque en blanco al Señor o le diera de lo suyo a la espera de que él se lo devuelva… ¡Y vaya si lo hace! El ciento por uno, y vida eterna —con persecuciones apunta Mc 10, 30— pero el ciento por uno al fin y al cabo.

«¡Oh, bendita sea tu misericordia, Señor mío, que tan caro te costó lo que ahora tan de balde se da» exclamará el Maestro Ávila (Sermón 32).

El caso es que cada uno de los sacerdotes a lo largo y ancho del mundo se ha fiado («Sé de quién me he fiado») y puede seguir diciendo con el Apóstol:«y estoy firmemente persuadido de que tiene poder para velar por mi depósito hasta aquel día» (2 Tim 1, 12-13). Este depósito no es otro sino el depósito de la fe, que Pablo ha recibido y que, a lo largo de toda la carta, pide a su discípulo Timoteo que conserve íntegro y que, a su vez, transmita.

Esta fe se concreta para el presbítero, ante la multiplicidad de tareas, ante el riesgo de la dispersión de vida, ante la tentación de la herejía del activismo o del espiritualismo, ante la tentación de convertirse en un funcionario o en un profesional de lo religioso, en el amor del buen pastor, pues «El apacentar la grey del Señor es una función de amor» (san Agustín).

En efecto, mediante la caridad pastoral, «los presbíteros conseguirán la unidad de su vida uniéndose a Cristo en el conocimiento de la voluntad del Padre y en la entrega de sí mismos por el rebaño que se les ha confiado (cf. 1 Jn 3, 16). De esta forma, desempeñando el papel del Buen Pastor, en el mismo ejercicio de la caridad pastoral encontrarán el vínculo de la perfección sacerdotal que reduce a unidad su vida y su ministerio» (PO 14; cf. PDV 23). Esta caridad pastoral, sigue diciendo el Concilio, fluye sobre todo de la eucaristía y se alimenta de la oración. Encuentra su certificación auténtica en el cumplimiento de la voluntad de Dios, que es inseparable de la fidelidad a la misión de la Iglesia. Y el fruto de todo ello será la alegría apostólica.

Pero es que además esta alegría testimoniada como gozo pascual será fuente de nuevas vocaciones al sacerdocio (cf. PO 11). Llegamos así a la pastoral vocacional, lo que un sacerdote ha denominado «la preocupación por los sucesores». También en esto cada sacerdote, cada comunidad cristiana, cada diócesis, la Iglesia entera en definitiva, tiene que vivir de ese: «Sé de quién me he fiado», máxime en este Año de la fe, sabiendo que el Señor siempre cumple sus promesas: «Os daré pastores según mi corazón» (Jer 3, 15).

Pero como la vocación también se transmite por contagio, junto a la oración y al trabajo pastoral, será necesario este testimonio alegre y gozoso que acabamos de mencionar. Nuevamente en palabras de san Juan de Ávila: «Lo que se os puede decir, hermanos, es que si sois clérigos, habéis de vivir, hablar y tratar y conversar, de tal manera que provoquéis a otros a servir a Dios» (Plática 6). Valgan también estas palabras con las que terminan uno de los libros sobre teología del sacerdocio más conocido de nuestro tiempo.

En el sacerdote tendrá que verse que el reino de Dios es “el tesoro escondido en el campo” y “la perla preciosa” por la que hay que entregar todo lo que se tiene, no con la actitud de una sombría y triste renuncia, sino con la alegre certeza de estar consiguiendo algo mucho mejor. El estar profundamente subyugado por Jesucristo y por su evangelio, y el sentirse fascinado por la vocación a la misión, apremia a entregarse «con toda alegría», como se dice en la Sagrada Escritura; a jugárselo todo a una sola carta. Y precisamente que el evangelio es en verdad fascinante, algo por lo que vale la pena empeñarlo todo, habrá que verlo palpablemente en la vida del sacerdote y constituirá también un gran atractivo para sus potenciales sucesores (G. Greshake).

Y todo esto por la fe (cf. Heb 11, 3-40). En definitiva, ya sea la definición de fe que aparece en Heb 11, 1, o la del catecismo del padre Astete o del padre Ripalda, o la del Catecismo de la Iglesia Católica, o los siete rasgos de la misma que aparecen en el Youcat, todas ellas serán complementarias. Serán más o menos intelectuales, más o menos existenciales, pero conjuntándolas siempre serán imprescindibles estos cuatro elementos, que son los cuatro pasos que previamente hemos recorrido hasta llegar hasta aquí (fidelidad, razonabilidad, confianza, libertad):

Fidelidad: la fe es la experiencia de nuestra alabanza y conversión cotidianas.

Razonabilidad: la fe es una sabiduría en la que la Verdad aparece como comunión.

Confianza: la fe es confianza en un Dios que se nos revela como el único Bueno, permaneciendo al mismo tiempo como misterio.

—Libertad: la fe es la respuesta libre a una llamada en la que el sujeto se siente necesitado de comunicar a los demás su experiencia, haciendo suya la Belleza por misión.

Son muchísimas las referencias a la fe que encontramos entre los escritos de san Juan de Ávila. Fray Luis de Granada lo retrata precisamente como hombre de fe: «La hacienda con que se sustentaba era la fe y confianza muy firme que tenía en la Providencia paternal de nuestro Señor» (Vida del Padre Maestro Juan de Ávila, p. 2ª n. 3).

En uno de sus sermones, exclamará el maestro Ávila: «¡Oh, bienaventurado aquel que entiende qué cosa es fe!» (n. 5). Y en otro de sus escritos define así la fe: «la fe es la primera reverencia con que el ánima adora a su Criador, sintiendo de él altísimamente, como de Dios se debe sentir. Porque aunque algunas cosas de Dios se pueden por razón alcanzar, las cuales llama san Pablo lo manifiesto de Dios (Rom 1, 19); mas los misterios que la fe cree, no puede la razón alcanzar cómo sean. Y por eso se dice que cree la fe lo que no ve, y adora con firmeza lo que a la razón es escondido» (Audi, filia, 31, 2).

Más escasas son, en cambio, las veces que utiliza la cita «Sé de quién me he fiado». Un total de cinco veces, una en un “Sermón sobre la purificación de nuestra Señora” y las cuatro restantes en cartas, cuyos destinatarios están todos ellos pasando por la prueba de la persecución. El Maestro Ávila les escribe para consolarles. Tales son tres señoras y el religioso predicador Fr. Alonso de Vergara. A este último le dice, y con sus palabras concluimos, lo siguiente: «Ofrezca, padre, su vida y honra en las manos del Crucificado, y hágale donación de ella, que Él la porná en cobro, como ha hecho a otros: Yo sé a quien creí, dice san Pablo (2 Tim 1, 12). Y no le fue mal por ello».