Secuestrado el sacerdote italiano que denunció a las mafias del sexo

Liberado tras ser amenazado por su obra en el centro «Regina Pacis»

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LECCE, 6 feb 2001 (ZENIT.org).- El padre Cesare Lodeserto, coordinador del centro diocesano «Regina Pacis» de Lecce, que acoge a inmigrantes clandestinos de los países del Este llegados a esta costa del Adriático, ha sido secuestrado y liberado tras recibir amenazas.



Los hechos sucedieron el domingo pasado por la tarde y fueron denunciados a la policía por el mismo interesado.

El sacerdote había sacado a la luz un drama que circulaba por el subsuelo de la delincuencia sin que nadie se atreviera a denunciar: el abuso de las fuerzas de la OTAN en Macedonia sobre pobres jóvenes esclavas del sexo. Una de ellas, Anna, había hecho pública su historia (Zenit 4 de febrero).

El sacerdote fue secuestrado por un par de horas por dos albaneses (la mafia albanesa ha establecido nexos de colaboración con redes mafiosas italianas) y, mientras era encañonado con pistola, recibió una advertencia.

«Me sorprendieron cuando, como es habitual, estaba dando un paseo solo por la escollera para tener un momento de recogimiento», declaró ayer antes de viajar a Moldavia para devolver a su familia a Anna, la joven explotada sexualmente por redes de prostitución que la ponían a ella y otras chicas a disposición de soldados de la KFOR en Macedonia, donde fue mantenida diez meses contra su voluntad.

«Vinieron a cara descubierta --dijo el padre Cesare Lodeserto--. Uno de ellos hablaba perfectamente italiano. Empuñando la pistola me han dicho con mucha calma que les siguiera al pinar».

El sacerdote fue tratado «con mucho respeto» pero, una vez ocultos entre los árboles, le apuntaron con el arma a la cara. «Me advirtieron sobre las consecuencias que podría tener mi actividad de rescate de las jóvenes del Este, las chicas moldavas. Me dijeron el riesgo que corríamos tanto yo como las acogidas en el centro. Me dejaron en libertad sólo cuando vieron a los carabineros del centro que, preocupados por mi ausencia, me buscaban gritando mi nombre».

Cuando el padre Lodeserto volvió al centro, las jóvenes allí acogidas, que intentan reintegrarse a la sociedad después de la explotación que han sufrido, le suplicaron que continuara su obra, que no se dejase amilanar por las amenazas: «Es obvio --dice el padre Cesare-- que hay seguir en el empeño».

No era la primera vez que sufría amenazas. Las autoridades le habían puesto una escolta de policía tras recibir advertencias parecidas la primavera pasada. Pero su testimonio fue fructífero entonces. En una población cercana a Lecce, fue desmantelada una red de albaneses que se dedicaban a la trata de mujeres para la prostitución.

Ahora, tras el secuestro del domingo y el testimonio del padre Lodeserto, la policía tiene ya el retrato robot de los maleantes.