Según el arzobispo Forte, el bautismo es un sacramento ecuménico

Publicada su carta pastoral 2007-2008

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ROMA, jueves, 15 noviembre 2007 (ZENIT.org).- El bautismo es el sacramento ecuménico por excelencia, afirma monseñor Bruno Forte, arzobispo metropolita de Chieti-Vasto, en su carta pastoral para el año 2007-2008, titulada «El agua de la vida. El bautismo y la belleza de Dios».



La Iglesia, recuerda, desde el principio «ha seguido las huellas del Maestro, proponiendo a quien quiere encontrar a Jesús un itinerario análogo al que Él señaló a los discípulos del Bautista», el catecumenado.

«Para el adulto que pide el bautismo, es un verdadero itinerario de iniciación cristiana, que une catequesis y experiencia progresiva del don de Dios. Para quien fue bautizado de pequeño, el camino coincide con la educación en la fe», explica el arzobispo, miembro de la Comisión Teológica Internacional.

Monseñor Forte subraya los dos significados fundamentales del bautismo: la liberación del mal y el «encuentro decisivo con Cristo, que nos permitirá vivir toda la existencia como una historia de amistad con Él en la comunión de la Iglesia».

El anuncio del Evangelio, observa, es el requisito necesario para el bautismo.

«En una sociedad en la que la mayoría eran bautizados, esto se daba casi por descontado y la importancia de la preparación al bautismo era más bien descuidada. En la sociedad compleja, multirreligiosa y multicultural, en la que vivimos, la urgencia de hacer resonar el anuncio de la fe y de llamar a la conversión a Cristo se muestra en toda su necesidad».

En el caso del bautismo de un niño, prosigue, esta urgencia mira sobre todo a los padres, cuya catequesis en preparación al bautismo del hijo es «indispensable».

«La gracia de la fuente bautismal se irradia así especialmente sobre vosotros, y mientras vuestra criatura es regenerada desde lo alto, se despiertan o incluso se encienden en vosotros el don y la belleza de la fe», afirma.

La celebración del bautismo, recuerda, se inicia con un diálogo: «a los padres se pregunta qué piden para el hijo que quieren bautizar, a los adultos qué esperan para sí del bautismo».
«La respuesta es eco de la más profunda expectativa del corazón humano: ‘la vida eterna’».
«Quien recibe el bautismo no está ya solo: el Dios que es amor lo custodiará siempre».

Como todo don, añade el arzobispo Forte, también el de la vida, ofrecido en el bautismo, exige ser acogido. Por este motivo, «en la celebración del bautismo estamos llamados a decir ‘no’ al pecado y a las seducciones de Satanás, es decir a una vida fundada en la apariencia, en el egoismo y en la mentira, que nos lleva a separarnos de Dios y de los demás para afirmarnos a nosotros mismos, viviendo la ilusión de poder ser felices sin amar».

«Al mismo tiempo, estamos llamados a decir ‘sí’ al Dios que es Amor, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Es el ‘sí’ expresado por la palabra ‘credo’, con el que nos entregamos totalmente a Dios».

«A esta profesión de fe, el Dios viviente responde haciéndonos entrar en la alianza de amor con Él: una alianza tan fiel, que nuestra pertenencia a Él y a la Iglesia no podrá nunca perderse, cualesquiera que sean nuestras infidelidades y nuestros rechazos».
«Gracias al don del bautismo, tenemos la certeza de pertenecer para siempre a Dios y podemos experimentar la dulzura de estar en las manos de Aquél que no nos traicionará nunca».

Es justo en esta relación definitiva con Dios en lo que consiste el «carácter» impreso por el bautismo, «el vínculo con Él, que justo gracias a su fidelidad no podrá ya ser cancelado y nos unirá para siempre a su familia, la Iglesia».

Por tal razón, escribe, «existe entre todos los bautizados una comunión más fuerte que sus diferencias, que --aún realizándose en grados diversos-- es el fundamento del compromiso ecuménico, tendente a superar las divisiones históricas entre ellos».

La «pasión por la unidad que Cristo quiere» --constata el arzobispo-- está por tanto «inscrita en la misma gracia bautismal».