Sembremos esperanza

Ofrecer un testimonio claro de amor y servicio

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SAN CRISTÓBAL DE LAS CASAS, domingo 8 enero 2012 (ZENIT.org).- En este artículo, nuestro habitual colaborador del espacio “Foro”, el obispo de San Cristóbal de las Casas Felipe Arizmendi Esquivel, reflexiona sobre el año que empieza y el deber de los cristianos de sembrar esperanza en un mundo que parece no favorecerla.

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+ Felipe Arizmendi Esquivel

HECHOS

Iniciamos un nuevo año. Deseamos que sea feliz, pero no faltan incertidumbres. Hay muchos signos esperanzadores; sin embargo, nos preocupa la violencia de los secuestros, la inhumanidad de los narcotraficantes, la injusticia de las extorsiones, la inseguridad en calles, comercios y hogares, la insuficiencia del salario, la falta de recursos para atender la salud. Muchos experimentan una soledad existencial, por la falta de amor en su familia, que les orilla al alcohol y las drogas, al suicidio, a ser vagabundos, pandilleros y malvivientes. Nos avergüenza el maltrato a los hermanos migrantes; nos duele la indefensión de muchos presos, el abandono de los ancianos, el menosprecio de la mujer, la irresponsabilidad ante los hijos concebidos; nos desasosiega la pobreza de millones, la falta de trabajo y de oportunidades para una vida digna.

Se atiza la violencia verbal en las contiendas electorales; se trasluce una lucha feroz y despiadada, al interior de los partidos, para ser nominados para escalar nuevos puestos. Se nos atiborra de publicidad, para tratar de convencernos de quién es la mejor opción. El pobre pueblo sólo ve cómo se gastan millones y millones de sus impuestos en esta competencia de ofertas, que al rato se olvidan y se convierten en basura.

Pero no debemos ver sólo la paja en el ojo ajeno, sino también advertir la viga que llevamos en el nuestro. Como Iglesia, no renovamos nuestra pastoral evangelizadora como los tiempos actuales exigen; repetimos lo que siempre hemos hecho, sin una actitud más misionera e incisiva. No somos tan santos como nuestra vocación nos urge. Mucha gente se aleja de la Iglesia, cambia de religión, o incluso pierde la fe, quizá porque no encuentra en nosotros motivos creíbles; no le damos un testimonio claro de amor y de servicio; nos contagiamos de mundo.

CRITERIOS

El papa Benedicto XVI vendrá a nuestra patria a fortalecernos en la fe y animarnos a una nueva evangelización, que responda a los retos actuales. Es irreal y calumnioso que venga a impulsar un partido en la contienda electoral; sólo quien tiene los ojos sucios, ve todo manchado.

En su reciente viaje a Africa, dijo algo que se nos aplica: “Ha habido muchos conflictos provocados por la ceguera del hombre, por sus ansias de poder y por intereses político-económicos que ignoran la dignidad de la persona o de la naturaleza. Hay demasiados escándalos e injusticias, demasiada corrupción y codicia, demasiado desprecio y mentira, excesiva violencia que lleva a la miseria y a la muerte. La agresividad es una forma de relación bastante arcaica, que se remite a instintos fáciles y poco nobles. Utilizar las palabras reveladas, las Sagradas Escrituras o el nombre de Dios para justificar nuestros intereses, nuestras políticas tan fácilmente complacientes o nuestras violencias, es un delito muy grave. No privéis a vuestros pueblos de la esperanza; es necesario que seáis verdaderos servidores de la esperanza. La Iglesia no ofrece soluciones técnicas ni impone fórmulas políticas. Ella repite: ¡No tengáis miedo! La humanidad no está sola ante los desafíos del mundo. Dios está presente. Y este es un mensaje de esperanza, una esperanza que genera energía, que estimula la inteligencia y da a la voluntad todo su dinamismo. Esperar no es abandonar; es redoblar la actividad. La desesperación es individualista. La esperanza es comunión. Sed sembradores de esperanza. Tener esperanza no es ser ingenuo, sino hacer un acto de fe en Dios, Señor del tiempo y también Señor de nuestro futuro” (19-XI-2011).

PROPUESTAS

Construyamos esperanza por medio de familias que viven una fe cristiana madura, en fidelidad, en paz y en armonía; que educan en valores profundos a sus hijos, para que sean laboriosos y solidarios.

Formemos grupos de jóvenes que no se dejen arrastrar por la droga y la vagancia, sino que, con la palabra de Dios, sean disciplinados, respeten a los demás, colaboren en su hogar, ayuden a los pobres, protejan el medio ambiente y sirvan a la comunidad.

Quien vive una verdadera fe en Cristo, es una persona positiva, sembradora de esperanza.