Ser cristiano es poner en el centro de la vida a Jesús, asegura el Papa

Al sacar las lecciones dejadas por Pablo de Tarso

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CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 25 octubre 2006 (ZENIT.org).- Ser cristiano significa poner en el centro de la propia vida a Jesús, explicó Benedicto XVI en la audiencia general de este miércoles, dedicada a presentar la figura de Pablo de Tarso.



De este modo, añadió al dirigirse a las 25.000 personas congregadas en la plaza de San Pedro, la identidad del cristiano debe caracterizarse «esencialmente por el encuentro, la comunión con Cristo y su Palabra».

Tras haber presentado en los precedentes encuentros semanales con los peregrinos las figuras de los doce apóstoles, desde Pedro hasta Judas Iscariote, el pontífice pasó a presentar figuras de hombres y mujeres de los orígenes de la Iglesia.

Inicio esta nueva serie de meditaciones hablando de san Pablo, al que algunos llaman el «decimotercer apóstol», cuyo nombre original era Saulo. Tarso se encontraba en la región de Cilicia, en la costa sur del Asia Menor (la actual Turquía).

El pontífice recordó los años de juventud de ese fabricador de tiendas, que había estudiado la Ley de Moisés en Jerusalén junto a un gran rabino de la época, Gamaliel, y constató cómo quedó escandalizado ante el «inaceptable» mensaje de un hombre, Jesús, «crucificado y resucitado, a quien se le atribuía la remisión de los pecados».

Por este motivo, sintió el deber de perseguir a los cristianos y, en el camino hacia Damasco, a inicios de los años treinta, quedó «alcanzado por Cristo Jesús», como él mismo decía.

El mismo Pablo «no habla sólo de una visión, sino de una iluminación y sobre todo de una revelación y una vocación en el encuentro con el Resucitado», afirmó el Papa.

«De hecho --evocó--, se definirá explícitamente “apóstol por vocación” o “apóstol por voluntad de Dios”, como queriendo subrayar que su conversión no era el resultado de bonitos pensamientos, de reflexiones, sino el fruto de una intervención divina, de una gracia divina imprevisible».

«A partir de entonces, todo lo que antes constituía para él un valor se convirtió paradójicamente, según sus palabras, en pérdida y basura».

«Y desde aquel momento puso todas sus energías al servicio exclusivo de Jesucristo y de su Evangelio», que quiso anunciar hasta los últimos confines del mundo hasta entonces conocido.

Al recordar todo lo que tuvo que sufrir en esta misión --«tres veces fui azotado con varas; una vez apedreado; tres veces naufragué…»--, el Papa se preguntó: «¿Cómo no admirar a un hombre así? ¿Cómo no dar gracias al Señor por habernos dado un apóstol de esta talla?»

«Está claro que no hubiera podido afrontar situaciones tan difíciles, y a veces tan desesperadas, si no hubiera tenido una razón de valor absoluto ante la que no podía haber límites», indicó.

«Para Pablo --concluyó--, esta razón, lo sabemos, es Jesucristo». Por él dio la vida en tiempos del emperador Nerón en Roma, hacia el año 67. Decapitado, fue sepultado en la vía Ostiense de la ciudad eterna.