Ser y educar: propuestas pedagógicas de santo Tomás de Aquino para hoy

Enrique Martínez, secretario general de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino

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BARCELONA, lunes, 30 mayo 2005 (ZENIT.org).- Enrique Martínez propone a santo Tomás de Aquino como educador para los tiempos actuales.



Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Barcelona con la tesis «Persona y educación en Santo Tomás de Aquino» es miembro correspondiente de la Pontificia Academia de Santo Tomás.

Desde 1997 es secretario General de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino, director del Instituto Santo Tomás de la Fundación Balmesiana, y profesor de la Universidad Abat Oliba CEU
En su libro «Ser y Educar. Fundamentos de pedagogía tomista» aborda el método de enseñanza según el filósofo y teólogo de Aquino. Está editado por la
Universidad Santo Tomás de Bogotá y se puede adquirir a través de Distribuidora Balmes.

--«Ayudar a ser», ¿es sinónimo de educar, según la perspectiva tomista?

--Martínez: Juan Pablo II definió la filosofía de Santo Tomás de Aquino como «una filosofía del ser y no del simple parecer» («Fides et Ratio», 44). También su filosofía de la educación alcanza el ser mismo de la realidad, pues nos muestra que educar es una acción que nace en las entrañas mismas de la vida personal.

Todo hombre ansía llegar a ser feliz, «ser tal y como Dios nos hizo», como afirma Tomás; pero para eso requiere la ayuda de otros: de sus padres, de sus maestros, de Dios.

«Ayudar a ser» es así una expresión muy sugerente que sintetiza bien esta pedagogía del Aquinate. No obstante, él mismo nos da una definición más formal de educación, que fue recogida por el Papa Pío XI en la encíclica «Casti connubii»: educar es «promover la prole hasta el estado perfecto del hombre en cuanto hombre, que es el estado de virtud».

--¿Por qué es necesaria una «pedagogía perenne» («paedagogia perennis»)?

--Martínez: Porque el mundo de la educación sufre en nuestros días de modo particular la vorágine de los cambios, de las opiniones fugaces; las mismas legislaciones sobre educación se suceden con excesiva ligereza, olvidando aquel sabio consejo de Aristóteles, que recomendaba no cambiar las leyes con frecuencia para así mantener la fuerza de la costumbre.

La pedagogía se ha dispersado en innumerables parcelas de estudio, sin unidad, sin profundidad explicativa y normativa, sin autoridad. Por eso hay que recuperar una «pedagogía perenne», esto es, arraigada en el ser y en la naturaleza inmutable del hombre, como la que encontramos en santo Tomás de Aquino.

Es necesario recuperar una auténtica Filosofía de la educación, capaz de ordenar los otros saberes pedagógicos más concretos, más empíricos, más descriptivos. Reconociendo el fin, ¿por qué educamos?, se recorren con mayor rapidez y precisión los trayectos cortos, el quehacer educativo cotidiano.

--¿Qué es la acción educativa de los ángeles, que usted cita en su libro?

--Martínez: Aunque suene en nuestros días muy extraño a algunos oídos hablar de la acción educativa de los ángeles, conviene recordar que se tratan de unos eficaces aliados en nuestro combate diario por crecer en la virtud.

Los padres y los maestros deberían invocar habitualmente el auxilio de los ángeles custodios de sus hijos y alumnos, y no sólo como un recurso para niños, como si se tratara de evitarle el miedo a la oscuridad de la noche.

Pero sobre todo, hay que dirigirse a Cristo, único Maestro, que es el único capaz de dar crecimiento a la más verdadera educación, aquella que nos conduce «a la medida de Cristo en su plenitud» (Ef 4, 13): hay que llevar los niños hacia Cristo por medio de la oración y los sacramentos, para que él sea quien los eduque interiormente.

--El maestro tiene que amar al educando, sostiene usted. Actualmente a algunos maestros les resulta un poco arduo este ejercicio de amor. ¿Cómo animarles?

--Martínez: Pienso que se requieren dos pilares: conciencia de vivir una vocación y esperanza en que dará fruto. Muchos que se dedican a la educación, incluso padres, no se sienten llamados a educar, y prefieren delegar en otros, o en los métodos, reuniones, etc.

Pero el verdadero maestro es aquel que, a pesar de todas las dificultades, sabe mirar a los ojos de su alumno y esperar en él. Cierto es que hay un ambiente generalizado de falta de esfuerzo y de respeto, actitudes escépticas y relativistas, que complican mucho el quehacer educativo; por eso estoy convencido de que una de las tareas más urgentes de los padres y maestros es fomentar ambientes educativos favorables, en la familia, en la escuela, en la parroquia; en ellos el alumno encontrará como habitual lo que hoy en muchas aulas parece heroico: saber escuchar.