Serge Latouche: Tenemos mucho que aprender de África

Entrevista con el economista francés

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VENECIA, 5 oct (ZENIT.org).- Serge Latouche, ya en su libro «L´autre Afrique» («La otra Africa», Albin Michel, Paris, 1998, 247 pages) expresaba su desconfianza hacia la ciencia económica occidental como principal instrumento de conocimiento del mundo. Hoy, en Venecia, ha confirmado su tesis en un Congreso internacional sobre «El globo discutido» (5 a 8 de octubre) organizado por la institución cultural «Fondamenta» del Ayuntamiento de es ciudad mágica italiana.



El economista ha aprovechado la ocasión para hablar del continente olvidado en términos no convencionales. A los ojos de Latouche, profesor de Economía en la Universidad Paris-Sud-Sceaux, Africa es una parábola del fracaso de nuestra idea de sociedad racional fundada sobre la técnica.

Con el bagaje que le viene de una extensa cultura humanística, el profesor parisino, que publicará dentro de unos días publicará en Francia «La Planète uniforme» (Climats), analiza en esta entrevista los términos de una apuesta histórica entre globalización y cultura.

--Profesor Latouche, según las cifras oficiales del Banco Mundial, Africa está muriendo. ¿También usted tiene esta impresión?

--Cuando voy a Africa me quedo sorprendido ante una realidad incomprensible a la luz de la lógica occidental: me encuentro ante personas alegres, niños bien vestidos y bien alimentados, barrios populares donde la población vive con dignidad, a pesar de la pobreza y la austeridad del entorno. Las desgracias de las que se habla (epidemias, genocidios...) son bien reales, pero 800 millones de personas logran sin embargo sobrevivir gracias a su capacidad de auto-organizarse. Todo esto debido a la riqueza de los lazos sociales, la famosa solidaridad africana, que permite a personas que no tienen un trabajo oficial, producir los unos para los otros fuera de la lógica del mercado, y encontrar los bienes y los servicios necesarios para vivir y no sólo sobrevivir.

--Los africanos recurren por tanto a los recursos de una cultura preexistente a la impuesta por la colonización occidental...

--La cultura, en el sentido antropológico del término, entendida como lo que da sentido a la vida, es esencial. Escapa completamente a la mirada de la economía, ligada a los datos objetivos, es decir calculables, como la producción, el consumo. En Africa, cuando un joven abandona su aldea, donde ya no puede sobrevivir, y llega a los barrios de chabolas de la metrópoli, trata inmediatamente de formar parte de un clan, de tener relaciones lo más amplias posible. Encuentra así una especie de mutualidad, un seguro de vida, un seguro de desempleo. Son los clanes lo que crean sociedades deportivas, así como los grupos de teatro y de oración... Son ellos los que calculan para crear la dote de una chica que se casa, organizar los funerales para quien muere. En resumen, se hacen cargo de todos los aspectos de la vida social. África, como América Latina, posee una creatividad extraordinaria que se expresa entre otras cosas con una increíble floración profética: se ha creado recientemente ¡incluso un sindicato de profetas! Esta creatividad, que a veces nos hace casi reír es también una forma de bricolaje en una situación en la que los cultos tradicionales ya no funcionan (¿Cómo creer en el animismo en los tiempos de Internet?). Nos encontramos por tanto ante un conjunto coherente, hecho de un nivel imaginario al que se unen las redes de solidaridad y el bricolaje técnico y económico.

--Ante la mundialización que aplana y uniforma, ¿debemos cerrarnos en defensa de nuestras identidades?

--Los africanos no han tenido opción: preferirían con mucho vivir como nosotros, pero vista la condición en la que se encuentran, recurren a la auto-organización, cuyo fundamento se encuentra en el «asentamiento cultural» al que pertenecen. Nuestra situación es muy diversa: la máquina («mégamachine», dice él en francés) tecnico-económica la hemos inventado nosotros, el desarraigo y la destrucción de la cultura tradicional son un hecho consumado.

Los excluidos entre nosotros no tienen la posibilidad de organizarse como los africanos. ¿Qué hacer? Debemos negociar en tres frentes diversos: la supervivencia, la disidencia, la resistencia. Si no negociamos con el mundo tal como es actualmente no podremos sobrevivir a nosotros mismos. Debemos por tanto llegar a compromisos concretos. Pero no quiere decir que se deba estar ideológicamente de acuerdo con el delirio del sistema en el que vivimos, lo cual ya es una forma de resistencia mental al lavado de cerebro producto de la mundialización del mercado. Estoy convencido de que estamos sobre un bólido que viaja a velocidad loca, sin conductor, sin freno y que ahora corre el riesgo de no tener ni siquiera carburante... Antes de que se estrelle contra el muro, hay que pensar en abandonarlo. Las alternativas son la disidencia, la creación de redes locales de intercambio, como «el banco del tiempo» (un sistema por el cual la gente ofrece tiempo a cambio del tiempo de otras personas: por ejemplo, una modista ofrece dos horas en cambio de dos horas de un albañil), y las asociaciones.