Sin Dios, hay demasiados infiernos en esta tierra

El cardenal Ratzinger habló en la catedral de Notre Dame de París

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PARÍS, 10 abril 2001 (ZENIT.org).- Para el cardenal Joseph Ratzinger el infierno es en realidad la ausencia de Dios, como lo demuestran los acontecimientos del siglo XX y hechos a los que aluden palabras tan terribles como Auschwitz, archipiélago Gulag o nombres como Hitler, Stalin o Pol Pot.



El prefecto de la Congregación vaticana para la Doctrina de la Fe expuso esta reflexión al pronunciar la última intervención de Cuaresma en la catedral de Notre-Dame de París por invitación del cardenal Jean-Marie Lustiger, arzobispo de esa ciudad. El texto ha sido publicado por el diario católico «La Croix».

Para Ratzinger la definición del infierno es precisamente vivir en la ausencia de Dios. El cardenal alemán aseguró que basta dar una ojeada al siglo pasado para percatarse: «Estos infiernos fueron fabricados --dijo el cardenal-- para preparar un mundo futuro de hombres que se bastaran a sí mismos, convencidos de no tener ya necesidad de Dios».

«Donde no hay Dios, despunta el infierno, y el infierno persiste sencillamente a través de la ausencia de Dios», añadió.

Lo más paradójico, continuó constatando, es que esta exclusión de Dios se hace de manera sutil, casi siempre afirmando que se quiere el bien de los hombres. «Cuando hoy se hace comercio de órganos humanos, cuando se fabrican fetos para disponer de órganos de reserva o para hacer progresar la investigación y la medicina preventiva, muchos consideran como implícito el contenido humano de estas prácticas, pero el desprecio del hombre que está debajo --cuando se usa y se abusa del hombre-- conduce, se quiera o no, al descenso a los infiernos».

El cardenal subrayó que la respuesta de los cristianos a estas situación, en los albores del tercer milenio, «es al mismo tiempo sencilla e inmensa: testimoniar a Dios, abrir ventanas de par en par y cuidar así que su luz pueda brillar entre nosotros, de manera que podamos dejar espacio a su presencia. Demos la vuelta a las cosas: donde está Dios, está el cielo; a pesar del precio de las miserias de nuestra existencia, la vida se ilumina».