Sínodo 2001: La Iglesia no necesita obispos buenos, necesita obispos santos

Recta final hacia la asamblea sinodal general sobre la figura episcopal

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CIUDAD DEL VATICANO, 9 oct (ZENIT.org).- El próximo sínodo general de los obispos culmina la serie de encuentros episcopales que han ayudado a aplicar la renovación traída por el Concilio Vaticano II: tras hablar de la familia, los laicos, los sacerdotes, los religiosos..., el próximo año se analizará precisamente la figura del obispo. La purificación en la Iglesia promovida por Juan Pablo II con este gran Jubileo debe comenzar y terminar por el obispo.



Como es costumbre, para preparar este Sínodo la Santa Sede publicó, en verano de 1998, las orientaciones generales («Lineamenta»), que pueden ser consultadas en el archivo documental de Zenit.

El documento, que desarrolla el tema escogido, fue enviado junto a un cuestionario a las Conferencias Episcopales de todo el mundo y a otros organismos y personalidades de la Iglesia involucradas para que ofrezcan sus respuestas y sugerencias. Ya han llegado las respuestas y en estos momentos, se está terminando de redactar el el instrumento de trabajo («Instrumentum laboris») que servirá de base a las discusiones del Sínodo episcopal.

La décima asamblea ordinaria del Sínodo de los Obispos se celebrará en una fecha que todavía está por establecer durante el año 2001. El tema, aprobado por el Papa después de una amplia consultación, será «El Obispo servidor del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo».

El documento con las orientaciones para la asamblea sinodal es exigente. Ante las dificultades del catolicismo en estos momentos, «es necesario con urgencia lograr nueva valorización de la figura del obispo», asegura. Tras las numerosas transformaciones sociológicas que ha sufrido la figura episcopal en el último siglo, la Secretaría del Sínodo para los Obispos plantea la necesidad de que la auténtica evangelización encuentre en el «vicario de Cristo» (el obispo) de cada diócesis su primer propulsor.

En el primer capítulo se analizan los desafíos pastorales que debe afrontar el obispo en los umbrales del tercer milenio. En el segundo, se analiza el ministerio del obispo en la Iglesia y su relación con los cristianos. A continuación, el documento analiza las funciones del obispo dentro de su diócesis.

En el apartado cuarto de los «Lineamenta», la secretaría del Sínodo explica a la relación de los obispos con la política. «Admitida la distinción entre la comunidad política y la Iglesia --escribe--, estas actúan de manera independiente y autónoma en el propio campo, pero tienen en común el servicio a la vocación personal y social de las mismas personas humanas». Por ello, la acción del obispo, «que reconoce la autonomía del Estado y evita, por ello, la confusión entre fe y política, se pone al servicio de la libertad de todos, como custodio del carácter trascendente de la persona humana y como signo de esperanza».

En este mismo capítulo cuarto, que lleva por título «El obispo ministro del Evangelio para todos los hombres», recalca la atención que debe dedicar particularmente a los pobres, teniendo en cuenta que el desarrollo «no sólo en sentido exclusivamente económico, sino más bien en un sentido integralmente humano».

El último capítulo está dedicado a la vida espiritual de los obispos y viene a decir que la Iglesia no necesita obispos buenos, sino más bien obispos santos. «La exigencia de santidad en la vida del obispo está ligada con su altísimo y exigente ministerio --asegura--. Se trata de un ideal ante el que cada uno de los llamados, experimentando la debilidad y la falta de adecuación de sus propias fuerzas, se siente apresado por el temor comprensible. Por ello, el obispo tiene que estar animado por esa misma esperanza, de la que se ha convertido en servidor de la Iglesia y del mundo».