Sínodo de Oriente Medio, la urgencia de la paz

Por Giovanni Maria Vian

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CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 1 de noviembre de 2010 (ZENIT.org).- Publicamos el artículo que ha escrito Giovanni Maria Vian, director de L'Osservatore Romano, sobre el impacto que ha tenido el Sínodo de Oriente Medio sobre la paz en la región.

 



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La preocupación por Jerusalén y por sostener a los cristianos de la tierra que fue el escenario de la encarnación del Hijo de Dios se remonta a tiempos antiquísimos y ya estaba presente en las cartas de san Pablo. Hoy, en un contexto difícil y doloroso, esta preocupación ha llevado, por primera vez, a una Asamblea especial para Oriente Medio del Sínodo de los obispos. Una experiencia verdaderamente extraordinaria la definió Benedicto XVI, que la convocó, presidió y siguió con atención durante dos semanas.


Con el pensamiento constante en tantos cristianos -que el Papa, siguiendo las huellas de sus predecesores Pablo VI y Juan Pablo II, quiso visitar y alentar durante los viajes a Turquía, Jordania, Israel, Palestina y Chipre- que viven problemas materiales, desaliento, tensión, miedo. En una región ensangrentada desde hace demasiado tiempo por conflictos, guerras, terrorismo, y que aun así es santa para los tres grandes monoteísmos.

Y el primer resultado del Sínodo ha sido llamar la atención de los católicos -pero también de todos los cristianos, de los judíos, de los musulmanes y de toda persona a quien le importen la justicia y la paz- hacia una región vastísima donde hay demasiadas incomprensiones, rivalidades, injusticias y violencias. Ante todo con la oración, como dijo el Obispo de Roma al concluir la Asamblea en San Pedro y subrayando el vínculo entre la oración misma y la justicia: "El grito del pobre y del oprimido encuentra eco inmediato en Dios, que quiere intervenir para abrir una vía de salida, para restituir un futuro de libertad, un horizonte de esperanza". La asamblea sinodal ha sido también una ocasión -que hasta ahora no se había experimentado nunca y de la cual todos deberían alegrarse- de confrontación a alto nivel, en la variedad de las posiciones y con libertad de expresión, pero con una substancial e importante convergencia en el deseo y en el auspicio de justicia y de paz. Que es preciso buscar sin desalentarse, mediante una confrontación amistosa, pero a la vez clara y constructiva, entre católicos de distintos ritos, y entre estos y los cristianos de distintas confesiones, los judíos y los musulmanes: en el "triálogo" que Benedicto XVI deseó en su viaje a Tierra Santa. De hecho, más allá de las diferencias y las dificultades, con la paciencia del bien, es necesario darse cuenta de que la paz es indispensable.

Repitiendo el grito de Pablo VI que "la paz es posible", su actual sucesor añadió que "la paz es urgente". Urgente si se quiere una vida digna de la persona humana y de la sociedad. En todos los países de la región, sin distinciones. Este es también el único antídoto contra la emigración: para las comunidades cristianas una auténtica hemorragia, que es preciso detener.

Otra contribución que los cristianos pueden aportar a la región -subrayó con claridad Benedicto XVI- es la promoción de "una auténtica libertad religiosa y de conciencia, uno de los derechos fundamentales de la persona humana que cada Estado debería respetar siempre". Un "espacio de libertad" que hay que ampliar a través del diálogo con los musulmanes, según el deseo expresado por los padres sinodales.

La preocupación de la Iglesia es una sola, y esto explica también su política: testimoniar y anunciar el Evangelio. Como ha repetido muchas veces y sigue repitiendo Benedicto XVI sin cansarse ni desalentarse. Por esto el Papa -que ha constituido en la Curia romana un organismo específico para este objetivo- anunció el tema de la próxima Asamblea ordinaria: la nueva evangelización. Indicando, en Oriente Próximo y Oriente Medio, así como en el resto del mundo, la urgencia del Evangelio.