Solidaridad internacional y diálogo interreligioso: claves de reconstrucción tras el «tsunami»

Once países del Índico golpeados por la catástrofe

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ROMA, jueves, 6 enero 2005 (ZENIT.org).- Una respuesta mundial de solidaridad y diálogo interreligioso se perfilan como claves no sólo para hacer frente a la emergencia, sino para la reconstrucción en los países del océano Índico arrasados por el maremoto del pasado 26 de diciembre.



Con epicentro en la costa oeste de Aceh --provincia septentrional de la isla indonesia de Sumatra--, un seísmo de magnitud 9 en la escala de Richter desencadenó una serie de violentos «tsunamis» --olas gigantes y velocísimas--.

Indonesia, Sri Lanka, Tailandia y la India han sido los países más afectados por el fenómeno. Malasia, Birmania, Maldivas, Bangladesh, Somalia, Tanzania y Kenia sufren también las consecuencias.

El coordinador para ayuda de emergencia de la ONU, Jan Egeland ha anunciado que, según las últimas informaciones, el número de fallecidos en Sumatra podría aumentar de manera importante, y aunque no ha querido especular sobre una cifra exacta de muertos, sostuvo que los últimos datos elevan el número total de víctimas mortales a 180.000, recoge el centro de prensa del organismo internacional.

En cinco millones se estima el número de afectados por el maremoto en toda la región.

En cuanto supo de la tragedia, Juan Pablo II dispuso el envío inmediato de ayuda a través del Consejo Pontificio «Cor Unum» --«brazo» de la caridad del Papa--. El dicasterio sigue de cerca la evolución de los acontecimientos y la obra de las distintas organizaciones eclesiales.

[El apoyo a las víctimas del maremoto se puede canalizar, entre otras formas, a través del dicasterio haciendo llegar aportaciones a la Cuenta Corriente Postal n. 603035, a nombre de Pontificio Consiglio COR UNUM - 00120 Città del Vaticano, indicando el motivo: «emergencia Asia». Ndr].

La defensa de la vida en condiciones de miseria –las zonas de la catástrofe padecen por lo general pobreza-- pasa por el triunfo de la solidaridad, reconoce el recién nombrado presidente de la Academia Pontificia para la Vida, el obispo Elio Sgreccia.

«La única señal bella que se ve en este momento es un surgimiento del sentimiento de la solidaridad, que hace llegar ayuda de todas partes del mundo. Esto puede generar ciertamente una nueva cultura. Puede generar un nuevo modo de ser y de ayudarse», constató el prelado en los micrófonos de «Radio Vaticano».

«Encuentro que esta tragedia, tan globalizada tanto desde el punto de vista de las víctimas como desde el punto de vista de la percepción, está haciendo más globalizada también la solidaridad», reconoció por su parte el sacerdote y misionero del Pontificio Instituto de Misiones Extranjeras, así como experto en información del contexto asiático, el padre Bernardo Cervellera.

Haciendo balance de la tragedia, el director de «AsiaNews» alertó en la emisora pontificia de que, aunque muchos expertos dicen que no habrá grandes sacudidas desde el punto de vista macroeconómico, «el problema es que existe un desastre humanitario grandísimo».

«El tsunami ha afectado muchísimo a los niños», lo que supone «que una generación se pierde y ello creará una dificultad humanitaria cada vez más fuerte», advirtió.

Pero se trata de un desastre «también de los pobres, porque la mayor parte de los muertos y la mayor parte de la destrucción ha ocurrido entre las familias de pescadores, en sus casas, en sus embarcaciones»; «éstos naturalmente no inciden mucho en el Producto Interior Bruto de una nación, pero se trata de una economía de subsistencia que, precisamente, ha sido barrida» y «son las personas a las que sobre todo habría que ayudar».

Misioneros y voluntarios en el sudeste asiático coinciden en que para los numerosísimos huérfanos por el maremoto la adopción internacional no es solución: privaría a los países de los niños y éstos sufrirían además un «segundo abandono» al perder su entorno y costumbres. Es preferible acoger y asistir a los niños en su país, apoyando «a distancia», cita «Fides».

Éste «es un momento que requiere el compromiso de toda la sociedad civil, y por lo tanto también las Iglesias, en particular la Iglesia católica, se sienten impulsadas a colaborar y a dar su aportación inmediata» (Cf. Zenit, 1 enero 2005), explicó el arzobispo Silvano Tomasi, observador permanente de la Santa Sede ante la ONU, a la emisora pontificia.

«Todo lo que se ha hecho por las Iglesias particulares, por las diócesis, que se han movilizado, por las Conferencias episcopales y organismos católicos en todo el mundo ha demostrado que el sentimiento de solidaridad que inspira a los cristianos es no sólo una simple abstracción, sino que se traduce en una acción concreta e inmediata que lleva una ayuda visible y eficaz en este momento de enorme tragedia», reconoció.

Mientras, reforzar el compromiso común para la asistencia en esta fase de emergencia y para el sucesivo esfuerzo de reconstrucción de los países afectados es el objetivo de la conferencia internacional convocada este jueves por el gobierno indonesio en Yakarta.

Participan en la cumbre representantes de los gobiernos de los diez países del «Asean» (Asociación de las Naciones del Sudeste Asiático) –Brunei, Camboya, Laos, Indonesia, Malasia, Myanmar (Birmania), Filipinas, Singapur, Tailandia y Vietnam--, así como de China, Japón, Corea del Sur, la India, Sri Lanka, Australia, Nueva Zelanda y los Estados Unidos; han sido invitados también representantes de las Naciones Unidas –su secretario general, Kofi Annan, está en el encuentro--, Unión Europea, Banco Mundial y Organización Mundial de la Salud, entre otros.

De acuerdo con Annan, para la reconstrucción «se necesitarán de cinco a diez años», y alerta de que la ONU y los países donantes deben actuar con eficacia «para asegurar que cada dólar se emplee adecuadamente y que todos los recursos vayan efectivamente a quienes lo necesitan».

Además de programar intervenciones de reconstrucción de comunidades costeras, la cita internacional en Yakarta se orienta igualmente a crear un sistema de alarma de tsunamis en el océano Índico para evitar que se repitan catástrofes así.

Del testimonio de muchos misioneros en primera línea de la catástrofe se desprende también que el diálogo interreligioso, en particular con el islam, es fundamental para la reconstrucción en el sudeste asiático.

Por citar sólo un ejemplo, «la provincia de Aceh, en el norte de Sumatra, es una zona musulmana muy observante y algunas franjas más radicales podrían malinterpretar nuestra obra», observó el padre Vincenzo Baravalle, superior regional de los misioneros javerianos en Indonesia –donde los muertos por el maremoto rozan los 100 mil--, a la agencia misionera «Misna».

«No queremos arriesgarnos de ninguna manera a que nadie piense que la Iglesia quiere aprovechar la situación para extender su presencia», por eso «se requiere mucha delicadeza», apuntó.

De hecho, la comunidad cristiana está trabajando en Sumatra en estrecho contacto con la musulmana de Padang y de Sibolga, describió el padre Barnabas, misionero capuchino y administrador apostólico de Sibolga: «Gracias a esta colaboración lograremos trabajar en Aceh», confirmó.

«Junto a la comunidad musulmana, estamos escribiendo una carta que difundiremos en los próximos días en la que pedimos a la gente que trabaje unida para reconstruir y ayudar a los demás», anunció.

De regreso de la provincia de Aceh, el nuncio apostólico, monseñor Albert Malcom Ranjith Patabendige, reconoció a «Radio Vaticano»: «Hay muchos islámicos, y organizaciones gubernamentales y no gubernamentales están intentando hacer lo que pueden. La Iglesia católica está buscando integrarse con estos grupos y hacer lo que sea posible a través de las ayudas que recibe tanto de “Caritas” como de las diócesis. También la Santa Sede nos ha enviado ayudas a través de “Cor Unum” y de “Propaganda Fide”».

Más de 17.000 islas forman Indonesia, donde oficialmente el 90% de sus 220 millones de habitantes es musulmán. Los cristianos representan el 13% --6 millones son católicos--. La conformación de la nación, multirreligiosa, multicultural y con infinidad de lenguas locales crea el riesgo de disgregación y de aparición de conflictos, como ya han tenido ocasión de experimentar Timor Oriental --ahora nación independiente--, el archipiélago de las Molucas, la provincia de Aceh en isla de Sumatra, Kalimantan en la isla de Borneo, Irian Jaya o Papua en la isla de Nueva Guinea.