Soloviev, el pionero ruso del ecumenismo

Hace más de cien años reconoció el carisma del sucesor de Pedro

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CASTEL GANDOLFO, 30 julio (ZENIT.org).- Juan Pablo II, al recordar este mediodía a los grandes testigos del cristianismo del siglo XX, para quienes la fe no era una doctrina o una serie de principios, sino un encuentro con Cristo, quiso mencionar, al gran filósofo y teólogo ruso Vladimir Sergueyevich Soloviev (1853-1900), de quien se conmemoran en estos días los cien años de su muerte.



«Al recordar a esta personalidad rusa, de extraordinaria profundidad, que con gran claridad comprendió también el drama de la división entre los cristianos y la urgente necesidad de su unidad --explicó Juan Pablo II--, quisiera invitar a rezar para que los creyentes en Cristo de Oriente y de Occidente puedan volver a encontrar cuanto antes su plena comunión. Para que esto tenga lugar, es indispensable que se conviertan todos a Cristo vivo, ayer, hoy y siempre y, viviendo sin compromisos su Evangelio, se conviertan en fermento de una nueva humanidad».

La herencia espiritual de Soloviev, considerado como uno de los pensadores rusos más grandes del siglo XIX, es sorprendente. Murió en las afueras de Moscú, el 21 julio de 1900, cuando no tenía más que 47 años. Dedicó su vida, especialmente en los últimos años, a la causa de la unidad de la Iglesia. Su visión ortodoxa, estaba iluminada por la profundidad de la experiencia mística, que le llevó a reconocer el carisma del apóstol Pedro que vive en sus sucesores. Una visión ecuménica claramente profética, que le provocó serias incomprensiones: su mismo padre espiritual llegó a negarle la Eucaristía.