Sorpresa en los museos vaticanos; Iglesia de la Eucaristía

La colección de Matisse rinde tributo a la verdad

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ROMA, domingo 26 de junio de 2011 (ZENIT.org).- Cuando uno piensa en los Museos Vaticanos, las piezas de arte del Renacimiento le vienen a uno a la cabeza. Es muy sorprendente para los visitantes cuando descubren que el mismo mueso, que alberga el arte de Rafael o Miguel Ángel, también tiene estrellas modernas en su firmamento.

El miércoles 22 de junio, el Vaticano llamó la atención internacional sobre su colección de arte del siglo XX, presentando otro tesoro sorprendente, el arte de Henri Matisse.

La galería de arte moderno religioso, localizada en las profundidades de los Museos Vaticanos, en los apartamentos del Papa Alejandro VI Borgia y sótano de la Capilla Sixtina, contiene joyas muy poco conocidas.

Una pequeña pero conmovedora Piedad de Vincent van Gogh, pintada poco antes de su muerte en 1890, un puñado de pinturas religiosas de Chagall y entonces, en el centro de la colección, los bocetos de la famosa capilla del Rosario de Vence, Francia.

Matisse no fue el más cristiano de los artistas. Se definía como agnóstico, pero se pronunciaba abierto a la fuente de la belleza. Por esto, la Providencia le llevó, al final de sus días, a trabajar para la Iglesia.

Nació en 1869, Matisse ya había empezado la carrera de leyes cuando decidió dedicarse a la pintura. Se convirtió en alumno de Gustave Moreau y poco después, en 1905, se convirtió en una de los co-fundadores del Fauvismo. Reflejando el espíritu de la época, el Fauvismo fue un movimiento de paganización, que glorificaba la sensación intensa a través del arte. Después de la I Guerra Mundial, Matisse rechazó todo tipo de sufrimiento en sus trabajos, y consiguió grandes éxitos con sus colores alegres y diseños llamativos, creando esculturas, pinturas y hasta vestuario para el teatro. Finalmente se mudó al sur de Francia, atraído por los colores llamativos del Mediteráneo.

En 1941, después de una difícil y dolorosa operación de cáncer, Matisse quedó postrado en cama con un constante dolor. Su brillante mundo chocó con la realidad del sufrimiento. En este difícil tiempo, Monique Bourgouis lo cuidó, y su caridad y bondad afectaron profundamente al artista. En 1946, Monique decidió convertirse en religiosa y se unió al convento dominico de Vence, tomando el nombre de hermana Jacques Marie.

Así comenzó la idea de construir una nueva capilla para el convento de Vence, dedicado al Rosario. Matisse, la hermana Jacques Marie, la hermana Agnes de Jesús, superiora del convento, un hermano dominico, Rayssiguier, y el padre dominico Marie-Alain Couturier, comenzaron a trabajar para transformar el sueño en una capilla. Completamente comprometido con el proyecto, Matisse vendió sus propias litografías para conseguir dinero para el proyecto. Su viejo amigo Picasso estaba horrorizado, “¡Una Iglesia!”, exclamó. “¿Por qué no un mercado? Así al menos podrías pintar frutas y verduras”.

Matisse preparó cientos de bocetos del trabajo, pintando las paredes desde su silla de ruedas con un pincel enganchado a una vara extensible. Diseñó cada aspecto de la capilla; las vidrieras de colores, las vestimentas y hasta un crucifijo de bronce para el altar. El artista siempre planeó donar los bocetos a un museo diciendo “sería una locura que estos esbozos y las ventanas permaneciesen en el mismo lugar”.

Los bocetos de las vidrieras se donaron al Vaticano hace 30 años por el hijo del artista, Pierre, de acuerdo con sus hermanos Margarita y Jean, y en 1980 llegó a la colección del Vaticano. Este regalo siguió a la donación de la correspondencia entre Matisse y la hermana Agnes de Jesús siguiendo el desarrollo de la capilla. Estas cartas dan testimonio del crecimiento del primer proyecto religioso de Matisse.

El gran boceto de la Virgen con el Niño realizado para la decoración en cerámica fue expuesto en la Galería de Arte Religioso Moderno, pero la exposición nunca hizo justicia del trabajo ni representó la importancia de la donación. Las cartas se quedaron sin publicar.

Matisse dio a conocer la capilla el junio de 1951, y exactamente 70 años después, los Museos Vaticanos abrieron la nueva sala de Matisse. La financiación y la idea del proyecto vinieron de los patrocinadores de los Museos Vaticanos, en concreto del capítulo de Montecarlo, a pocas millas de Vence. La señora Liana Marabini, presidenta del capítulo de Montecarlo, proveyó de lo necesario para preparar la sala de exposición con equipos de conservación para papel y tejidos, permitiendo así a los Museos Vaticanos, ilustrar la conversión artística de este artista estelar.

Los bocetos de las vidrieras están distribuidos brillantemente, pero la sala está dominada por el gran boceto de la Virgen y del niño. El padre Marie-Alain Couturier, consejero teológico de Matisse, interpretó las líneas emborronadas como “cartas escritas apresuradamente, bajo el impacto de una gran emoción”. Hay también una copia del crucifijo de bronce de la capilla. Un breve vídeo narra los sucesos que llevaron a Matisse hasta el arte religioso, y las cartas estarán en rotación en el mismo espacio para ser alcanzadas después por algunas casullas diseñadas por el artista.

Michol Forti, el conservador del departamento de arte religiosos moderno de los Museos Vaticanos, publicará la colección de las cartas de Matisse en diciembre en un volumen titulado “Como una flor: Matisse y la Capilla del Rosario de Vence”.

Matisse consideró la capilla su “obra maestra”, a pesar de sus imperfecciones – una reflexión iluminadora de un hombre cuya carrera de 50 años de duración se había dedicado enteramente a lo secular. La Sala Matisse del Vaticano es la expresión perfecta de la misión del Museo: preservar y honrar un gran ejemplo del genio creativo del hombre, pero también proclamar que la Verdad inspira tanto a la belleza como a la bondad.

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Poesía, pintura y procesiones

El pasado jueves Roma celebró la fiesta del Corpus Christi con las procesiones eucarísticas que atraviesan la ciudad, siendo la más importante de ellas la procesión papal que va desde San Juan de Letrán hasta Santa María la Mayor, esa tarde. En este glorioso día, los cantos llenan el aire y flotan estandartes en las calles, pero estas visiones efímeras pronto se desvanecen. En los Museos Vaticanos, sin embargo, la obra recientemente restaurada “Misa en Bolsena”, de Rafael Sanzio, ha inmortalizado este milagro en piedras de colores.

El Milagro de Bolsena, a menudo considerado el catalizador de la fiesta del Corpus Christi, recuerda un suceso ocurrido en la Umbría, Italia, en 1263. Un sacerdote llamado Pedro, de la ciudad de Praga, tenía muchas dudas sobre la transustanciación de la Hostia durante la Misa, y durante su peregrinación a Roma rezó para que se le resolviesen estas dudas. Mientras decía las palabras de consagración en la Iglesia de Santa Cristina de Bolsena, la Hostia comenzó a gotear sangre en sus manos y en la tela que tenía debajo.

Un año más tarde, el Papa Urbano IV instituyó la fiesta del Corpus Domini con la bula Transiturus de hoc mundo, y encargó a Tomás de Aquino escribir la liturgia de la fiesta. El Doctor Angélico escribió, así, dos de sus mejores himnos, Pange Lingua y Tantum Ergo.

El corporal de Bolsena se conserva todavía en la catedral de Orvieto, construida específicamente para albergar esta preciosa reliquia.

Rafael hizo su propia contribución inmortalizando este milagro cuando pintó en 1512, El Milagro de Bolsena en los apartamentos del Papa Julio II. La pintura, restaurada esta primavera trae el milagro de la vida en colores vívidos.

El sacerdote se arrodilla ante el altar, mirando la Eucaristía, que tiene una cruz hecha con sangre en la Hostia y en el corporal. Sus labios demuestran sorpresa pero la figura mantiene la dignidad que se espera de un celebrante. Las reacciones dramáticas se reservan para la multitud reunida detrás, quienes levantan la cabeza para contemplar el milagro, o se giran para contárselo a quien tiene al lado. El altar está enmarcado por arquitectura monumental absorbida por Rafael a través de su pariente, el arquitecto papal, Donato Bramante. Robustas columnas dóricas alcanzan el cielo y la parte superior dela pintura está abierta a un cielo atravesado por la luz.

Al otro lado de Pedro de Praga hay un dato anacrónico, el Papa Julio II se arrodilla con la cabeza descubierta, y cuatro de sus cardenales y un pequeño contingente de Guardia Suiza.

Dos elementos se destacan en el trabajo. El primero es la solemnidad del clero en la oración. Comparada con otros trabajos de la sala – la fuga dramática de Pedro de la prisión de Herodes, la persecución y captura de Heliodoro y la Expulsión de Atila el huno – el ojo encuentra descanso cuando centra su atención en la contemplación del milagro.

El otro, revelado con la restauración, es el color. Rafael había estado en contacto con los pintores venecianos en ese periodo y el nuevo uso del color destaca en medio del dramático claroscuro de la Liberación de San Pedro y el brillantes colores metálicos de la Expulsión de Heliodoro. Los colores de Rafael parecen tangibles -rico y pesado carmesí que parece ondular a través de la luneta. El rojo de la sangre se combina con el blanco crujiente del lino o la seda.

Las cualidades sensoriales de la superficie de la obra ponen de relieve la realidad de la escena: la sangre que gotea de las manos del sacerdote, el paño empapado con la sangre de Cristo, nos hacen presente la realidad de la Presencia en la Eucaristía, uno de los principales temas de los siglos XIII y XIV.

Santo Tomás con la poesía, Roma en procesión, y Rafael con su obra, todos nos recuerdan el mismo tema que el Beato Juan Pablo II destacó en 2004: La Iglesia Católica es la Iglesia de la Eucaristía.

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Elizabeth Lev enseña Arte y arquitectura cristianos en el campus italiano de la Universidad de Duquesne y en el programa de estudios católicos de la Universidad de St. Thomas. Se le puede contactar en: lizlev@zenit.org

[Traducción del inglés por Carmen Álvarez]