Sri Lanka: La Iglesia pide investigar las desapariciones de católicos

Un agujero negro de la guerra civil

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COLOMBO, miércoles 7 de septiembre de 2011 (ZENIT.org).– En Sri Lanka, la Iglesia ha pedido al Gobierno que investigue las desapariciones de sacerdotes y laicos católicos durante la guerra civil, informó Eglises d’Asie, la agencia de las Misiones extranjeras de París.

Los responsables cristianos y los familiares de numerosos sacerdotes y miembros de la Iglesia desaparecidos durante la última fase de la guerra civil entre las fuerzas de Sri Lanka y los Tigres Tamiles han pedido al Gobierno de Colombo “hacer finalmente justicia” investigando estos casos no resueltos.

A pesar de que en mayo de 2009 finalizó la guerra civil que dividió Sri Lanka durante más de treinta años, miles de desapariciones continúan hoy sin explicación.

La Iglesia católica, que ha pagado un alto precio en el conflicto con numerosos sacerdotes y laicos asesinados mientras trabajaban al servicio de sus comunidades, reitera regularmente su petición de explicaciones sobre la desaparición, en circunstancias no aclaradas, de seis sacerdotes y de un número indeterminado de laicos cristianos.

Un nuevo llamamiento fue lanzado el 20 de agosto durante una misa celebrada en la iglesia de los santos Pedro y Pablo de Mandaitivu, en la diócesis de Jaffna, en conmemoración de la desaparición hace cinco años del padre Thiruchchelvan Nihal Jim Brown, de 34 años, y de su asistente, Wenceslaus Vincent Vimalathas, de 38 años y padre de cinco hijos.

Los dos hombres fueron vistos por última vez el 20 de agosto de 2006 en el checkpoint de Allaipiddy, una aldea en la punta extrema de Jaffna, entonces bajo control militar.

Tenían la intención de recorrer en motocicleta los pocos kilómetros que separaban la isla de Mandaitivu para celebrar allí la misa.

Según el ejército de Sri Lanka, el sacerdote y su asistente no habrían recibido autorización para ir a Mandaitivu a causa del toque de queda, una versión de los hechos desmentida por un informe de Amnistía Internacional, que sitúa la desaparición de los dos hombres tras su paso, atestiguado por testigos, a la zona militar.

Ruki Fernando, responsable de Law and Society Trust, una asociación local a favor de los derechos humanos, recuerda al padre Jim como un “joven sacerdote totalmente dedicado a sus feligreses” que intentaba trabajar “por la paz y la reconciliación” en lo más duro de la guerra civil.

Acababa de ser nombrado párroco de la iglesia de San Felipe Neri de Allaipiddy, sólo diez días antes de su desaparición.

Poco después de su llegada, el sacerdote tuvo que enfrentarse al bombardeo de su iglesia, el 13 de agosto de 2006, donde los habitantes de los alrededores se habían refugiado para escapar de los disparos de armas pesadas que caían sobre sus pueblos.

Aunque el padre Jim sobrevivió al ataque, más de veinte civiles murieron y otros centenares resultaron heridos.

Después, el sacerdote trasladó a los heridos a Jaffna para que recibieran tratamiento e hizo evacuar a unas 300 familias a la parroquia de Santa María de Kayts.

A causa de estas acciones fue convocado por las autoridades militares y acusado de ayudar a la rebelión tamil.

“¿Sabremos finalmente lo que pasó con él y con otros cientos de desaparecidos? ¿Se les hará justicia algún día?”, se pregunta sin demasiada convicción Ruki Fernando.

Ya en el momento de los hechos, los responsables de la Iglesia católica habían criticado fuertemente la inacción deliberada de la policía.

En diciembre de 2007, el obispo de Jaffna, monseñor Thomas Savundaranayagam, expresó su indignación ante los medios de comunicación: “¡Aunque la Oficina de investigaciones criminales de Colombo cuenta con un buen número de policías que conocen las lenguas habladas en el norte de la isla, sus responsables han elegido, quince meses después de la desaparición del padre Jim Brown, enviar a Jaffna a un investigador que no habla ni una palabra de tamil!”.

Los obispos católicos, los representantes de las Iglesias cristianas en Sri Lanka, así como numerosas ONG, se dirigieron entonces a las instancias internacionales, multiplicando las peticiones y llamamientos para llevar a cabo las investigaciones necesarias para resolver estas desapariciones inexplicadas de tamiles católicos.

Paralelamente a estas acciones, llevadas a cabo todavía más activamente desde el fin de la guerra en 2009, los obispos de Sri Lanka denunciaron las agresiones y amenazas que sufrían regularmente miembros de la Iglesia, así como las violaciones persistentes de los derechos humanos y la ocupación militar actualmente injustificada de territorios del norte de la isla donde reina “un clima de terror permanente”.

También en un encuentro celebrado en Colombo con motivo del cuarenta aniversario del Centro para la sociedad y la religión dirigido por la congregación de las oblatas de María Inmaculada, el secretario general de la conferencia episcopal de Sri Lanka, monseñor Norbert Andradi, expresó su preocupación por la situación en Sri Lanka.

“La paz todavía es una ilusión –declaró-. Los derechos de las minorías no son respetados por la mayoría; no se acepta la presencia de muchas lenguas, muchas religiones y muchas culturas en nuestro país”.

El prelado, informó Radio Vaticano, invitó a “no enterrar simplemente el pasado, esperando después que llegue la verdadera paz”, sino a “aprender a tratar con el mal sucedido en el pasado, aprender de los errores cometidos; sólo así se podrá afrontar el desafío de trabajar juntos por una paz sostenible en Sri Lanka”.

Monseñor Andradi se dirigió finalmente también a los políticos, exhortándoles a crear una sociedad más allá de los intereses partidistas.

La guerra civil de Sri Lanka estalló en 1983 y enfrentó al ejército regular con los Tigres Tamiles, rebeldes favorables a la creación de un estado independiente en el norte del país. En 30 años de conflicto, se estima que las víctimas han ascendido a al menos 700.000.