Tomarse en serio las diferencias sexuales

Las investigaciones respaldan un documento vaticano

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ROMA, sábado, 25 septiembre 2004 (ZENIT.org).- La última carta de la Congregación vaticana para la Doctrina de la Fe sobre el papel de hombres y mujeres ha suscitado las burlas de muchas organizaciones feministas, que han denunciado lo que consideran que es una visión anticuada de los sexos por parte de la Iglesia.



Uno de los conceptos que critica la carta vaticana es la idea de que «para evitar cualquier supremacía de uno u otro sexo, se tiende a cancelar las diferencias, consideradas como simple efecto de un condicionamiento histórico-cultural» (No. 2). La Iglesia, observa la carta, prefiere proponer una «colaboración activa entre el hombre y la mujer, precisamente en el reconocimiento de la diferencia misma» (No. 4).

Un respaldo a esta afirmación de que hay diferencias sustanciales entre hombres y mujeres se encuentra en un libro publicado recientemente por Steven Rhoads, «Taking Sex Differences Seriously» (Tomarse en Serio las Diferencias Sexuales).

En nuestros días, es un lugar común la noción de que son las familias y la cultura las que determinan la masculinidad y la feminidad, observa Rhoads. Esta creencia se ha visto facilitada por la creciente igualdad de las mujeres en campos como la educación superior y el empleo, y por la promoción por parte de las organizaciones feministas de la idea de que los papeles del género están construidos socialmente. La tesis de la construcción social es común a muchas escuelas de pensamiento feminista, explica Rhoads.

El pensamiento feminista no puede negar las funciones reproductivas diversas de hombres y mujeres, observa Rhoads. Sin embargo, se considera que estas diferencias son pocas y de relativa poca importancia, mientras que las diferencias de sexo que se aprenden son tan numerosas como poderosas. Y si los papeles de género se aprenden, dicen las feministas, pueden ser «desconstruidos», creando así una sociedad más justa.

Diferentes desde el primer día

Sin embargo, Rhoads defiende que «hombres y mujeres tienen diferentes naturalezas y, hablando en general, preferencias, talentos e intereses diferentes». En apoyo de esta afirmación cita investigaciones de cierto número de fuentes que demuestran que las diferencias de comportamiento y psicológicas entre hombres y mujeres son, de hecho, reales, y no se deben a condicionamientos sociales.

Algunas investigaciones sobre diferencias de sexo han identificado el ambiente hormonal de los fetos en el vientre materno como un factor que explica las diferencias entre el comportamiento masculino y el femenino. Y los neurocientíficos han encontrado que los hombres tienen menos conexiones entre los hemisferios izquierdo y derecho del cerebro, estando en general los cerebros de los hombres más compartimentados que los de las mujeres.

Las divergencias entre varones y mujeres son evidentes desde las etapas más tempranas, observa Rhoads. Incluso los bebés de 1 día muestran diferencias de comportamiento, respondiendo las niñas de forma más fuerte al sonido del llanto. Las niñas de tres días mantienen contacto ocular con un adulto en silencio el doble de tiempo que los niños. Y las niñas de cuatro meses pueden diferenciar las fotografías de quienes conocen de las de otras personas, algo que los niños no son capaces de hacer por lo general. Los niños, por su parte, a los cinco meses de edad están más interesados que las niñas en las formas geométricas tridimensionales y en las luces centelleantes.

Una vez que los bebés alcanzan el año de edad, pueden distinguir rápidamente los sexos de sus amigos, prefiriendo asociarse con los de su propio sexo. Las pruebas han demostrado que esto ocurre incluso cuando los bebés recién llegados visten ropas del sexo opuesto. Así, las niñas identifican rápidamente como niña a otro bebé, incluso si está vestida con ropas masculinas.

A los dos años de edad, los niños son más activos físicamente y mucho más interesados en los vehículos, muestra la investigación. En las guarderías, los niños se interesan por los nuevos juguetes, mientras que las niñas muestran más curiosidad por encontrarse con nuevos niños y niñas.

Rhoads observa que incluso la paternidad ha llevado a algunos teóricos feministas del género a cambiar su pensamiento cuando se han enfrentado a cómo se desarrollan sus hijos. Cuenta la experiencia de una académica liberal de Berkeley que intentó criar a su hijo en un ambiente libre de violencia y armas. Sin embargo, desde temprana edad su hijo se sentía fascinado con las armas de juguete.

Otra académica feminista se había sentido decepcionada cuando sus hijas insistieron en llevar faldas, a pesar de los intentos de persuadirlas a lo contrario. En general, los intentos de criar a los niños en un ambiente unisex, tales como los kibbutz israelíes o las comunas en Estados Unidos, han fallado también.

El factor hormonal
Las diferencias entre hombres y mujeres están presentes a lo largo de toda la vida escolar. Rhoads explica que una gran cantidad de investigaciones muestran que, desde la secundaria hasta el 12º grado, los chicos tienen actitudes más favorables a la competición, y las chicas a la cooperación.

Esto se revela con claridad en los deportes preferidos en la escuela por los chicos y las chicas, prefiriendo los varones juegos más competitivos con claros vencedores y perdedores, mientras que las chicas optan por actividades con menos competición directa. Esto es cierto incluso en los niños prepúberes, cuando las chicas son casi tan fuertes físicamente como los chicos.

Las diferencias de comportamiento no son menos notables en la vida adulta, explica Rhoads. Tanto en el pasado como en el presente, y a través de todas las sociedades, los hombres son más agresivos que las mujeres. En Estados Unidos, por ejemplo, las mujeres suman sólo el 10% de las detenciones por homicidio. Los varones conforman también una aplastante mayoría de quienes participan en deportes que exigen altos niveles de ejercicio físico o peligro. Y los hombres corren tres veces más riegos que las mujeres de morir por una lesión accidental.

Algunas feministas, observa, intentan explicar estas diferencias con la socialización, insistiendo en que las mujeres pueden ser tan agresivas como los hombres. Pero este argumento, mantiene Rhoads, ignora el factor hormonal – con niveles más altos de testosterona en los hombres- y también las evidencias que muestran las diferencias en los cerebros de los hombres. Y, a un nivel físico, las pruebas han demostrado que cuando los hombres y las mujeres reciben el mismo tipo de duro entrenamiento, la fuerza de los hombres aumenta mucho más que la de las mujeres.

Además, si la agresión se debe al ambiente social entonces, al disminuir las diferencias entre sexos en los últimos años, las mujeres deberían haber comenzado a igualar a los hombres en agresión. Rhoads, citando las estadísticas de crímenes, defiende que no ha habido acercamientos significativos en los niveles de agresión entre hombres y mujeres.

Evidencias familiares
Más evidencias de las diferencias entre los sexos vienen de la importancia de criar a los hijos en una familia con la presencia tanto masculina como femenina, explica Rhoads. El aumento dramático en los últimos años de familias en las que falta el padre ha conducido a una multitud de problemas. Las hijas, e incluso más los hijos, están en riesgo cuando la figura del padre está ausente. Los problemas van desde un aumento en el comportamiento criminal al consumo de sustancias y problemas psicológicos.

Para las mujeres, el matrimonio y el cuidado de los hijos son también de importancia vital, defiende Rhoads. Citaba el testimonio de algunas mujeres que habían alcanzado el éxito en la vida profesional, pero que expresaban su amargura al no tener hijos. Por el contrario, la falta de hijos no tenía el mismo efecto negativo en los hombres que habían logrado grandes éxitos.

Cuidar a los hijos, especialmente si se combina con un trabajo fuera de casa, es una tarea muy exigente y fastidiosa para las mujeres. Sin embargo, Rhoads cita algunos estudios que muestran que la maternidad y la crianza de los hijos son una gran fuente de felicidad para las mujeres. En contraste, los hombres están mucho menos interesados en el cuidado de los hijos. Los intentos en Suecia, por ejemplo, de lograr que los hombres hagan uso de sus permisos laborales por paternidad han tenido un éxito muy limitado.

El hombre y la mujer, observa la carta vaticana son «distintos desde el principio de la creación», y permanecerán «así en la eternidad» (No. 12). Esta diferencia, recalca la Congregación para la Doctrina de la Fe, es necesario injertarla «en el misterio pascual de Cristo». De esta forma, ya no verán «sus diferencias como motivo de discordia que hay que superar con la negación o la nivelación, sino como una posibilidad de colaboración que hay que cultivar con el respeto recíproco de la distinción».