Toy Story III: la nobleza, la amistad y el trabajo en equipo

Continúa siendo una de las más taquilleras a un mes de su estreno

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Por Carmen Elena Villa

ROMA, martes 20 de julio de 2010 (ZENIT.org).- Recientemente llegó a la cartelera la tercera parte de Toy Story, una divertida y creativa película cuyas dos primeras partes cautivaron al público de todas las edades en la última mitad de la década de los 90. Realizada por los estudios Pixar y distribuida por Walt Disney Pictures. Toy Story I siempre será recordada en la historia del cine por ser la primera película animada por computador.

Once años después Andy, el niño juguetón, creativo y soñador, regresa a la pantalla grande ya con 17 años. Está por entrar a la universidad y por ello, irse de la casa de su madre, quien le dice que ha llegado el momento de hacer una depuración de todas sus pertenencias: aquello que se llevará consigo, lo que piensa que es necesario poner en el ático de la casa y lo que debe desechar o regalar.

El adolescente abre su baúl y encuentra todos sus juguetes: aquellos que hace poco más de una década habían cobrado vida cada vez que los humanos estaban ausentes y que aún guardados en el baúl, sus vidas continuaban.

Son muchas las aventuras que estos simpáticos juguetes, comandados por el vaquero Woody y el astronauta Buzz deben enfrentar en esta tercera parte: el huir del camión de la basura, debido a que la madre de Andy por una confusión los mete junto con todos los desperdicios, la llegada a una guardería donde conocen a cientos de juguetes nuevos, entre ellos el oso Lotso quien los comanda, el Ken, el teléfono de Fisher Price, entre otros divertidos juguetes. Igualmente deben decidir si para ellos es lo mejor o no permanecer en este jardín infantil donde accidentalmente han llegado.

Además del argumento sumamente creativo y entretenido, ideal para cualquier edad, Toy Story III destaca valores como la amistad, la necesidad de sentirse querido por los demás y la capacidad de sacrificio hasta dar la vida.

Sorprende gratamente que, en un mundo donde prima el individualismo y la cerrazón, esta película resalte de manera tan fuerte la importancia del trabajo en equipo, en el que se tengan en cuenta las cualidades de cada quien, donde cada uno dé lo mejor de sí, donde, en caso de que sea necesario, sus integrantes acepten sus propios defectos y equivocaciones, donde se dejen iluminar por los argumentos de los demás y donde a veces tengan que renunciar a sus propias opiniones para adherirse a la verdad y permitir que su equipo marche.

Una película que resalta el valor y la importancia de la nobleza en la amistad, acompañada también de la audacia e inteligencia para obrar de la mejor manera en momentos de tensión y adversidad.

Destaca además la figura de la autoridad en toda comunidad o equipo. Entendida, no como la imposición de los propios caprichos (que a veces resultan fruto de la falta de reconciliación personal) sino como la constante búsqueda decisiones que permitan el bien para cada uno de sus integrantes y por ende, para el equipo en su conjunto.

Y, por supuesto, no se pueden dejar de lado los increíbles efectos que da la tercera dimensión, la manera como, por medio de la animación por computador, sobresalen las características propias de cada juguete, hecho que permite al espectador adulto encontrarse con su infancia y revivir aquellos momentos donde el juego y la fantasía hacían parte de su vida cotidiana.

La canción You’ ve got a friend in me, que en español ha sido traducida como Hay un amigo en mí y que acompaña las tres versiones de esta película, muestra, como dijo L’ Osservatore Romano en su edición del 10 de julio, refiriéndose a la saga de Toy Story, que “la amistad es el verdadero imán de este improbable pero unidísimo grupo de juguetes”.