Ucrania: El viaje del Papa abate un muro de mil años

Con los rusos y los bielorrusos, los ucranianos son el corazón de la ortodoxia

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ROMA, 7 nov (ZENIT.org).- Cuando el avión papal aterrice en Kiev, Juan Pablo II habrá superado uno de los muros más altos y tenaces que todavía hoy dividen el planeta. Un muro que la historia ha formado durante diez siglos.



El Papa no sólo pisará la tierra de Ucrania, sino que penetrará en la Rus, es decir, en aquel espacio étnico-cultural que
los rusos sienten como carne de la propia carne.

Son ejemplo de ello las palabras de Alexander Soljenitsin en «La cuestión rusa a finales del siglo XX» (1994): «El espíritu y la cultura rusa existen ya desde hace siglos, y quienes son fieles a esta herencia con el alma, con la conciencia... esos son rusos».

Todavía antes, en «¿Como reconstruir nuestra Rusia?» (1990) el mismo Soljenitsin, había dejado claro quiénes eran estos «fieles»: Rusia, Ucrania y Bielorrusia, un único pueblo «dividido en tres ramas sólo por la desgraciada amenaza de la invasión mongola y por la colonización polaca».

Las tribus de esas tierra que había acogido el cristianismo encontraron en la Ortodoxia un precioso elemento de cohesión cultural. Basta pensar en el alfabeto que utilizan, el cirílico, inventado por los misioneros Cirilio y Metodio para adaptar las escrituras a los fonemas de las lenguas eslavas. Con el tiempo se convertiría en el instrumento de transmisión de la cultura oral a la escrita, es decir, en el patrimonio colectivo más importante de estos pueblos.

En la religión aquellos pueblos encontraron también un modelo de estructura estatal (siguiendo el modelo de Bizancio y de la «symphonia» entre Iglesia e imperio) y las primeras señales de una identidad nacional.

El gran trauma vino después, con el cisma del 16 de julio de 1054, que constituye el final de un proceso de alejamiento más cultural que teológico, comenzado en el siglo VII.

A nivel teológico la chispa que originó la división fue la disputa sobre la Trinidad (la famosa cuestión del «Filioque» formulado en el «Credo»). El Papa León IX, en 1054, promulgó la bula de excomunión del patriarca de Constantinopla, Miguel Cerulario. El patriarca, a su vez, excomulgó a la Iglesia romana.

En los años posteriores, la tremenda presión que ejercieron los turcos sobre los países ortodoxos dio fuerza al patriarcado ortodoxo de Moscú que dirigía al mayor número de fieles ortodoxos y que tenía su sede en la capital ortodoxa más poderosa.

En este panorama del espíritu, el viaje a Ucrania de junio del 2001 llevará a Juan Pablo II al otro lado de una frontera nunca superada antes: la del mundo que desde hace mil años, y a pesar de laceraciones y divisiones de todo tipo, mira a Moscú. El Papa ya ha visitado Georgia, pero esta República tiene que vérselas también con la influyente presencia musulmana.

El Papa se encontrará ante la mente y el alma --la identidad--, plasmada por la ortodoxia. Lo demuestran los números: sumando Rusia, Ucrania y Bielorrusia obtenemos el 72% de todos los ortodoxos del mundo.

Tan sólo con su anuncio este viaje ya hace historia.