Uganda: El misionero asesinado ya había sido agredido otras veces

Los rebeldes le han matado por sus denuncias y su labor evangelizadora

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BARLETTA, 3 oct (ZENIT.org).- «Sólo en mi zona de Pajule hay más de 300 adolescentes secuestrados por los rebeldes y ahora esclavos en Sudán. Los pocos que han logrado huir están en condiciones traumatizantes por la trágica experiencia vivida». Son líneas de la última carta escrita por el padre Raffaele Di Bari, fechada el 20 de noviembre de 1999. Fue asesinado el pasado 1 de octubre por los rebeldes del «Ejército de Resistencia del Señor» (LRA), en el norte de Uganda.



Cada vez que escribía denunciaba las violencias y los abusos de los esclavos del tercer milenio, sus feligreses. «Implicando a las autoridades del gobierno y las organizaciones humanitarias», escribía en su última misiva, «se espera lograr liberarlos del Sudán. Aunque angustiados y conmovidos por las muchas calamidades y guerras, elevemos igualmente con gran confianza, oración y súplicas para que en todas partes, cualquiera, en cualquier situación, logre vivir el don de la fe en la solidaridad laboriosa».

Ahora la violencia le ha golpeado también a él. Pero no era la primera vez. Este religioso comboniano, de 71 años, italiano, que estaba en Uganda desde 1959, fue tiroteado en su coche por los rebeldes del «Ejército de Resistencia del Señor» (LRA). Hoy en su ciudad natal, Barletta, se celebró un funeral por él.

Sus denuncias contra el LRA y su intensa obra de evangelización y promoción humana le habían valido ya otras agresiones. La última hace poco días, según había contado por teléfono a la agencia misionera «Misna».

«El valor profético a la hora de denunciar tantas vejaciones del pueblo confiado a sus cuidados pastorales ha hecho al padre Raffaele totalmente partícipe de las muchas violencias sufridas en aquella región por parte de personas inocentes, hasta el don supremo de la propia vida», ha escrito monseñor Ennio Antonelli, secretario general de la Conferencia Episcopal Italiana, en un mensaje al superior general de los combonianos, el padre Manuel Augusto Lopes Ferreira.

«El sello del martirio --añade-- hace ahora plenamente suyas las palabras del apóstol Pablo: "He combatido el buen combate, he acabado mi carrera, he conservado la fe. Ahora me queda sólo la corona de justicia que el Señor, justo juez, me entregará en aquél día"».