Un Estado democrático no puede prescindir de la libertad religiosa

El Papa al Consejo panucraniano de Iglesias y organizaciones religiosas

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CIUDAD DEL VATICANO, 30 junio 2001 (ZENIT.org).- Juan Pablo II pronunció el 24 de junio uno de los discursos más importantes de su visita a Ucrania (23 al 27 de junio) al encontrarse con todos los líderes religiosos del país (ortodoxos, protestantes, judíos, musulmanes...). Sólo el representantes de la Iglesia ortodoxa obediente a Moscú estuvo ausente.



Ofrecemos a continuación la traducción realizada por «L´Osservatore Romano» del discurso pronunciado por el pontífice.

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Ilustres representantes del Consejo panucraniano de las Iglesias y las organizaciones religiosas:
1. Estoy profundamente agradecido a quienes han hecho posible este encuentro, en el que se me brinda la oportunidad de conocer más de cerca, durante mi visita, a cada uno de vosotros, representantes de las diversas Iglesias y organizaciones religiosas presentes en Ucrania. Os dirijo a todos mi cordial y deferente saludo. Os expreso de corazón mi aprecio por el servicio que vuestro Consejo panucraniano presta a la salvaguardia y a la promoción de los valores espirituales y religiosos, indispensables para la construcción de una sociedad auténticamente libre y democrática. Vuestro benemérito organismo contribuye en gran medida a crear las condiciones para un entendimiento cada vez mayor entre los miembros de las diversas Iglesias y organizaciones religiosas, en el respeto recíproco y en la búsqueda constante de un diálogo sincero y fecundo. No puedo menos de mencionar vuestro laudable esfuerzo en favor de la paz entre los hombres y entre los pueblos.

2. Vuestra existencia y vuestro trabajo diario testimonian de manera concreta que el factor religioso es parte esencial de la identidad personal de cada hombre, cualquiera que sea la raza, el pueblo o la cultura a que pertenezca. La religión, cuando se practica con corazón humilde y sincero, da una aportación específica e insustituible a la promoción de una sociedad justa y fraterna.

Un Estado que quiera ser realmente democrático no puede prescindir del respeto pleno a la libertad religiosa de sus ciudadanos. No existe democracia verdadera donde se pisotea una de las libertades fundamentales de la persona. También Ucrania experimentó, en el largo y doloroso período de las dictaduras, los efectos devastadores de la opresión atea que mortifica al hombre y lo somete a un régimen de esclavitud. Afrontáis ahora el urgente desafío de la reconstrucción social y moral de la nación. Con vuestra actividad estáis llamados a dar una contribución esencial a esta obra de renovación social, demostrando que sólo en un clima de respeto de la libertad religiosa es posible construir una sociedad plenamente humana.

3. Os saludo en primer lugar a vosotros, queridos hermanos unidos por la fe común en Cristo muerto y resucitado. La violenta persecución comunista no logró extirpar del alma del pueblo ucraniano el anhelo por Cristo y su Evangelio, porque esta fe formaba parte de su historia y de su misma vida. En efecto, cuando se habla de libertad religiosa en vuestra tierra, el pensamiento va espontáneamente a los gloriosos comienzos del cristianismo, que desde hace más de mil años marca su identidad cultural y social. Con el bautismo del príncipe Vladimiro y del pueblo de la Rus´, en el año 988, empezó en las orillas del Dniéper la presencia de la fe y de la vida cristiana. Desde aquí el Evangelio se difundió entre los diversos pueblos situados en la parte oriental del continente europeo. Quise recordarlo en la carta apostólica Euntes in mundum, con ocasión del milenio del bautismo de la Rus´ de Kiev, subrayando cómo con aquel acontecimiento comenzó una vasta irradiación misionera: "hacia Occidente hasta los montes Cárpatos, desde las orillas meridionales del Dniéper hasta Novgorod, y desde las riberas septentrionales del Volga (...) hasta las orillas del océano Pacífico y aún más allá" (n. 4: L´Osservatore Romano, edición en lengua española, 27 de marzo de 1988, p. 20; cf. también el mensaje Magnum baptismi donum, 1).
En una época en la que aún reinaba la comunión plena entre Roma y Constantinopla, san Vladimiro, precedido por el ejemplo de la princesa Olga, se prodigó por la salvaguardia de la identidad espiritual del pueblo, favoreciendo al mismo tiempo la introducción de la Rus´ en el conjunto de las demás Iglesias. El proceso de inculturación de la fe, que ha marcado la historia de esos pueblos hasta hoy, se ha desarrollado gracias a la infatigable labor de los misioneros provenientes de Constantinopla.

4. Ucrania, tierra bendecida por Dios, el cristianismo constituye parte imprescindible de tu identidad civil, cultural y religiosa. Has cumplido y sigues cumpliendo una importante misión dentro de la gran familia de los pueblos eslavos y del Oriente europeo. Extrae de las raíces cristianas comunes la savia vital, de modo que siga vivificando en el tercer milenio los sarmientos de tus comunidades eclesiales.

Cristianos de Ucrania, Dios os ayude a mirar juntos los nobles orígenes de vuestra nación y a redescubrir juntos las firmes razones de un respetuoso y audaz camino ecuménico, camino de acercamiento y comprensión recíproca, gracias a la buena voluntad de cada uno. Ojalá que llegue pronto el día en que se recupere la comunión de todos los discípulos de Cristo, la comunión que el Señor invocó ardientemente antes de su vuelta al Padre (cf. Jn 17, 20-21).

5. Os dirijo ahora mi saludo a vosotros, representantes de las otras religiones y organizaciones religiosas, que trabajáis en Ucrania en estrecha colaboración con los cristianos. Este es un rasgo típico de vuestra tierra que, por su particular ubicación y conformación, constituye un puente natural no sólo entre Oriente y Occidente, sino también entre los pueblos que se encuentran aquí desde hace muchos siglos. Son pueblos diversos por origen histórico, tradición cultural y credo religioso. Quisiera recordar la consistente presencia de los judíos, que forman una comunidad firmemente arraigada en la sociedad y en la cultura ucraniana. También ellos han sufrido injusticias y persecuciones por permanecer fieles a la religión de sus padres. ¿Quién podrá olvidar el enorme tributo de sangre que pagaron al fanatismo de una ideología que propugnaba la superioridad de una raza respecto de las otras? Precisamente aquí, en Kiev, en la localidad de Babyn Jar, durante la ocupación nazi fueron asesinadas en pocos días muchísimas personas, entre ellas cien mil judíos. Fue uno de los crímenes más atroces entre los muchos que, por desgracia, debió registrar la historia del siglo pasado.

Ojalá que el recuerdo de ese episodio de furia homicida sea una saludable advertencia para todos. ¡De qué atrocidades es capaz el hombre cuando se engaña creyendo que puede prescindir de Dios! La voluntad de contraponerse a él y de combatir toda expresión religiosa se manifestó prepotentemente también en el totalitarismo ateo y comunista. Lo atestiguan en esta ciudad los monumentos que conmemoran a las víctimas del Holodomor, a las personas asesinadas en Bykivnia y a los muertos en la guerra de Afganistán, por citar sólo algunos. Quiera Dios que el recuerdo de esas experiencias tan dolorosas ayude a la humanidad actual, de modo especial a las generaciones jóvenes, a rechazar cualquier forma de violencia y a respetar cada vez más la dignidad humana, salvaguardando los derechos fundamentales inherentes a ella, particularmente el derecho a la libertad religiosa.

6. Juntamente con el recuerdo del genocidio de los judíos, quisiera aludir a los crímenes perpetrados por el poder político contra la comunidad musulmana presente en Ucrania. Pienso, en particular, en los tártaros deportados de Crimea a las Repúblicas asiáticas de la Unión Soviética, que ahora desean volver a su tierra de origen. A este propósito, quiero expresar mi deseo de que, mediante el diálogo abierto, paciente y leal, se encuentren soluciones adecuadas, salvaguardando siempre el clima de sincera tolerancia y de colaboración concreta con vistas al bien común.

En esta paciente obra de tutela del hombre y del verdadero bien social, los creyentes deben desempeñar un papel peculiar. Juntos pueden dar un claro testimonio de la prioridad del espíritu con respecto a las necesidades materiales, por lo demás legítimas. Juntos pueden testimoniar que una visión del mundo fundada en Dios garantiza también el valor inalienable del hombre. Si se quita a Dios del mundo, ya no queda en él nada de verdaderamente humano. Sin mirar al cielo, la criatura pierde el horizonte de su camino en la tierra. En la base de todo auténtico humanismo se encuentra siempre el reconocimiento humilde y confiado del primado de Dios.

7. ¡Queridos amigos! Permitidme que os salude así al término de este encuentro familiar. A todos vosotros, a vuestras Iglesias y organizaciones religiosas de Ucrania renuevo mi estima y mi afecto. Es grande vuestra misión en este histórico comienzo de milenio. Seguid buscando juntos sin cesar una creciente participación en los valores de la religiosidad en la libertad y de la tolerancia en la justicia. Esta es la aportación más significativa que podéis dar al progreso integral de la sociedad ucraniana.

El Obispo de Roma, que durante estos días se hace peregrino de esperanza en Kiev y en Lvov, abraza a los creyentes de cada ciudad y de cada aldea de la amada tierra ucraniana. Os asegura a vosotros y a todos su recuerdo en la oración, para que el Altísimo derrame sobre vosotros su gracia. Dios, Padre bondadoso y misericordioso, os bendiga a vosotros, aquí presentes, así como a vuestras Iglesias y organizaciones religiosas. Que bendiga y proteja al amado pueblo ucraniano, hoy y siempre.

(©L´Osservatore Romano - 29 de junio de 2001)