«Un hijo para la eternidad»

Entrevista con Isabelle de Mézerac, madre de un niño fallecido poco después de nacer

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PARÍS, miércoles, 2 marzo 2005 (ZENIT.org).- ¿Qué sucede cuando una madre sabe que el hijo que lleva en sus entrañas está enfermo y morirá con toda probabilidad poco después de nacer?



A esta dramática pregunta responde en el libro «Un hijo para la eternidad» (Edicioines Rialp, 2005 Isabelle de Mézerac, madre de otros cuatro hijos.

La contraportada del libro dice: «Nuestro Emmanuel nació a las 11.18. Su corazón dejó de latir a las 12.30. ¡Cuánta emoción en una vida tan corta! ¡Qué intensidad en esos minutos que tienen valor de eternidad!».

--¿Por qué ha decidido publicar un libro sobre su experiencia?

--Isabelle de Mézerac: He aceptado escribir la historia de nuestro pequeño Emmanuel a petición de los médicos del Hospital Universitario de Lille, donde fui atendida. Sin su insistencia, nunca hubiera sacado esta historia de nuestro círculo familiar. Junto al médico que me ha acompañado durante el embarazo y que ha participado en el libro, el doctor Jean-Philippe Lucot, queremos mostrar que hay otro camino que el del aborto en caso de enfermedad letal diagnosticada a un bebé que todavía no ha nacido. Es la opción de acompañar esta pequeña vida hasta su ocaso natural. En este contexto de fin de vida, ciertamente es un camino doloroso, pero puede vivirse serenamente, tomándose el tiempo de amar a este pequeñito y construir recuerdos juntos.

--¿Ha conocido otros casos como el suyo, en los que las madres han decidido dar a luz a su hijo?

--Isabelle de Mézerac: Tras la publicación del libro, me he encontrado con numerosas mamás que han hecho o están haciendo la misma opción: todas me confirman que experimentan los mismos sentimientos descritos en el libro, independientemente de su edad o situación personal. No soportamos el que se piense que hemos hecho esta opción porque somos católicos: es simplemente la expresión de nuestro amor maternal por los pequeños. De hecho, me he encontrado con mamás ateas que no han tenido la posibilidad de tomar esta opción y que les hubiera gustado hacerlo, para poder escoger el vivir este acompañamiento hasta el final.

Para mí fue una prueba de fe, pues vivía en mi propia carne la confrontación con la muerte, con el más allá, con la eternidad… ¿Qué sentido tienen estas palabras? ¿Qué es la fe?

--¿Por qué piensa usted que este quinto niño llegó tan tarde, teniendo usted 45 años, cuatro hijos y después de dos embarazos fracasados?

--Isabelle de Mézerac: No sé cómo responder a su pregunta. La llegada de Emmanuel, justo antes de que fuera demasiado tarde para mí, sigue siendo algo totalmente incomprensible, incluso misterioso. Esperamos durante mucho tiempo a este quinto hijo… Me ha enseñado a no decir nunca «jamás»…

--El nombre Emmanuel («Dios con nosotros»), ¿fue decidido antes de su nacimiento?

--Isabelle de Mézerac: El nombre de Emmanuel fue escogido unos meses antes de su nacimiento, después de que tuvimos conocimiento de la terrible enfermedad que le aquejaba. ¡Varios de la familia tuvimos la misma intuición por este nombre!

Para mí no significaba «Dios con nosotros», sino que representaba más bien al hombre más pequeño entre los pequeños, el más pobre entre los pobres, como era el caso de mi bebé por nacer, pues estaba enfermo e iba a morir. Entonces pensé en el Emmanuel, nacido hace dos mil años en un establo, entre los más pobres…

--¿Qué testimonio les ha dejado el pequeño Emmanuel?

--Isabelle de Mézerac: Al hacerme vivir una extraordinaria historia de amor, Emmanuel me ha enseñado la belleza de la vida y la posibilidad que representa. Me ha enseñado la potencia de este amor gratuito, entregado de todo corazón y sin pedir nada a cambio: me ha permitido descubrir la plenitud y esto me ha hecho profundamente feliz, a pesar de que todavía hoy sigo llorando por su ausencia.

Gracias a él, he descubierto los límites de nuestro mundo, mi fragilidad y la inmensa necesidad que tenemos de los demás: la vida es relación con los demás, nos hace responsables de esta relación, sobre todo cuando el otro se acerca a las orillas de la muerte.