Un libro aborda la relación del «caminito» de Santa Teresa de Lisieux y el «Más Allá

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ROMA, domingo, 27 agosto 2006 (ZENIT.org).-El redescubrimiento de la gratuidad del amor de Dios, que nos salva no por nuestras obras sino por misericordia, y que nos pide sólo la confianza incondicional de dejarnos guiar por Cristo, ¿puede arrojar nueva luz sobre el «Más Allá»?



Es lo que afronta monseñor Giordano Frosini en el libro en italiano «Teresa de Lisieux y el Más Allá» («Teresa di Lisieux e l’Aldilà», Ediciones Dehoniane, www.dehoniane.it).

La respuesta del vicario general de la diócesis italiana de Pistoia al citado interrogante es positiva: tiene lugar gracias al redescubrimiento de la paternidad divina y de la inmensa confianza en Cristo de Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz.

Santa Teresa no sólo traza el fundamento del «caminito» que se manifiesta en el impulso de arrojarse a los brazos de Dios como un niño, y cuya validez ha sido reconocida por el Magisterio de la Iglesia, sino que desvela la novedad del mensaje evangélico, la carga de esperanza y misericordia que se contiene en él.

Por lo que se refiere al Purgatorio, Santa Teresa lo recuerda muchas veces en sus escritos: no lo teme, al contrario, ofrece oraciones y sufrimientos por las almas que están en ese estado.

La purificación necesaria para comparecer ante Dios necesita el amor de Dios, el fuego que quema y purifica. Y así, segura en la infinita misericordia divina, la joven santa francesa pone toda su esperanza en Jesús, que puede salvar a las almas, explica monseñor Frosini.

Para aquellos que «son humildes y se abandonan en Dios con amor –escribe el autor--, ella no veía abrirse la puerta del Purgatorio, considerando más bien que el Padre celeste, respondiendo a su confianza con la gracia de la luz en el momento de la muerte, haría nacer en estas almas, a la vista de su miseria, un sentimiento de contrición perfecta, capaz de cancelar toda deuda».

Asimismo, por lo que se refiere a la concepción del Paraíso en la vida de la Santa, el vicario de la diócesis de Pistoia subraya «la ardiente aspiración al Cielo a lo largo de toda su existencia, desde los años de la infancia hasta la edad de la madurez, con una progresión ascendente».

El autor explica que los últimos días de la vida terrena de la santa son un canto continuo a la alegría que le espera tras esta vida.

Para la santa, Cristo es «el amigo, el esposo, el hermano, el compañero de camino y de vida. El Cielo, que es el "lugar" de la total, infinita y eterna felicidad, está suficientemente expresado y significado por su presencia».

El anhelo del encuentro definitivo con Cristo está siempre presente en Santa Teresa, que no ve en la muerte un momento de fisura en su misión; al contrario, afirma que pasará su Cielo haciendo el bien en la tierra.

«Quiero vivir mucho, Señor, si tu lo quieres: o irme al cielo, si te complace. El amor, este ardor celeste, me consume siempre; ¿qué me importan la vida o la muerte? Mi alegría es amarte»: así se expresaba Santa Teresa del Niño Jesús el 21 de enero de 1897.

El 30 de septiembre del mismo año falleció en el Carmelo de Lisieux pronunciando estas últimas palabras: «¡Oh... lo amo! ¡Dios mío! Os amo». Tenía 24 años

Fue canonizada por Pío XI el 17 de mayo de 1925.

Santa Teresa del Niño Jesús fue proclamada doctora de la Iglesia el 19 de octubre de 1997, en el centenario de su muerte. Fue la tercera mujer en recibir este título, después de Santa Catalina de Siena (4 de octubre de 1970) y Santa Teresa de Jesús (27 de septiembre de 1970).