Un libro para el encuentro con Jesucristo

Por monseñor Juan Antonio Martínez Camino

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MADRID, sábado, 12 de marzo de 2011 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario que ha escrito para el semanario "Alfa y Omega" monseñor Juan Antonio Martínez Camino, obispo auxiliar de Madrid y secretario general de la Conferencia Episcopal, al segundo volumen de Benedicto XVI sobre "Jesús de Nazaret".

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Cuando el cardenal Ratzinger fue elegido Papa, en abril de 2005, hacía dos años que había empezado a escribir un libro sobre Jesús. Tenía una gran ilusión en aquella obra, que habría de ser como el fruto maduro de una vida dedicada no sólo al estudio científico de la teología, sino también a la búsqueda creyente del rostro de Dios. Para entonces, tenía ya escritos cuatro capítulos. En dos años más, aprovechando todos los ratos libres que le dejaba el exigente oficio de Papa, consiguió publicar el primer resultado: Jesús de Nazaret. Primera parte: Desde el Bautismo en el Jordán hasta la Transfiguración (abril de 2007). Apenas cuatro años después, hoy, jueves, 10 de marzo de 2011, se presenta en Roma la Segunda Parte: Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección. En realidad, ya hace un año que el Papa ha terminado esta segunda entrega, cuyo prólogo lleva fecha de 25 de abril de 2010. Pero ha sido necesario esperar que estuvieran preparadas las traducciones a las diversas lenguas.

Ser cristiano es tocar al Resucitado

¡Es admirable! Todo el mundo conoce la apretada agenda del Papa: viajes, audiencias, celebraciones litúrgicas, encíclicas y demás escritos magisteriales, etc. Se sabe también que sus innumerables homilías, catequesis, discursos y otras intervenciones llevan el inconfundible sello de su pluma. Sin embargo, ha buscado el tiempo para terminar el libro sobre Jesús en un plazo muy breve. Solo queda una tercera entrega, presumiblemente menos voluminosa, que versará sobre la infancia del Señor.


No es difícil adivinar la razón de este empeño tan digno de admiración como de inmensa gratitud. El Papa mismo la ha explicado.

Ser cristiano es tocar al Resucitado, como quería la Magdalena aquel primer día de la semana, según comenta el Papa en el último capítulo del libro. Ella lo quería tocar, porque lo conocía, lo quería y lo había acompañado hasta la cruz. Cristiano es quien se ha encontrado de modo semejante con Jesús, sabiendo que ya no es posible tocar su cuerpo mortal, pero sí su cuerpo glorioso, que está junto al Padre y que está también con nosotros, en la Eucaristía, de un modo no menos real que estuvo colgado de la cruz. Ser cristiano es haber tenido la gracia de haberse encontrado con el Amor infinito de Dios en su Hijo eterno, hecho carne, crucificado, resucitado y vivo en su Iglesia.

Eso significa que no se puede ser cristiano sin conocer la historia de Jesús de Nazaret. Si Él no hubiera nacido de María, si no hubiera predicado el Reino de Dios, si no lo hubiera hecho con una autoridad divina -no simplemente como un profeta o un maestro más-, si con su muerte no hubiera llevado a su cumplimiento y a su superación definitiva todos los sacrificios de Israel, instaurando una Alianza nueva y eterna con Dios, si todo ello no hubiera sido corroborado por el Padre con su resurrección de entre los muertos, la fe cristiana no sería más que el producto de algún tremendo malentendido o de un algún miserable engaño. ¿Fue aquello así? ¿Es aún así?

¿Fue aquello así?

He ahí la doble pregunta a la que el Papa se propone responder con su obra sobre Jesús. Es una tarea especialmente urgente. Si no se responde bien, la fe cristiana se desvanecerá o se adulterará. Si se responde bien, es posible el encuentro con Jesucristo, es posible la fe en Él. Comprendemos, pues, por qué el Papa se ha impuesto la ardua tarea de su obra sobre Jesús. Es un libro personal, no un documento oficial del magisterio pontificio. Pero el Papa teólogo -Benedicto XVI-, con este libro personal, está prestando un valiosísimo apoyo a su enseñanza oficial como papa. Él es capaz de entrar en el debate teológico especializado para dar respuesta a esas preguntas, ofreciendo al pueblo de Dios una respuesta sencilla y rigurosa que actúa como precioso complemento o -si se quiere- como providencial preámbulo de su propio magisterio pontificio.

¿Fue aquello así? Naturalmente la respuesta del libro del Papa es que sí, que así fue: los Evangelios nos ofrecen la imagen más real de Jesús, la única verdaderamente histórica. Es una afirmación simple, hasta hace cincuenta o sesenta años era también evidente para casi todos. Pero hoy hay que mostrarlo, frente a la llamada crítica histórica. Es lo que el Papa sabe hacer, adentrándose en el ámbito de la hermenéutica histórica, es decir, aprovechando todo lo que se ha aprendido en los últimos años con la aplicación de los métodos histórico-críticos al estudio de la Sagrada Escritura y, al mismo tiempo, superando las limitaciones propias o concomitantes de esos métodos.

Un ejemplo de este modo de aplicación de la interpretación histórica que se puede encontrar en el libro que acaba de aparecer es el de la cuestión de la fecha de la Última Cena. Según los evangelios sinópticos, Jesús reunió a sus discípulos en Jerusalén para celebrar la última Cena Pascual de su vida; por tanto, la noche del 14 al 15 del mes de Nisán. En cambio, según el Evangelio de San Juan, para ese momento Jesús ya habría sido crucificado, pues el drama del Calvario habría ocurrido el día  de la preparación. La crítica histórica puede de por sí resolver esta aparente contradicción. Pero de hecho tiende a enredarse en una cadena interminable de hipótesis, que suele llevar a la suspensión del juicio (no sabemos lo que realmente pasó) o incluso al escepticismo histórico radical (demasiadas contradicciones como para no pensar que todo sea, al fin, una mera construcción ideal o interesada). El Papa, en cambio, repasando con el estudioso norteamericano John Meier todas las hipótesis al respecto, encuentra una salida perfectamente razonable que hace justicia a las diversas dificultades y muestra que lo que dicen los Evangelios fue así: Juan tiene razón en la fecha de la cena y de la crucifixión; los sinópticos, por su parte, se centran en su significado pascual. No es necesario recurrir a la propuesta artificial de que lo pascual en los sinópticos sea -como dice cierta critica- una interpolación posterior; tampoco hay por qué negar la historicidad de la cronología joánica recurriendo al inexacto principio crítico general de que todo es en este evangelista teológico o simbólico, en contraposición a histórico.

La actualidad de Jesús

¿Es aquello así también ahora? Esta segunda pregunta es más propia de la hermenéutica de la fe. Ciertamente, nada sería real ahora si sus presupuestos no lo hubieran sido ya en su momento. Pero la fe no se queda en la discusión, o en el establecimiento de los presupuestos, sino que vive del valor perenne de los hechos divinos. Veámoslo en el mismo ejemplo de la Última Cena. Jesús celebró una cena de despedida que tuvo lugar un día antes de la Cena pascual ordinaria. Pero fue una cena que Él convirtió en su Cena pascual. En ninguna tradición evangélica se describe una Cena pascual ordinaria. Lo que se describe es que Jesús se presenta a sí mismo como el Cordero, con cuyo sacrificio se va a sellar una Alianza nueva y eterna. Eso es lo realmente histórico y, al mismo tiempo, lo realmente teológico, es decir, lo que sigue teniendo un sentido de permanente actualidad, en cuanto manifiesta el actuar divino en la historia humana.

La segunda parte del libro del Papa sobre Jesús de Nazaret, que se acaba de presentar, está muy bien traducida y es, por eso, más fácil de leer que la primera. En cambio, no es fácil describir cuál sea su género literario, tan original. No es el propio de un manual de cristología; ni el de una vida de Jesús clásica; ni el de una meditación sobre los misterios de la vida de Cristo; tampoco es el de una encíclica o el de una instrucción magisterial. Tal vez pudiera describirse como una combinación de cuño propio entre la exégesis histórico-crítica y la meditación del misterio del Señor. De este modo, el Papa desea presentar los rasgos esenciales de la figura y del mensaje de Jesús en su verdad histórica, que no es otra que su verdad teológica. Sólo con una combinación de ese tipo se puede dar cuenta de la singularidad del Nazareno, en quien Dios se ha hecho historia y en quien la historia humana ha sido plenamente asumida en la vida divina. El nuevo libro del Papa lo consigue de un modo brillante. Pero que nadie se engañe: para gustarlo de verdad, habrá que leerlo más de una vez.